Alice #2
Sin embargo, Becca nunca se ve del todo bien con la ropa de moda de su generación. Hay algo incompleto en ella, una especie de inestabilidad…, como si fuera una niña con cosas de adultos.
Becca deja a un lado el paño de cocina, luego se pasa un mechón de su largo cabello detrás de la oreja, con los ojos desplazándose rápidamente de las ventanas a la mesa y al suelo. Parece que está a punto de echarse a llorar.
– Becca, ¿va todo bien?
En cuanto Alice pronuncia esas palabras, los ojos de Becca se empañan.
– Ay, Becs. Lo siento. ¿Qué pasa?
Alice intenta averiguar qué es lo que se le escapa.
Trata de recordar cuándo fue la última vez que Becca y ella mantuvieron una conversación de verdad.
Solían hacerlo. Becca es muy reservada: nunca le ha hablado a Alice sobre citas o novios, ni nada por el estilo, pero sí le había contado un poco sobre su familia, que vivía en Devon.
Alice siempre tuvo la impresión de que su crianza, como la adorada hija única de unos padres cristianos conservadores, fue bastante opresiva.
Alice incluso se ha llegado a preguntar si Jamie y ella son casi como una familia sustituta de Londres para Becca, una familia que la había elegido y con la que podía ser ella misma.
A Alice le gustaba la idea de ser eso para Becca, pues también se había sentido perdida a su edad.
No tenía padres ni hermanos, ninguna familia real, aparte de la tía Sarah, que – aunque sabía que lo había hecho lo mejor posible – siempre parecía estar en su vida más por obligación que por otra cosa.
Por lo que Becca decía sobre sus propios padres, era capaz de encontrar ciertos paralelismos.
Y a Alice le encanta tener a Becca cerca.
Siempre la ha sentido más como una amiga que como una empleada.
Es tan consciente de sus responsabilidades que Alice nunca se ha visto obligada a encargarse de sus gastos o de sus días de vacaciones: nunca ha pedido mucho, y si alguna vez ha querido tiempo libre, Alice nunca se lo ha negado.
Hace unos meses, Becca parecía feliz. Hablaba de comprarse un piso y de que sus padres la iban a ayudar con la entrada.
A Alice le había dado la impresión de que tenía pareja.
Pero desde hace poco – durante las semanas previas al allanamiento – la actitud de Becca parece haber cambiado.
Se muestra reservada, contesta con monosílabos, e incluso parece estar un poco malhumorada.
También ha engordado y parece haber dejado de prestar tanta atención a su apariencia.
Ha empezado a venir con el cabello lacio, vistiendo leggings arrugados, y ha dejado de preocuparse por el maquillaje.
¿Cuándo empezó todo esto? ¿Fue a causa de una ruptura? ¿O hay algo más?
– He intentado encontrar el momento adecuado – murmura Becca un rato después – . Y nunca parecía llegar… Sé que estáis pasando por muy mal momento, y me siento fatal por hacerlo ahora.
Alice tarda un minuto en entender a qué se refiere, en que el pánico empiece a trepar por su pecho.
– Oh – dice Alice – . Ay, no.
Becca habla vacilante, al borde de las lágrimas, pero está tan decidida a soltar todo lo que tiene que decir que a Alice casi le resulta doloroso verlo.
Le confiesa cuánto le ha gustado ver crecer a Martha, pero también cómo la vuelta al colegio en septiembre le «parece el momento perfecto para seguir adelante».
Alice ahora entiende a qué venía el cambio de actitud. Todos los días que ha llamado enferma, todos los estados de ánimo extraños que ha tenido cuando está aquí.
«Pero no puedes renunciar – piensa Alice – .
Hablamos de esto hace apenas unas semanas.
Te conté sobre el nuevo trabajo que empiezo en septiembre en el Cunliffe…
, las largas jornadas laborales. No podré apañármelas sin ti».
Pero, por supuesto, todo eso tiene que ver única y exclusivamente con Alice, y con lo que ella necesita.
– Creía que te apetecía quedarte otro año – dice con amabilidad – . Ha… ¿Ha cambiado algo?
Becca mira hacia otro lado, y Alice se siente impotente.
– Perdón. Qué pregunta tan estúpida. El allanamiento debe de haber sido un mal trago para ti, Becca.
