Alice
Alice
Caminan con pereza hasta la playa de Camber Sands, las varillas de la tienda de campaña que han arrastrado desde la casa se le clavan a Alice a través del bolso de tela.
Se siente aliviada cuando por fin se instalan en un sitio sobre la suave arena blanca de la bahía.
El sol está en lo alto del cielo, y mientras Alice lo observa, Martha corre hacia el agua, seguida de Becca con su sombrero.
Dos gaviotas sobrevuelan la playa, sus sombras se persiguen sobre las dunas blancas, como si fueran unas serpientes negras.
Alice pregunta en voz alta si necesitan más sombra para que Martha pueda jugar.
– Voy a por una de esas sombrillas enormes – anuncia Jamie.
Alice se sienta en la toalla y lo observa caminar hacia la tienda.
Después de un rato, empieza a relajarse.
Se recuesta sobre los codos, disfrutando del cosquilleo reparador del sol sobre la piel.
Jamie regresa, sosteniendo la sombrilla bajo un brazo.
Coge una Coca-Cola Zero de la neverita y se la da a Alice.
– Esto es el paraíso – dice ella – . Gracias.
Abre la anilla de la lata, da un sorbo y luego cierra los ojos por un instante. Inhala el familiar aroma veraniego a sal, el canto de las aves marinas.
– Venir aquí siempre hace que me pregunte por qué vivo en una ciudad grande – confiesa Jamie, sentándose junto a ella en la toalla.
– Te entiendo – dice Alice distraídamente, mientras vuelve a cerrar los ojos – . Pero piensa en lo deprimente que sería el invierno.
– ¿Eso crees? – pregunta él.
– Sí.
– Qué curioso. Justo me preguntaba si te resultaría… sanador, o algo así. Me refiero a mudarte a un lugar como este. Después de todo lo que ha pasado.
Alice abre los ojos y se los cubre con la mano para verlo mejor.
– ¿Qué quieres decir?
– Soy consciente de lo cuesta arriba que se te hacen las cosas últimamente – dice – .
Venir aquí… me ha hecho pensar si cambiar de aires y empezar de cero una nueva vida te ayudaría a seguir adelante.
Irnos a vivir a otro sitio que no te recuerde aquello.
– Suspira – . Solo quiero que seas feliz, mi amor.
Si para eso tenemos que mudarnos…, no dudo en considerar la posibilidad.
Alice se sienta y le da la espalda al sol para ver mejor a su marido, como si buscara escanear su rostro en busca de una pista que le explique lo que sucede. Recuerda su comentario en casa de Yas y Arlo. Lo había olvidado hasta ahora.
– No quiero que nos mudemos – dice Alice, categórica – . Y, lo más importante, no quiero irme de Londres. Me encanta Londres. Martha es feliz en su cole. Acabo de conseguir un trabajo nuevo…
Jamie pone una mueca.
– ¿Qué?
Jamie se rasca la barbilla, luego dice:
– Solo creo que no deberías rechazar la idea por completo. Quizá también sea algo bueno para Martha. Nuestro jardín es minúsculo, y mira lo mucho que le gusta estar al aire libre.
Hace un gesto hacia su hija, que se encuentra en cuclillas frente al castillo que ha construido en la arena, el sol acariciándole la espalda, mientras charla animadamente con Becca, que está de rodillas a su lado, ayudándola a cavar un foso.
– Imagina crecer en un lugar como este. Podría jugar en la playa todos los días. Incluso podríamos conseguirle el perro que tanto pide.
Alice parpadea, incrédula.
– No quieres un perro.
– Quiero lo mejor para Martha – dice Jamie. Suspira – . Ya no me obsesiona estar en Londres. Martha necesita una madre presente, que sea feliz y esté sana. Eso es lo que quiero para ella. Y también para ti. Quiero que las dos seáis felices. Y que estéis a salvo.
– ¡Soy una madre presente, Jamie! ¡Y estamos a salvo!
Pero la voz de Alice suena demasiado aguda, y cada vez está menos convencida de sus palabras, pues las imágenes regresan a su mente como un bumerán: el pomo de la puerta sacudiéndose, el cristal roto, la sangre derramada sobre sus bonitas baldosas.
– Nos encanta nuestra casa – añade Alice en voz baja.
– Bueno, en realidad es tu casa – replica Jamie.
– Es nuestra casa – lo corrige, sintiéndose herida – . Y me encanta donde vivimos. Eso no ha cambiado.
– Pero las cosas sí. Tú misma has cambiado. – Se pasa una mano por el pelo – . ¿Podemos ser sinceros por un momento? No estás gestionando bien la situación, Alice.
Alice abre la boca para protestar, pero la vuelve a cerrar.
– Y empiezo a pensar que no te ayuda seguir en la casa donde sucedió todo – dice Jamie, con más amabilidad que antes – . Tener el recuerdo de lo que pasó ante tus ojos todo el tiempo.
– No es eso, Jamie – dice Alice – . Estar en casa no es lo que me impide «pasar página».
Alice hace el gesto de las comillas con las manos y pone los ojos en blanco, a pesar de que sabe que suena petulante y a la defensiva.
– Entonces, ¿qué te lo impide?
Alice se cruza de brazos, se niega a responder.
– ¿Qué?
– No tiene sentido hablar sobre eso, porque ni siquiera te vas a dignar a considerar otras posibilidades.
– ¿Qué otras posibilidades?
