El extraño Alice
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Alice

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– ¿Este es el sitio donde nos vamos a quedar, mami?

Martha mira fijamente el ventanal de la casa vacacional, salpicado de excrementos de gaviota: unas manchas gruesas y blancas en diagonal sobre el cristal, como si fueran brochazos de pintura blanca.

– Sí, así es – dice Alice con entusiasmo – . Vamos a verlo, ¿qué te parece?

Introduce la llave a presión en la cerradura y ambas entran en el interior.

Alice recorre la planta baja en silencio, intentando entender cómo han podido engañarla de esta forma. Y cómo los propietarios lograron recortar las fotos de manera que no se viera lo diminuta que es la casa, lo descuidada y apretujada entre todas las demás residencias ubicadas a este lado de Rye.

– Lo pasaremos requetebién, te lo prometo – dice Alice con firmeza – . Estamos muy cerquita de la playa. Te encantará cuando vayamos.

– ¿Qué playa? – Martha mira por la ventana de la cocina, que da directamente a una larga fila de contenedores de basura.

Becca entra a toda prisa por la puerta abierta de par en par, deja dos maletas en el suelo y le coge la mano a Martha.

– Venga, ¿por qué no subimos a ver la habitación? – Sonríe – . ¡Me pido la litera de arriba!

– ¡No, me la pido yo!

Martha se parte de risa y sale corriendo tras ella.

Martha está encantada con las literas, así que Alice logra contener su propia decepción por los azulejos anticuados y la cortina de ducha envejecida del baño, y por las vistas poco impresionantes desde las ventanas.

Piensa en el perfecto rectángulo azul de la piscina que Yas publicó en Instagram esta mañana desde su villa en una isla griega.

– ¿A qué viene esa cara tan larga? Tampoco está tan mal… – dice Jamie, al tiempo que le da un apretoncito en el hombro – . A Martha le encanta. Sienta bien estar de vuelta en la zona. Estamos pegaditos a la mejor heladería del pueblo.

Alice hace un esfuerzo por sonreír, pero el problema no es solo la casa.

No consigue meterse en la cabeza el espíritu de las vacaciones de verano.

Ha leído más comentarios sobre el allanamiento en internet.

En esta ocasión eran diferentes. Hay un usuario en concreto que ha empezado a aparecer en todos los artículos sobre Alice, en cualquier página web.

Al principio, los comentarios eran desagradables, pero no alarmistas.

No obstante, últimamente han empezado a convertirse en algo más; algo que a Alice le parecen amenazas, dando a entender que sabe cosas sobre su familia y sobre ella.

Alice quiere volver a sacar el tema de los comentarios con la policía, pero Jamie cree que debería ignorarlos y punto. Le asombra la capacidad de su marido de ignorar las cosas que podrían volverlo desdichado.

Alice aparta a Jamie y él suspira.

– Por favor, no estés triste – murmura Jamie, mirando hacia las escaleras donde se encuentran Becca y Martha – . Martha lo pasará de maravilla. La mayoría de los niños londinenses darían lo que fuera por pasar unas vacaciones como estas, ¿eres consciente, Alice?

A Alice le molesta cuando mezcla su trabajo con estos temas, haciéndola sentir culpable con historias acerca de la privación.

– Lo siento. Prometo que intentaré animarme.

Pero cruza los brazos en lugar de acercarse a él. Puede sentir cómo se cierra en banda ante su marido, con la lista cada vez más larga de cosas que no le cuenta pesando sobre ellos.

En cuanto terminan de deshacer las maletas, Jamie propone ir caminando hasta el puerto y comer fish and chips en el paseo marítimo.

Pero la caminata es más larga de lo que Alice recordaba y, cuando por fin llegan, se dan cuenta de que no hay opción vegetariana para Becca.

Ella dice que no le importa y que se las apañará con las patatas fritas.

En cuanto les entregan la comida, las gaviotas los miran con ojos agudos y empiezan a abalanzarse sobre ellos en picado.

Apresuran a una aterrorizada Martha de regreso a casa.

– No pasa nada. Podemos recalentar las patatas en el horno – dice Jamie, intentando mantenerse positivo.

Mientras vuelven a subir la colina empedrada de camino a la casita, empieza a llover.

Pasan por delante de la heladería con la cabeza gacha; ni siquiera Martha les pide detenerse para tomar un helado.

Alice echa un vistazo al pasar por el lugar donde se hicieron la fotografía que solía llevar en su cartera. Le provoca un escalofrío.

Alice pondría la mano en el fuego a que fue Jade quien le robó la fotografía. Pero, ¿por qué lo haría? ¿Es porque no se ha creído su historia sobre el banco de productos para bebés y trata de averiguar quién es en realidad?

O quizá ya lo sepa. Quizá por eso empezaron las amenazas en línea.

Quizá es ella quien las escribe. Alice tiene otro pensamiento inquietante: ¿podría Jade haber usado la fotografía para descubrir adónde iría Alice de vacaciones?

Trata de recordar cuánto se podía discernir de la imagen.

¿Se veía el nombre de la heladería? ¿Habría conseguido deducir que la foto se hizo en Rye y atar cabos?

Alice desecha ese pensamiento. Está siendo ridícula. Aun así, que esas ideas pasen por su cabeza es una señal para que deje de seguir inmiscuyéndose en el tema. Tiene que mantener las distancias con Jade y Linda. Olvidar que alguna vez tuvieron contacto.

El problema es que, si Jade ha descubierto quién es Alice, entonces tal vez las cosas ya hayan llegado demasiado lejos. Quizá Alice ya no tiene control sobre lo que suceda a continuación.