Está claro que Jamie y ella no han pensado adecuadamente en cómo el allanamiento ha afectado a su empleada, cosa bastante negligente por su parte.
Sobre todo, si tienen en cuenta que se han asegurado de que Martha, que apenas lo recuerda, tenga acceso a un terapeuta caro.
Y eso que, por lo visto, lo único de lo que se acuerda es que «estaba viendo Encanto ».
Becca es muy joven. Debían haber cuidado mejor de ella.
¿Deberían haberle dado tiempo libre? ¿Llevarla a terapia o algo por el estilo? ¿Al menos proponérselo?
– No es solo eso – murmura Becca.
Alice ya no puede hacer más preguntas porque Becca empieza a sollozar, y se vuelve un desastre tembloroso. ¿Le ha pasado algo más? ¿Algo que Alice no ha visto a través de la neblina que ha envuelto su vida?
Sabe que suena egoísta, pero va a ser muy estresante reemplazar a Becca antes de que empiece su nuevo trabajo.
Además, le desagrada la idea de que su pequeña unidad familiar se reduzca aún más.
De repente se da cuenta de que Becca es probablemente lo más cercano que Martha tendrá nunca a una tía o a una hermana.
Pero quizá Alice se equivocó al pensar que podría conseguir algo así para Martha de alguna manera.
Alice extiende la mano hacia la mujer más joven y aprieta la suya. Becca está alterada; su propia decepción tendrá que esperar. Respira hondo, busca en su mente las palabras adecuadas, el consejo correcto.
– Becs, vamos a estar muy tristes por perderte, pero debes hacer lo que sea mejor para ti. Siempre debes hacerlo, ¿vale?
Becca exhala de forma ruidosa, luego aparta la mirada bruscamente, secándose una lágrima que se forma en su pestaña inferior.
– ¿Cuándo te vas?
Alice se siente furiosa consigo misma por no saber qué pone en el contrato de Becca; el documento que sostiene sus propias vidas.
Debe de estar avisando con tres meses de antelación mínimo, ¿no?
Sin embargo, tiene un presentimiento horrible de que no es así.
¿Serán dos meses? Porque no puede ser solo uno, ¿verdad?
– ¿Vendrás… con nosotros a Rye al final de las vacaciones de verano? – se atreve a preguntar Alice – . Martha se muere de ganas.
Llevar a Becca a unas vacaciones gratuitas cada año siempre le había parecido un precio bien pagado por su disposición a ayudar durante el día y por las noches.
Alice sabe lo desesperada que la hace sentir esto, pero para Jamie y ella el viaje se sentiría mucho menos como unas vacaciones sin Becca por allí para echarles una mano.
Alice se pregunta cómo de normal es sentirse así.
¿Cuánto depende de Becca para sostener su propia crianza improvisada?
¿Qué tan aterrorizada se siente ante la idea de no tenerla cerca?
– Hum… Vale. – Becca asiente, sorbiendo por la nariz – . Claro.
– Genial. Por favor, no estés tan disgustada. Conseguiremos arreglarlo todo.
Alice espera estar diciendo las cosas correctas. Espera estar apoyándola. Becca resopla con la nariz húmeda, llevándose el paño de cocina al rostro.
– Sabía que reaccionarías así, Alice – susurra – . De una forma tan amable. Eso hace que sea todavía más duro…
Becca se deshace en sollozos. «Por el amor de Dios – piensa Alice – . Si tan difícil te resulta, quédate aquí. No nos dejes. Podemos arreglarlo…, sea lo que sea que hay que arreglar».
– Becca – dice, volviendo a darle un apretón en la mano – . ¿Hay algo…? ¿De verdad no hay nada que pueda decir para hacerte cambiar de opinión?
Pero esta vez Becca retira su mano bruscamente de la de Alice. Se le ponen los ojos y las mejillas rojas, le tiemblan los dedos cuando se pasa un mechón de cabello detrás de la oreja una vez, y luego otra, como si no consiguiera que se mantenga en su sitio.
– Solo necesito irme de aquí, ¿vale? Necesito irme.
Alice se sume en el silencio. El tono de voz de Becca suena definitivo, como si diera un portazo. Y está segura de que ahora puede sentirlo: la sombra de algo más, algo mucho más grande, moviéndose bajo la superficie de la conversación.