Alice
Alice
Incómoda, Alice se sienta en el sillón arañado del piso de Linda, que ahora parece haber pasado a ser el piso de Jade.
Ryan, el novio de Jade −o exnovio, todavía no lo tiene muy claro−, ocupa la mayor parte del sofá, con sus enormes pies sumergidos en unas zapatillas de andar por casa, plantados bien separados sobre la alfombra naranja con espirales de Linda.
Ryan es el tipo de chico que las chicas adolescentes podrían encontrar atractivo −posee esa belleza de banda juvenil, aunque acompañada de una pequeña explosión de acné en el cuello− y la sonrisa en su cara sugiere que es muy consciente de ello.
Mientras se sienta, Ryan sostiene su móvil en una de sus grandes manos y un vapeador en la otra, y suelta pequeñas bocanadas de humo blanco que huelen a arándano y tabaco.
Su teléfono emite estallidos metálicos de pop y risas enlatadas a medida que se desplaza por la pantalla con el pulgar.
Jade sale de la cocina con una tacita de té para Alice y una taza enorme de Sports Direct para Ryan. Ryan coge la taza sin despegar la mirada de la pantalla. Jade mira a Alice, avergonzada por la falta de modales de su novio (o exnovio).
−Gracias, Jade −dice Alice cuando coge la tacita, tratando de no sonar demasiado directa.
Ryan alza la vista por primera vez y observa a Alice.
−¿Quién has dicho que eres? −pregunta, frunciendo ligeramente el ceño−. Una trabajadora social, ¿no?
Alice finge que le hace gracia su pregunta.
−Ja, ja. No. Soy del banco de productos para bebés.
Él la mira fijamente, el rostro demudado.
−He traído algunas cosas para Jade. Para la bebé.
−Ah, vale.
Al mencionar la palabra «bebé», Ryan pierde todo interés de inmediato. Su mirada vuelve al teléfono.
−Pensaba que hoy tenías clase −le susurra Jade.
−No empieces.
Ryan no levanta la mirada. Le da otra calada al vapeador.
Jade hace un sonido de desaprobación y luego desvía la vista hacia Alice.
−Venga −dice−. Vamos a la habitación de la bebé.
Alice se sienta en una silla de comedor dura que han colocado en la esquina de la habitación de la bebé, que antes era el cuarto de Ezra.
Todavía oye el teléfono de Ryan al otro lado de la delgada pared.
Su presencia aquí no ayuda. Alice quiere indagar sobre Ezra. Tal vez Ryan no se quede mucho rato.
Jade ha sacado las cosas de cuando Martha era bebé de la bolsa de lavandería de cuadros en la que Alice las trajo.
Sus manos se toman su tiempo con la suave manta de punto con tela de nido de abeja y pompones…
, y con la etiqueta en la parte de atrás del pelele acolchado.
Una sonrisa titila en la comisura de su boca.
−Qué cosas tan monas.
−Me alegro de que te gusten.
Alice recuerda el día que compró ese pelele para su bebé, aún sin nombre. La manta cara fue un regalo de Yas y Arlo. Se siente bien al darle a Jade estas cosas tan bonitas.
Alice ha conseguido convencerse a sí misma de que no es tan mala idea venir aquí, ahora que se han retirado los cargos.
La policía ya no se va a molestar, ahora que el caso ha terminado.
Y el pensamiento de la extraña llamada telefónica y el llavero la está devorando por dentro.
Necesita respuestas. Y eso es más importante para ella que lo que piense Barnes, si es que llega a enterarse.
Si no está quebrantando la ley por estar aquí, ¿qué más podría hacer él?
Jade lleva un poco menos de maquillaje hoy y por eso está más guapa. Sostiene los pantaloncitos de terciopelo que Alice eligió.
−Son de una marca elegante −dice−. Deben de haber pertenecido a alguna mamá moderna que los donó.
Jade le lanza a Alice una mirada que no consigue descifrar. Se sonroja y carraspea para cambiar de tema.
−¿Cómo te sientes después de todo lo que ha pasado, Jade?
Alice siente alivio al escuchar salir las palabras en el tono exacto que había ensayado en su cabeza: preocupado, pero casual.
−Estoy bien −responde Jade, cortante.
−Debe de haber sido un shock enorme. Perder a tu hermano.
Jade se encoge de hombros levemente.
−No quiero hablar del tema −dice, utilizando un tono de voz más cortante de lo que Alice había escuchado hasta ahora.
−Claro. Lo siento.
−¿Jade? −La voz de Ryan les llega desde la estancia contigua, como el llanto de un niño pequeño.
Jade se levanta con esfuerzo.
−Es mejor que vaya a ver qué quiere.
Sale del cuarto con una mano apoyada en la parte baja de la espalda.
Alice se da cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Tiene que ir con más tacto. Hoy nota a Jade un poco diferente. Parece nerviosa con Ryan pululando por aquí.
Desde la habitación contigua, oye una conversación susurrada, la voz de Ryan elevándose con irritación, pero, por más que se esfuerza, no consigue escuchar lo que dicen. Bajan la voz. ¿Estarán hablando de ella?
Luego oye unos pasos. La puerta principal abriéndose y cerrándose. Ryan se ha ido.
Alice se pregunta cuánto tiempo puede permitirse quedarse aquí con Jade.
Becca sigue fuera, así que Alice tiene que ir recoger a Martha del campamento de tenis y pagarle a la mujer que lo dirige.
