El extraño Alice
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Alice

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La ampliación de la cocina de Yas y Arlo parece sacada de una revista de diseño, pero por las tardes a Alice nunca le resulta del todo acogedora.

Probablemente por todo lo que la conforma: hay una gran ventana corredera en la parte trasera y un amplio tragaluz situado sobre la mesa del comedor.

Aunque técnicamente todavía es verano, Alice tiene frío aquí dentro. Ojalá hubiera traído una chaqueta.

Yas ha encendido unas velas en el centro de la mesa del comedor. Huelen a algo botánico, como el bosque. Jamie parece relajado, charlando con Arlo, inclinándose para pinchar una aceituna con un palillo diminuto que ha cogido de la tabla de charcutería que Yas ha preparado.

−¿Estás bien? −le pregunta a Alice, cuando la pilla mirándolo.

La verdad es que no, no está bien, pero no sabe si tiene derecho a admitirlo en voz alta.

Ya no. Cada vez tiene más la sensación de que Jamie considera que existe un plazo de prescripción para los sentimientos que Alice aún alberga tras el allanamiento…

, uno que está a punto de agotarse. La impaciencia de Jamie por dejar el tema atrás es totalmente coherente con su carácter.

No es que sea un hombre insensible, simplemente no es de los que se aferran a las cosas.

Alice también percibe ahora la impaciencia de los demás.

Todos parecen haberlo superado. Stella parecía estar bien en la piscina.

Y aquí está Yas ahora, colocando sobre la mesa una fuente de pollo acompañado con salsa harissa, patatas y yogur, y una ensalada salpicada de frutos secos, aguacate y semillas de granada, como siempre hace cuando comen aquí, como si todo fuera normal.

Pero Alice no tiene esa sensación de normalidad.

En situaciones como esta, todavía tiene la impresión de estar flotando a cierta distancia de los demás, fuera del escenario de la acción, observando.

Como si fuera una mera espectadora. Como si le faltara la solidez que ellos poseen.

−¡Genial! Arlo, sírvele una copa a Alice.

Yas se sienta a la mesa al lado de Jamie. Arlo le pasa a Alice una copa de champán, y se da cuenta en ese momento de que es la única que no tiene una en la mano. Alice coge la copa flauta y se queda mirando cómo estallan las burbujas.

−Le pregunté a Stella si venía −dice Yas, dirigiendo su atención a Alice−, pero no le daba tiempo.

Alice asiente, preguntándose si será verdad. Le da la sensación de que a Yas no le cae tan bien Stella como suele decir.

−Solo quería decirte que estoy muy contenta de que todo esto haya acabado para todos nosotros, y sobre todo para ti, Alice −continúa Yas. Inclina la copa hacia Alice−. Demos comienzo a un nuevo capítulo en nuestras vidas.

Los demás alzan las copas, asienten y luego dan un sorbo al champán. Alice se fija en la botella y se sobresalta. Es la misma que llevó Yas a su casa la noche del allanamiento.

¿Yas no se da cuenta de la conexión? ¿No le molesta, como a Alice? Intenta imitar a los demás, pero el sabor del champán le resulta desagradable en la boca. Nota que le cuesta tragar.

Jamie y Alice se conocieron en esta misma cocina.

Hace seis años, ¿o ya han pasado siete? Ahora parece toda una vida.

Aún conserva algunas fotos de aquella época en su móvil, sacadas en las fiestas que solían organizar – casi siempre aquí, porque Yas y Arlo eran los únicos lo bastante ricos y adultos como para haberse comprado una casa grande.

Hoy en día, esas fotos parecen escenas de la vida de otra persona.

Arlo había invitado a Jamie. «Es un viejo amigo de la universidad», le había explicado cuando Alice le preguntó – en un tono que esperaba que sonara casual – por el misterioso hombre que iba a unirse al grupo.

Alice, pese a haberse separado hacía poco de Tag, su novio intermitente de larga duración, había insistido en que no le interesaba que le buscaran a nadie.

Pero lo cierto es que no le gustaba estar soltera tanto como solía afirmar, y aunque en el fondo sabía que lo suyo con Tag no funcionaba, le había dolido verlo pasar página tan rápido.

Por lo que se veía en sus redes sociales, su nueva novia parecía, básicamente, una versión más joven, más guapa y más exitosa de Alice.

– Jamie es un buen tío – había continuado Arlo – .

Me lo encontré el otro día por el centro.

Sabía que se había ido a África, pero pensaba que simplemente había ido de viaje, como siempre estaba de aquí para allá…

Pero dice que estuvo allí por trabajo… construyendo pozos de agua o alguna cosa de esas respetables.

Me comentó que hacia el final lo pasó un poco mal, que se hartó de la ONG o algo así, así que lo dejó y volvió para buscar…

¿Cómo se llaman? Puestos en el sector sin ánimo de lucro aquí en Londres.

Me preguntó por Yas y me dijo que había perdido el contacto con los compañeros de la uni, así que lo invité a que se pasara esta noche.

– Le hizo un gesto con la cabeza a Alice – .

Es tal cual tu tipo, Alice. Te va a gustar.

