Becca
Becca
Becca contempla a su madre en la cocina, la luz amarillenta de la mañana iluminando su espalda mientras llena la tetera de agua.
Becca está sentada a la misma mesa de roble donde pintaba con los dedos cuando era pequeña; donde desayunaba Corn Flakes antes del colegio a los cinco años; donde extendía sus libros y guías de estudio para los exámenes siendo adolescente.
Todo en este sitio es siempre igual. La madera anaranjada de los armarios de la cocina, el mosaico verde a cuadros alrededor de la estufa, los platitos de adorno colocados en el alféizar de la ventana.
El crucifijo en la pared. Baxter, el cocker americano, dormido bajo un rayo de sol sobre el suelo de la cocina, el vientre plagado de manchas hacia arriba, las patas moviéndose con ligereza.
– ¿Cómo estáis papá y tú? – pregunta Becca.
– Bien, amor. – Su madre sonríe – . ¡Quiero que me cuentes cómo te va en Londres con pelos y señales! ¿Ha habido suerte con la búsqueda de piso?
Becca sigue engañándose a sí misma pensando que le va a decir la verdad a su madre, que solo está esperando el momento adecuado.
Pero, ¿cuándo llegará ese momento? ¿Cuando mamá haya llenado la tetera y la jarra de leche?
¿Cuando haya terminado de preparar el té, colocado la tetera sobre la mesa y se haya sentado junto a ella, acomodándose la falda en el proceso?
Todo eso sucede tal cual lo imagina, como siempre, y Becca sigue mirando los nudos de la mesa de roble sin decir nada.
– ¿Sabes? Estaba pensando… – dice su madre – ¡que podría ir a visitarte! ¡Podríamos buscar pisos juntas! ¿No te parece que sería divertido?
La cabeza de Becca se levanta de golpe.
– Yo… no he tenido mucho tiempo para buscar piso – murmura.
– Bueno, será mejor no seguir retrasándolo – dice su madre, frunciendo el ceño – . De lo contrario, se empezarán a disparar los precios. Pensé que querías encontrar algo este año.
Becca no dice nada.
– Me gustaría ver dónde vives ahora – continúa – . Me gustaría poder imaginarte en tu vida londinense. Podrías llevarme a tu iglesia. Y me encantaría conocer a tu compañera de piso, Carly.
La madre de Becca pronuncia el nombre con cuidado, como algo que ha practicado.
Becca siente que le tiemblan los labios al pensar en todas las cosas sobre las que no puede decirle la verdad.
Sobre por qué no se podrá comprar ningún piso…
, no ahora, tal vez nunca. Sobre Carly. Acerca de todo lo que ha pasado y todos los líos en los que se ha metido.
Sin mencionar que no ha puesto un pie en una iglesia desde el día en que compró los billetes de tren rumbo a Londres, arrastró la maleta, bum, bum, bum, bajó estas escaleras y dejó atrás este lugar y su sofocante monotonía para crear su propia vida.
Becca desearía ser como Carly. Ella tan solo diría: «Mamá, ya no voy a la iglesia porque no creo en eso. Siento si eso te decepciona, pero así son las cosas. Ajo y agua».
No obstante, Becca ni siquiera puede compartir esa insignificante verdad sobre sí misma.
No se siente capaz de soportar ver cómo el rostro de su madre – que sacrificó toda su vida por Becca – se hace pedazos y se contorsiona, como un animal herido.
Su madre, que siempre le ponía los pijamas sobre el radiador para que se calentaran mientras se daba un baño, y le cortaba los sándwiches en triángulos.
Que durante diez años la llevó cada jueves por la noche a otra ciudad y se sentaba fuera con una taza de té tibio de una máquina expendedora para que pudiera ir a su entrenamiento de hockey, y que se endeudó para pagarle clases de ballet y piano, solo para que, al final, Becca dejara el ballet, el piano, el hockey y todo lo demás que alguna vez intentó, y terminara el instituto con unas notas bastante mediocres como para entrar en la universidad, sin tener ni la más remota idea de qué hacer con su vida.
Está convencida de que su madre ya se siente decepcionada de ella, pues ella también está decepcionada consigo misma. Pero su madre no puede saber la verdad. La verdad acerca de en qué se ha convertido su hija. Lo de la iglesia ya sería bastante malo. Lo demás probablemente acabaría con ella.
– ¿Podemos sacar a Baxter a pasear?
Caminan por el pueblo. Becca apenas tiene que hablar, porque cada cien metros se cruzan con alguien que su madre conoce, de la iglesia o de su trabajo como voluntaria en la localidad cercana, donde clasifica ropa en la parte trasera de la tienda de la Cruz Roja.
Su madre dice que, la mayoría de las veces, se trata de ropa de personas que han fallecido.
Aquí predominan los ancianos. Sus hijos vuelven de Londres cuando fallecen, vacían las casas y las ponen a la venta.
Amontonan la ropa en bolsas de supermercado y la dejan en la tienda.
A veces ni siquiera esperan a que abra; simplemente dejan las bolsas afuera, mientras se mojan bajo la lluvia.
– Egoísmo puro y duro – dice Becca.
Su madre se encoge de hombros.
– El duelo es algo difícil de gestionar – dice – .
Cuando murió tu abuela, lo peor fue revisar sus cosas.
Esos horribles zapatos ortopédicos que tenía que usar.
Los collares baratos con los que se daba un capricho de vez en cuando.
Los pendientes de clip. Las bufanditas de poliéster que fingía que eran de seda auténtica, ¿te acuerdas?
– Sí, me acuerdo.
Su voz transmite la sonrisa que esboza. Baxter corretea por el camino, y Becca se da cuenta de que ha olido una madriguera de un conejo. Hay charcos en la carretera, pero el sol brilla, el aire es fresco y dulce, y los setos desprenden olor a casa.
Más tarde, Becca se tumba en su habitación de la infancia, con todo el cuerpo vibrante de energía.
Al principio no le convencía la idea de hacerse las fotos.
Se había sentido presionada, torpe. Pero esta noche se siente audaz, temeraria.
Haber hecho esas fotos ha sido todo un alivio, una liberación del zumbido que se había acumulado en su interior en el silencio asfixiante de la casa de sus padres.
Envía una, y la respuesta suena de inmediato en su teléfono. Sonríe en medio de la oscuridad ante el subidón que le provoca el peligro, la emoción de la transgresión.