Linda
Linda
Resulta que todas estas horas que me he pasado escribiendo no son buenas para la espalda.
Desde que Jade vació la habitación de Ezra – ¡sin molestarse en preguntarme!
– para meter allí las cosas de la bebé, ya no tenemos escritorio.
Ahora se pasa todo el tiempo en el piso, al igual que Ryan, dándole caladas a su dichoso vapeador. Los dos me están volviendo loca.
– ¿A qué te refieres con que estás escribiendo? – me preguntó Jade el otro día, cuando me volvió a pillar en el sofá con el portátil.
Siempre ha sido una personita diminuta, así que me desconcertó un poco ver lo mucho que ha engordado, con los brazos cruzados sobre la barriga.
– Nunca escribes nada.
– Te estoy borrando de mi testamento – respondí.
– Jo, pobre de mí – dijo ella – . Qué voy a hacer sin los diez pavos que me habías dejado. – Entrecerró los ojos – . En serio. ¿Qué narices estás escribiendo? ¿Una de tus publicaciones de Facebook de boomer ? Más te vale que no sea nada sobre mí.
– Ay, Jade. Lárgate de una vez.
Luego se me ocurrió que podía llevarme el portátil y ponerme a escribir en una cafetería.
Para cambiar de aires. Solo por salir un rato de casa.
Me he fijado en que lo hace mucha gente hoy en día, en los lugares elegantes que han abierto por aquí desde que Hackney se volvió una zona pija.
Sentados con un café, tecleando. Así que tal vez yo también podría hacerlo.
Buscar un sitio tranquilo, donde poder ordenar mis pensamientos.
En el piso me resultaba imposible con Jade siempre merodeando.
De todos modos, al final no conseguí llegar tan lejos. En un instante estaba saliendo de casa con el móvil y el portátil bajo el brazo, y al siguiente, abrí los ojos en la parte trasera de una ambulancia.
No dejaban de hacerme preguntas sobre cómo ocurrió. Les dije que solo me había caído… No quería ocasionarles más molestias.
– Tu hija nos ha mencionado que llevas tiempo con problemas de alcoholismo – dijo una de las enfermeras mientras me cambiaba las vendas.
– ¿Ah, sí? – pregunté yo.
Típico: no podía tan solo dejarme en paz.
– Para muchas personas, un accidente como este es un toque de atención – explicó la enfermera, mirándome con detenimiento.
No respondí nada.
Ese día, un poco más tarde, me trajo unos folletos, los puso junto a mi cama, al lado de una jarra de agua y un vaso de plástico como el que se les da a los niños. Me dieron ganas de decirle que se metiera los folletos por donde le cupieran, pero me dolían demasiado las costillas.
Ahora que han llegado los resultados de mis análisis de sangre, han detectado todas las demás cosas…
Todo lo que no les había contado. Así que, aunque aquí estoy sentada sintiéndome la mar de bien, en mi opinión, lo suficientemente bien como para irme a casa, no me dejan.
Dicen que necesito una transfusión de sangre.
Y quieren que hable con tal especialista y con este otro.
Mencionaron algo sobre un tratamiento. Más pruebas, más chorradas.
Así que aquí estoy. Atrapada en una sala con un montón de ancianos que se han caído, aburrida como una ostra. Por el amor de Dios. Y entonces me acordé del portátil, que seguía en mi bolso de tela, junto a la cama de hospital.
Lo cierto es que he recibido alguna que otra mirada extraña, mientras estoy aquí sentada en medio de la sala, tecleando.
Pero lo más importante es que esa enfermera me ha dejado en paz.
Supongo que se siente aliviada de que sepa cómo mantenerme entretenida y no esté causando problemas, como los ancianitos que hay en este sitio.
Como Edna, tumbada en el cubículo de al lado, que presiona el timbre cada vez que quiere un puto trago de agua; o Bill, en la cama de enfrente, que no para de quejarse de su difunta mujer.
Mi marido, John, odiaba los hospitales. Odiaba que la gente se preocupara por él. Eso fue lo que empeoró la situación cuando todo sucedió.
Era un buen hombre. Muy inteligente, de verdad lo era, aunque nunca recibió una buena educación.
Era callado, pensativo. Le encantaba el crucigrama de The Times , lo hacía todos los días.
Le gustaba leer. Le interesaba el mundo y era optimista con su futuro, aunque no fuera especialmente amable con él.
Intentamos formar una familia durante muchísimo tiempo. No podíamos creérnoslo cuando por fin ocurrió. A mucha gente le asusta la idea de tener gemelos, pero nosotros lo interpretamos como que nos había tocado la lotería. Tener un niño y una niña a la vez… Él siempre decía que era perfecto.
Ezra y Jade fueron buenos niños durante la primaria.
Ezra no se llevaba muy allá con la parte académica – le iban más los deportes – , pero Jade era muy lista.
No solo en lo académico… Era una niña astuta, como diría mi madre.
Sabía cómo conseguir lo que quería de la gente.
Uf, podía ser todo dulzura y luz cuando lograba lo que quería.
Sin embargo, dejaba salir otro lado más oscuro cuando no lo conseguía.
También era la viva imagen de mi hermana, Kathleen, es decir, guapa.
El mismo pelo largo, el rostro delicado.
Una vez, cuando estábamos de compras por el West End, un cazatalentos se fijó en ella.
Les dije que no, muchas gracias. Quería que viviera con cabeza y usara el cerebro; quería que supiera que hay cosas mucho más importantes en la vida que la apariencia.
Se puso hecha un basilisco. Se encerró en su cuarto y lloró desconsoladamente.
Ahora, pensándolo bien, creo que quizá debería haber dejado que lo intentara.
Guardó la tarjeta de esa persona durante mucho tiempo después, colgada en el corcho de su habitación.
Esa chica sabe cómo guardarle rencor a alguien.
−Me pregunto de quién lo habrá heredado… −solía decir John, muerto de la risa, cada vez que lo comentaba.
Tenía toda la razón del mundo, pues nunca se me ha dado bien dejar las cosas atrás y pasar página. Pero Jade… Oh, ella es peor que yo. Ella es la maestra.