– Sigo sin creerme que sepamos toda la verdad acerca de lo que pasó. No me creo que fuera un simple allanamiento aleatorio. Pienso que hay algo que se le escapa a la policía.
Jamie pone los ojos en blanco.
– No empieces con eso otra vez.
Alice duda. Si sirve para convencerlo de que no ha perdido la cabeza, entonces quizá valga la pena intentarlo.
– Prométeme que no perderás los papeles, Jamie. Debería habértelo contado antes… Intentaba solucionarlo todo primero.
– ¿Solucionar el qué?
Alice vuelve a dudar.
– La mañana del día del allanamiento, recibí una llamada anónima…
– ¿Qué? ¿Por qué no me lo contaste?
– Pues porque, en ese momento, no pensé que fuera nada importante.
Simplemente creí que sería alguien tratando de venderme algo o yo qué sé.
Lo único extraño es que, en la llamada, no se oía nada.
El más absoluto silencio, interrumpido por un único sonido, como si alguien estuviera respirando al otro lado.
– Vale, pero…
– Escúchame, ¿vale? Pensé que no era nada…
y lo había olvidado por completo con todo el tema del allanamiento.
Pero luego, el día que te incorporaste al trabajo…
, mientras estaba en la piscina con Martha…
, recibí otra llamada. Y en esa ocasión sí que habló una voz, pero el sonido estaba completamente distorsionado.
Alguien decía que debería tener cuidado.
Que había un motivo por el que Ezra había venido a nuestra casa aquel día…
Los ojos de Jamie ahora están abiertos como platos.
– ¿Estás de coña? – pregunta, alzando una mano – . ¿Te dijo literalmente el nombre de Ezra?
– Bueno, eso no. Solo dijo «él», pero está claro que se refería a Ezra. Y también dijo que «él» no era quien creía que era. Luego colgó.
Jamie niega con la cabeza, incrédulo.
– ¿Y no se te ocurrió contarme nada de esto?
Alice no dice nada.
– Alice…, ¿por qué narices no lo dijiste cuando los inspectores se pasaron por casa?
Alice agacha la cabeza.
– Porque vinieron para decirnos que habían retirado los cargos… Supongo que no quería que volvieran a sacarlo todo a la luz. Quería… Quería solucionarlo por mi cuenta.
– ¿Por tu cuenta? ¿Cómo?
Alice se muerde el labio. Si deja de ser un secreto, quizá cese de devorarla por dentro. Quizá se vuelva más insignificante y, además, se sentirá mejor si se lo cuenta. Jamie y ella jamás han tenido secretos.
– Fui a casa de Ezra.
– ¿Que hiciste qué?
Martha alza la mirada del castillo de arena que ha construido. Por suerte, Becca está fuera de alcance, después de que Martha le pidiera que se acercara al mar para llenar un cubo de agua para el foso.
– ¿Qué cojones, Alice?
Las personas que se encuentran a su alrededor en la playa intercambian miradas curiosas. Jamie las ignora, sus ojos clavados en Alice.
– No pretendía llamar a la puerta – susurra Alice – .
Solo quería ver a Linda, la madre. Yo… No sabía qué estaba haciendo.
Pensé que quizá había sido ella quien me había llamado.
O que, yendo allí, podría encontrar a alguien…
, alguna pista o algo, lo que fuera. Sobre quién era Ezra y por qué irrumpió en nuestra casa.
Jamie deja caer la cabeza entre las manos.
– No me puedo creer lo que escucho, Alice. ¿Cómo has podido ser tan estúpida? Si ni siquiera es legal, ¿no? ¿No nos dijo la policía que no podíamos acercarnos a su familia?
Ella no responde.
– No hablarías con ella, ¿no? Con su madre.
Alice sigue sin decir nada. Su marido la mira.
– Ay, no. Ay, Dios…
– No era mi intención…
– Ay, Dios mío, Alice. ¡No me puedo creer que hayas sido tan estúpida, joder! No me puedo creer que no te haya denunciado. ¡No me puedo creer que te dejara entrar en su casa!
– No me reconoció – dice Alice en voz baja.
La cara de Jamie se contorsiona.
– ¿Qué?
– Tan solo creyó que me había perdido y que necesitaba un vaso de agua.
Los ojos de Jamie se abren de par en par, su nuez sube y baja.
– Por favor, dime – gruñe – que le contaste la verdad.
Alice aparta la mirada.
– Iba a hacerlo. Pero… ellas dieron por hecho que era otra persona y luego… ya no tuve la oportunidad de confesarlo.
– ¡Por el amor de Dios! – Jamie titubea – . Espera… ¿Ellas? Has dicho que solo viste a su madre, ¿no?
– Y así fue. La primera vez.
– La primera…
– La primera vez que fui solo estaba Linda, su madre.
«Deberías contarlo todo», piensa Alice. Jamie se va a cabrear, pero luego se le pasará y sabrá qué hacer. Siempre sabe qué hacer.
– La segunda vez me abrió la puerta su hermana. Se llama Jade. Eran gemelos.
El rostro de Jamie se demuda. La mira como si hubiera perdido completamente la cabeza.
– Pero escúchame, Jamie – dice Alice – . Cuando estuve allí la primera vez encontré mi llavero. El que me hizo Martha. Estaba en su apartamento. En la antigua habitación de Ezra.
– ¿Un llavero?
– ¡Sí! Mi llavero, en el que siempre llevaba las llaves. El que había perdido. Lo encontré en la habitación de Ezra. ¿No te parece extraño? Debería significar algo.