El extraño Alice #2
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Alice #2

−Ni idea −dice−. Creo que me culpa por lo que le pasó a mi hermano. −Alza la mirada hacia Alice−. Con los pollos que me monta, cualquiera diría que fui yo quien lo mató.

Alice se siente atacada por el pánico. No puede mirar a Jade a los ojos.

−Estoy segura de que tu madre no piensa eso, Jade −murmura Alice, con la voz cargada de culpa.

En cuanto pronuncia esas palabras, siente que se ha equivocado. Jade se tensa.

−¿Qué sabrás tú del tema?

−Nada. Lo siento −dice Alice, levantando las palmas en gesto de son de paz−. Lo siento de verdad. Es un momento terrible para las dos, eso es todo. Debéis de echarlo mucho de menos…

−¿Por qué sigues queriendo hablar de él? ¿Eh? −estalla Jade−. ¿Por qué insistes en hablar sobre Ezra?

Alice se siente nerviosa, desestabilizada por este cambio repentino en el humor de Jade. Su labio inferior ahora se mantiene firme, como si tuviera ganas de pelear.

−Yo no… No estaba… −tartamudea Alice−. Lo siento, Jade.

−No quiero hablar de él todo el tiempo, ¿vale? Ya tengo suficiente con lo mío.

Se señala la barriga, con los ojos muy abiertos, como si fuera obvio.

−Claro. −Alice asiente−. Como he dicho, lo siento mucho.

Jade empieza a doblar y desdoblar la ropa.

−¿Y tu marido? −pregunta Jade de repente.

−¿Mi marido?

Alice nunca ha mencionado que está casada, ¿no? Pero entonces se da cuenta: sus anillos. Claro. Es obvio. Está comportándose como una paranoica.

−Tu marido −repite Jade, como si saboreara las palabras−. ¿Cómo es? Es un buen marido, ¿a que sí?

Siente que, de algún modo, sus palabras suenan como si la estuviera retando.

−Es un buen hombre −dice Alice−. Y un gran padre.

−¿Estuvo contigo cuando diste a luz?

Alice recuerda las manos fuertes de Jamie, apretando las suyas durante las contracciones, su voz grave diciéndole que admiraba su fuerza y que la quería con locura.

Le había dicho a la matrona y al anestesista que se hicieran a un lado cuando ella no podía hablar porque el dolor era demasiado intenso.

Después, cuando la bebé y ella por fin se pudieron dormir, él había salido y regresado con los macarons de coco que tanto le gustan, traídos desde su panadería favorita.

Había caminado por Londres durante horas para encontrar un lugar donde los tuvieran.

−Sí, estuvo a mi lado. Fue de gran ayuda.

Jade emite una especie de resoplido que Alice no sabe cómo interpretar.

Alice deja el destornillador con cuidado. La cuna está montada, un montón de mantas y sacos de dormir en el cajón de abajo, la ropa doblada sobre la cómoda. Todo se ve encantador, pero el aire de la habitación se ha vuelto pesado. Alice necesita irse.

−Creo que ya está todo listo −dice Alice con torpeza−. Pero avísame si necesitas algo más. La semana que viene no estaré por aquí, pero…

−Ah, sin problema. Solo llamo al número del banco para productos de bebés si te necesito, ¿no?

Alice está convencida de que Jade ha entrecerrado un poco los ojos. Es como si intentara pillarla desprevenida. De repente, siente una necesidad desesperada de salir de este piso.

−Sí −dice Alice, tosiendo−. Puedes llamar a ese número. O también puedes enviarme un mensaje, como hiciste el otro día.

Qué fácil le resultan ahora estas mentiras… Se escapan de su boca como si nada.

−Como te he dicho, no estaré por aquí la semana que viene, pero seguro que te puede ayudar otra persona.

−¿Te vas al extranjero o te quedas en el país?

Alice parpadea.

−¿Perdón?

−Tu viaje. Solo me preguntaba adónde vas.

Alice se detiene.

−Son más bien unas vacaciones en casa −dice con lentitud.

Por ciertas razones que no se ve capaz de explicar del todo, no quiere decirle a Jade exactamente adónde va.

Jade mantiene la mirada clavada en Alice.

−Ah, vale −dice−. Guay.

Jade se levanta, presionando las manos en la parte baja de su espalda. Se ve mucho más grande ahora: su barriga muy redonda sobre sus caderas pequeñas, como una burbuja a punto de desprenderse de su cuerpo.

−¿Cuánto te queda para la fecha prevista de parto, Jade?

−Unas cuatro semanas.

−Vaya.

Alice no pensaba que el embarazo estuviera tan avanzado. Se pone de pie y se dirige hacia donde cuelga su chaqueta. Jade permanece junto a la puerta.

−Gracias −dice con brusquedad−. Por traer las cosas.

Parece que a Jade le cuesta dar las gracias.

−De nada, Jade −dice Alice mientras se pone la chaqueta−. Buena suerte.

No es hasta que Alice se encuentra en el caminito del canal, y bien fuera del alcance de la vista de Jade, cuando saca la cartera del bolsillo de su chaqueta y la revisa. Siente alivio al ver que todos los billetes siguen ahí.

Cuenta una vez, luego otra, y de pronto la atraviesa un punzante sentimiento de culpa. Debió de haberse equivocado sobre la mano de Jade en su bolsillo. Qué horror. Qué feo por su parte llegar a pensar que Jade le robaría el dinero.

Le da la vuelta a la cartera. La contempla un momento antes de darse cuenta. Falta algo. La foto de Jamie, Martha y ella, sosteniendo un helado junto al quiosco en Rye, cuando su hija era un bebé. Esa foto estaba ahí, en la solapa de celofán. Hacía años que la había metido ahí.

Revisa los compartimentos para tarjetas, la parte con cremallera, dentro del bolsillo de la chaqueta. Pero no está. La foto ha desaparecido.