El extraño Stella
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Stella

Stella

Stella camina a lo largo de la redacción del periódico, al tiempo que sostiene la bandejita de cartón con dos bebidas calientes, y echa un vistazo dentro de las salas de reuniones de cristal.

Como siempre, la mayoría están ocupadas.

En una, la editora de noticias les echa la bronca a dos reporteros atemorizados.

Stella se estremece, sintiendo empatía por ellos, y sigue su camino a toda velocidad.

En la siguiente, su propia jefa, Annie, está al teléfono, cubierta de sus habituales joyas llamativas y sedas coloridas.

Le hace un gestito con los dedos a Stella, y ella sonríe con torpeza.

Esperaba evitar a Annie hoy. Las posibilidades de cumplir con la fecha de entrega del artículo para la revista de esta semana son prácticamente nulas, pues ha estado demasiado ocupada con otras cosas.

Por fin encuentra a quien buscaba: Oscar, del equipo de investigaciones.

Está sentado con Emily, la abogada interna preferida de Stella, una mujer no mucho mayor que ella y también madre soltera.

Emily parece cansada, con el rostro serio.

Lleva un lápiz clavado en el moño medio deshecho, y bajo el vestido de tubo todavía calza las deportivas con las que viene caminando hasta la redacción.

Stella saluda a Oscar con la mano. Él pone los ojos en blanco, hace el gesto de una pistola imaginaria, dos dedos apuntando a su sien, y luego sonríe.

Después levanta esos mismos dedos para informarla de que estará listo en dos minutos.

Stella espera incómoda hasta que Emily se levanta y recoge la pila de archivadores de la mesa. Stella le sostiene la puerta.

– Gracias, Stella – dice Emily, abriéndose paso con los brazos cargados de archivadores. Una expresión de preocupación se dibuja en su rostro – . ¿Me estabas buscando?

– No, esta semana no te necesito. Supongo que te alegrará saberlo.

Emily parece visiblemente aliviada.

– Gracias a Dios. – Se recoloca los archivadores entre los brazos e intenta apartarse un mechón de pelo de la cara – . Perdón, no he querido decir eso. Es solo que… lidiar con Oscar a solas debería considerarse un trabajo a tiempo completo.

– Te he oído – grita Oscar desde dentro, recostado en la silla, con un bolígrafo en la boca.

– Esa era mi intención – replica Emily; luego clava la mirada en Stella – : Habría apostado a que tenías algo importante para mí, Stella. He visto que te has quedado hasta tarde en la oficina todos los días de la semana.

– Lo prefiero a estar sola en casa – responde con una sonrisa teñida de tristeza – . Esta semana, le toca a Hugo quedarse a Frankie. Se la ha llevado a la Toscana con su nueva novia.

Sin Frankie, la vida de Stella se siente vacía y silenciosa.

– Buf, qué duro – dice Emily, poniendo una mueca que Stella sabe que refleja una compasión genuina. Inclina la cabeza hacia un lado – . Oye, Stella, el artículo en el que estás trabajando… Si es lo mismo de siempre, necesitamos que alguien haga pública la información. Si la víctima no coopera…

– Lo sé – responde Stella, forzando una sonrisa – . No te preocupes. Estoy en ello.

– Genial. – Emily vuelve a mirar a Oscar – . Oscar, avísame cuando hayas hecho las llamadas, ¿vale? Mucho dependerá de lo que respondan a las preguntas. No quiero verlo en la lista hasta que lo hayamos revisado.

– A tus órdenes.

Oscar sonríe de tal manera que espera que Emily encuentre encantadora. Ella pone los ojos en blanco, luego extiende la mano y aprieta el brazo de Stella.

– Nos vemos, Stella. Tenemos que ir a tomar un café un día de estos.

Stella asiente. Necesita mantener a Emily y a las demás abogadas de su parte si quiere que esto siga adelante.

– Claro – responde.

Stella entra con cuidado en la sala de reuniones y coloca el café frente a Oscar.

– ¿Y esto qué es?

– Un soborno.

Oscar se echa a reír.

– No digas eso delante de un abogado. Ya tengo bastantes problemas con Emily.

– Siempre tienes problemas con Emily.

– Solo porque le asusta demasiado arriesgarse. Todas nuestras abogadas se comportan así últimamente.

– Ni que lo digas.

Stella se acomoda en la silla que Emily ha dejado libre.

Mientras lo hace, Oscar recoge con destreza los papeles que habían estado revisando, forma un montón ordenado y los coloca boca abajo, luego pone encima su cuaderno cerrado.