Alice había puesto los ojos en blanco, intentando que pareciera que ese tal Jamie se la tiraba de un pie.

En realidad, deseaba en secreto que sus amigos, como Yas y Arlo, hicieran este tipo de cosas más a menudo.

Alice no conocía a hombres solteros a través de su trabajo y no soportaba las aplicaciones de citas: los mensajes que se quedaban sin respuesta, las citas incómodas en las que, a los quince minutos, te mueres de ganas de irte a casa, pero sabes que tienes que quedarte una hora como mínimo…

En una cita reciente, un tipo, que a través de internet parecía completamente normal, se había negado a beber agua del grifo «por el flúor que contenía» y le había preguntado si creía que el 11S había sido todo un montaje.

Evidentemente, creyó que aquello tampoco iba a llegar a nada.

Pero aun así había sentido una sacudida, algo parecido a la adrenalina, cuando vio apenas un atisbo de Jamie en el umbral de la puerta, y oyó el sonido amortiguado de su risa al saludar a Arlo.

Luego oyó a Arlo dándole una palmada en la espalda mientras bromeaba:

– Tío, te dije que te afeitaras antes de venir. ¡Parece que has estado viviendo en la selva!

Alice se había ido corriendo al baño de abajo para ponerse un poco más de pintalabios, maldiciendo su decisión de no haberse molestado en lavarse el pelo. Después salió y se dirigió a la cocina, intentando aparentar una actitud despreocupada. Arlo alzó las cejas al verla.

– Ah, aquí estás. Jamie, esta es Alice.

Y allí estaba él. Cuando sus miradas se cruzaron y esbozó una sonrisa, Alice pensó: «Mierda».

Al final de la noche, Jamie solo hablaba con ella.

Habían colocado las sillas de una forma estratégica para poder conversar a solas.

Alice se había pispado de cómo Yas sonreía y le decía algo al oído a Arlo mientras miraban hacia ellos, pero había fingido no darse cuenta.

Sin embargo, sentía que aquello acabaría de un momento a otro y volvería a lo de siempre: husmear perfiles vergonzosos en el móvil, las tardes entre semana en el gimnasio fingiendo que tenía algo que hacer, reparar el sifón del fregadero sola, las citas de los sábados por la noche que acababan con su buen humor, los domingos solitarios y apáticos…

Para la siguiente cena de cumpleaños de Arlo, Alice ya estaba embarazada, y Jamie y ella estaban en medio de los preparativos de su boda.

– Venga – dice Yas con alegría – . ¡A comer!

Empieza a servir los platos y Alice intenta concentrarse. No tiene hambre.

– ¿Cuándo os vais a Rye? – le pregunta Arlo a Jamie.

– La semana que viene.

– ¿Vais a volver a quedaros en ese sitio del que siempre habla Alice? ¿Cómo se llamaba? ¿La gaviota no sé qué?

– Graznido de Gaviota. – Alice suspira – . No. Ojalá.

Querían alquilar Graznido de Gaviota otra vez este verano.

Para Alice, era la casa de vacaciones perfecta: techos abovedados, piedra vista, una estufa de leña, ventanas de doble altura con vistas directas al mar, una terraza que desembocaba directamente en las dunas.

Pero este año, cuando se puso en contacto con los propietarios, le dijeron que la casa se había inundado y permanecería cerrada el resto del año por reformas.

Alice vuelve a pensar en la fotografía de los tres juntos allí, en Rye.

En cómo pilló a Jade con la mano dentro del bolsillo de su chaqueta.

Tuvo que ser ella quien cogió la foto. Pero ¿por qué?

Vuelve a sentir el nudo de preocupación en el estómago, y de repente la idea de comerse la cena que Yas ha preparado le resulta poco apetecible.

– Imaginaos vivir en Rye… – dice Yas, distraída – . Me encantaría poder ver el mar todos los días.

Arlo niega con la cabeza.

– Te aburrirías enseguida. – Vuelve a mirar hacia Alice y Jamie – : No me imagino viviendo en otro sitio que no sea Londres. ¿Vosotros sí?

– No sé – dice Jamie – . Quizá.

Alice alza la mirada. Jamie nunca había mencionado querer irse de Londres. Quizá no le esté prestando demasiada atención a las palabras de Arlo.

– Supongo que el trayecto desde Rye hasta el trabajo se me haría un poco largo – añade Jamie, para tranquilizar a Arlo.

– Ya, eso sí. ¿Qué tal va el curro, J?

– Bien. Gracias, tío.

– ¿Has cambiado de trabajo?

Alice mira a Arlo, luego a Jamie. Este último frunce el ceño, con expresión divertida.

– ¿Qué? ¿Yo? No. Sigo con lo de siempre. – Jamie empieza a cortar el pollo – . ¿Por qué lo preguntas?

– Perdona, debe de ser un malentendido. – Arlo se encoge de hombros – . El otro día estuve charlando con una chica que trabaja en tu organización benéfica. No me acuerdo cómo se llamaba. Pero le pregunté por ti, y parecía creer que ya no trabajabas allí. Debe de haberse equivocado.