Mete la mano en el bolsillo para buscar el móvil y comprobar la hora, pero no lo lleva encima.
Debe de habérselo dejado en la chaqueta, que cuelga junto a la puerta.
Se dirige hacia el pasillo. Jade está allí plantada, con la mano dentro de su chaqueta.
Jade saca la mano rápidamente y mira a Alice directamente a la cara, como si tratara de desafiarla.
Alice parpadea. ¿De verdad acaba de ver lo que cree?
¿La mano de Jade metida en el bolsillo de su chaqueta?
Su cartera está ahí dentro, con el fajo de billetes para la mujer del campamento de tenis; doscientas libras en total.
Sacó el dinero de camino a este piso, en un cajero automático frente a la urbanización.
−¿Todo bien? −Jade la mira, alzando la barbilla, desafiante.
−Sip, bien −murmura Alice, como si fuera a ella a la que han pillado haciendo algo que no debía−. Solo venía a por mi móvil.
Alice desciende la mirada hacia la mano de Jade. No parece que haya cogido el dinero, pero se ha bajado el puño de la sudadera, que le cubre hasta la punta de los dedos.
−Tu chaqueta se había caído −dice Jade, como quien no quiere la cosa−. Solo la estaba volviendo a colgar. ¿La quieres?
−No, solo voy a coger el móvil del bolsillo. Gracias.
Jade se queda ahí plantada y observa a Alice meter la mano en los bolsillos, con el corazón acelerado. Encuentra el teléfono, y la cartera sigue ahí dentro también, aunque no puede sacarla para comprobar si el dinero sigue ahí… No mientras Jade esté justo a su lado.
Coge el móvil y comprueba la hora.
−¿Tienes que irte? −pregunta Jade, aún observándola.
−Todavía tengo tiempo. Puedo ayudarte con el resto de cosas.
−Guay −dice Jade.
Alice vuelve a la habitación donde está la cuna, tratando de deshacerse de los nervios que le ha provocado el encuentro en el pasillo.
Comienza a organizar las piezas que trajo con la ayuda del taxista y empieza a montar la estructura, encajando las barras que van debajo del colchón.
Jade entra con una taza de té recién hecho.
−Pensé que a lo mejor te apetecía otro −murmura.
Parece una ofrenda de paz.
−Ah, gracias.
Jade se sienta en la silla situada en la esquina. La atmósfera se relaja un poco.
−Debes de tener hijos, ¿me equivoco? −dice Jade−. Porque sabes cómo manejarte con todas estas cosas.
Señala la cuna a medio montar y luego la hamaca para bebés que Alice ha colocado en la esquina. Su voz ha vuelto a su timbre habitual ahora que Ryan se ha ido.
−Solo uno −responde Alice con cuidado.
−¿Dolió?
Alice deja el destornillador.
−¿Perdón?
−Me refiero a si dolió cuando la tuviste.
Alice se detiene. Acaba de decir «la tuviste», ¿no? ¿Le ha contado a Jade que su hija es una niña? Supone que sí, pero no lo recuerda.
−Sí, duele. −Alice ve cómo un destello de vulnerabilidad cruza el rostro de Jade−. Pero tienes muchas opciones para que te alivien el dolor. Supongo que sabrás todo eso por tus clases prenatales.
Jade pone una mueca.
−El hospital las ofrecía, pero bah, paso. Odio todo el rollo de sentarse en un círculo y esas movidas. Un montón de extraños metiéndose en mis asuntos. Además, Ryan no me acompañaría ni en sueños.
Jade se rasca una imperfección imaginaria en una de sus uñas, fingiendo despreocupación. Alice piensa en cómo volver a un terreno más neutral.
−¿Dónde vas a dar a luz?
−En el University College.
Alice sonríe.
−Ahí parí yo. Es un buen hospital. −Vacila antes de preguntar−: ¿Va a poder estar alguien… durante el parto? Ya sea Ryan o tu madre.
Jade sacude la cabeza rápidamente.
−A Ryan no le va el tema de la sangre −dice−. Y no quiero que mi madre esté presente. Cree que debería haberme deshecho del bebé. Lo volvió a repetir el otro día.
Alice se dice a sí misma que probablemente se sentiría igual que Linda si Martha se quedara embarazada a los dieciocho.
−Vale −dice Alice con cuidado−. ¿Y… un amigo, quizá?
Jade pone una mueca.
−Lo haré sola.
Alice la mira fijamente.
−Jade, no puedes dar a luz sola.
−¿Por qué no?
−Vas a necesitar que alguien esté contigo.
Jade parpadea.
−¿Es una norma?
−No creo que sea una norma, pero… Jade, podrías necesitar apoyo.
−Nah. −Jade frunce el ceño y vuelve a desviar la mirada−. Estaré bien. −Mira el rostro de Alice−. ¿Qué?
−Nada, perdón −dice Alice, sacudiendo la cabeza−. Solo admiro tu valentía, Jade.
Alice recoge el destornillador y vuelve a centrarse en terminar de montar la cuna, sin intención de seguir insistiendo.
−No es para tanto −dice Jade−. Un montón de gente cría a sus hijos sola. Mi madre ha estado sola conmigo y con mi hermano desde que teníamos catorce.
Es verdad, el padre falleció. Alice recuerda la foto de él con Ezra. Piensa que no es exactamente la misma situación, pero opta por mantenerse en silencio.
−¿Crees que podrás reconciliarte con tu madre?
Jade se encoge de hombros.