A pesar de parecer un chico perezoso que estudió en una escuela pública, Oscar es un profesional como la copa de un pino.

Aunque Stella y él son amigos, siempre se asegura de mantener en secreto los detalles de sus investigaciones y de sus fuentes.

En su época de becarios, Stella consiguió más primicias que él.

Todos hablaban de ella como la estrella en ascenso.

Pero luego se quedó embarazada, se cogió un año de baja por maternidad y tuvo que solicitar un horario flexible para encargarse de Frankie, y, bueno, así fue como se estancó su carrera, para ser honesta.

Ahora Oscar es un miembro consolidado de la élite mediática; el tipo de periodista que destapa la corrupción y gana premios.

Mientras tanto, Stella – con todos sus seguidores en Instagram (sobre todo oficiales de prensa) y las ofertas de regalos promocionales que recibe (principalmente neceseres y antifaces) – está atrapada al otro lado de la redacción, entre Moda y Viajes, en lo que los insoportables compañeros reporteros de Oscar llaman «la parte superficial del periodismo».

– Bueno, entonces, ¿qué soborno estoy aceptando al beberme esto?

Oscar ni siquiera espera a que responda para darle otro sorbo.

– Es sobre lo mismo de la otra vez. Necesito tu ayuda.

Oscar traga saliva y hace una mueca.

– Oh – dice – . Es sobre es o.

– Sí, sobre eso.

Oscar se levanta, cierra la puerta y se vuelve a sentar.

– No puedo hacer lo que me pediste – dice.

– ¿Por qué no?

– Porque, Stella, ni siquiera estoy seguro de que sea legal.

Stella inclina la cabeza hacia un lado.

– Ya lo has hecho en alguna ocasión, Oscar. Sé que lo has hecho.

Oscar vuelve a poner una mueca.

– Solo bajo consejo legal. Habiendo dejado claro el interés público con el editor. Ya sabes cómo son los abogados – explica, haciendo un leve gesto en dirección hacia donde desapareció Emily.

– También hay un interés público en este caso – replica Stella – . Ya te he contado lo que hizo ese tío.

Oscar suspira.

– Lo sé – dice – . Y siento mucho lo que le pasó a tu amiga. Pero no está tan claro. Solo tengo tu palabra para la mitad de las cosas…

– No miento – responde Stella con un gesto petulante.

– Poco importa si te creo o no – replica él con calma – . No tengo pruebas.

Stella no necesita que Oscar le explique cómo funciona el periodismo, pues lo sabe de sobra, pero supone que, de algún modo, se lo ha buscado.

– E incluso si decidiéramos ir… por ese camino – continúa Oscar – , o sea, si recurriésemos a la grabación encubierta, sabes de sobra que no tendría ningún tipo de validez sin la aprobación legal. Y jamás la conseguiríamos. No en un caso como este.

Stella suspira.

– ¿Y ahora qué?

– Tienes que hacer lo que ha dicho Emily. – Se encoge de hombros – . Tienes que conseguir que la chica hable.

– Lo he intentado. Y no lo va a hacer. No por ahora.

Stella y Oscar se miran fijamente.

– Esto no se trata solo de mí – dice Stella – . Si conseguimos sacarla, sería una historia enorme.

– Eso no lo dudo – responde Oscar – . Pero necesitamos pruebas, y no las conseguiremos sin la ayuda de la gente implicada. Sabes que no podemos.

Stella se pone de pie.

– Vale – dice – . Conseguiré que alguien hable.

Oscar alza las cejas.

– Lo conseguiré – insiste ella con firmeza – . Me niego a dejarlo pasar, Oscar.

Él se ríe.

– Eso me ha quedado claro.

Stella coge su café y sale de allí, resistiéndose a la tentación de dar un portazo. Abre la puerta de la sala de reuniones contigua, donde un grupo de becarios están encorvados sobre sus MacBook.

– Lo siento, chicos – dice – . Esta sala está reservada.

Alzan la vista como unos conejos asustados. Stella se da cuenta al instante de que no han reservado la sala y que no opondrán mucha resistencia.

– Ah. Perdón, perdón.

Stella sujeta la puerta mientras los becarios desfilan hacia fuera, la cabeza gacha, auriculares puestos y vasos de café desechables vacíos entre las manos.

Cierra la puerta tras ellos, exhala y se coloca frente al cristal para poder ver a cualquiera que se acerque a la sala de reuniones, y para que no se vea la pantalla de su portátil desde fuera.

Mientras el ordenador se enciende, se pone a pensar.

Luego abre el navegador y, no por primera vez, escribe el nombre de «Clara Layward» en la barra de búsqueda.