– No pasa nada – dice Jamie con amabilidad, dejando el cuchillo y el tenedor sobre la mesa – . Solo he estado pasando más tiempo en casa, eso es todo. Con todo lo que ha pasado…

Le da un apretón a la pierna de Alice por debajo de la mesa.

– Claro – dice Arlo, asintiendo – . Totalmente comprensible.

– Supongo que debería pasarme más por la oficina, si la gente cree que me he ido… – añade Jamie, mirando a Alice e intentando reírse.

Alice le devuelve la sonrisa, pero se siente incómoda. No puede ser buena señal que Jamie se haya tomado tanto tiempo libre que la gente empiece a pensar que ha dejado la organización de forma definitiva. Tiene que recomponerse.

En cuanto terminan de cenar, Jamie y Arlo se quedan en la cocina fregando los platos.

Yas le propone a Alice sentarse un rato en el salón.

Alice se acomoda en el mullido sofá de Yas, dejando que su mirada recorra la reconfortante familiaridad de los objetos de la habitación: la fotografía de la boda de Yas; otra de sus hijos, Iris y Archie, en el velero de la familia de Arlo; la litografía de Matisse sobre la chimenea de mármol; la gruesa alfombra marroquí con borlas donde Yas y ella solían acostar a Martha e Iris cuando eran bebés.

– ¿Va todo bien, Alice? – le pregunta Yas.

– Sí, estoy bien – responde.

– Debe de ser todo un alivio saber que todo ha terminado por fin, ¿no?

Alice desvía la mirada hacia la cocina, luego baja la voz.

– Para ser sincera, no me siento así. Yo no.

Yas frunce el ceño.

– ¿Qué quieres decir?

– No soy capaz de pasar página – dice Alice, la voz un poco temblorosa – . Creo que es lo que le gustaría a Jamie, pero…

– ¿Has hablado con alguien sobre el tema? ¿Con un terapeuta o algo así?

– No. Tampoco es eso. – Alice se siente frustrada, intenta no echarse a llorar – . No estoy… traumatizada. Es más bien…

Se queda en silencio. Yas espera.

– Simplemente no me convence la teoría de la policía – murmura Alice – . Eso de que fue… un allanamiento de morada al azar.

– Lo siento, Alice, pero no te sigo.

Alice baja aún más la voz.

– Creo que el chico, Ezra… Creo que nos tenía en el punto de mira.

Que nos buscaba a nosotros específicamente.

Y tiene que haber una razón. No sé cuál.

Pero… bueno, nadie está de acuerdo conmigo, y la policía no quiere ni oír hablar del tema, así que…

– Se queda en silencio y se encoge de hombros – .

Sé que Jamie solo quiere olvidarlo. Pero a mí me está costando.

Yas duda. Se le contraen ligeramente las comisuras de la boca, como si estuviera luchando por encontrar la expresión facial adecuada.

– Para serte sincera, Allie… Creo que Jamie tiene razón, ¿no te parece?

Su voz es amable, pero Alice no puede evitar sentir una punzada de decepción. Ni siquiera Yas la cree.

– Lo que quiero decir es que tu actitud es un impulso normal: buscar una razón, o a alguien a quien culpar – dice Yas con amabilidad – .

De algún modo, es más difícil aceptar que este tipo de cosas pueden llegar a ser…

– Busca las palabras, y termina por encogerse de hombros – . Básicamente, una mala suerte aleatoria.

Alice siente cómo se le forma un nudo en la garganta.

Le habría gustado tanto que Yas la escuchara…

Estaba lista para confiarle la llamada anónima y sus visitas a Linda y a Jade.

Cómo había encontrado su llavero en el apartamento de Linda.

Y ahora, la fotografía desaparecida de los tres en Graznido de Gaviota, que está segura de que Jade ha cogido del bolsillo de su chaqueta.

Pero ahora mira a su amiga y se da cuenta de que sería una tontería. La decisión de Yas está tomada.

Al igual que la de Jamie, la de Arlo, la de la policía y la de todos los demás. Han seguido adelante, y han dejado a Alice atrás. Está completamente sola.

– Alice, ¿qué pasa? – Yas parece preocupada – . ¿Hay algo más que me quieras contar?

Alice abre la boca, pero entonces Jamie y Arlo aparecen en el salón, y el momento se desvanece.

– No – murmura – . No es nada.

Regresan a casa antes de las once, pues no quieren que Becca se quede despierta hasta tarde.

– Has estado muy callada esta noche – dice Jamie mientras introduce la llave en la cerradura.

– Lo siento.

Jamie cierra la puerta tras ellos con suavidad.

– No sé – dice Alice, irritada – . Toda la velada ha sido un poco rara. ¿Un brindis con champán por librarme de un cargo por asesinato? ¿En serio?

Jamie suspira.

– Creo que Yas solo quería ser amable contigo. Espera que puedas pasar página, ¿sabes? Que dejemos todo eso atrás. Que sigamos con nuestras vidas.

Alice no dice nada. Pero ella todavía no piensa dejar el tema atrás. Ni de broma. Y si Yas no es la persona en quien puede confiar ni quien la ayude a descubrir lo que pasó de verdad, tendrá que encontrar a otra. A alguien que la escuche.