Alice
Alice
Alice está en el pasillo, con la taza de café vacía en la mano.
Escucha el chirrido de la silla de oficina de Jamie cuando pasa por delante de su despacho, ubicado en la parte trasera de la planta baja.
Jamie tiene más paquetes de SecuritySolutions.com apilados en el pasillo.
Alice suspira. Sospecha que todo esto no es más que una actividad para distraerse; su nueva obsesión con la seguridad.
Quiere sentir que hace algo de provecho, aunque realmente no se pueda hacer nada.
Se plantea acercarse a su despacho para recoger su taza de café y aprovechar para preguntarle si necesita algo, pero entonces escucha que está en medio de una llamada de trabajo.
Tiene una voz característica para ese tipo de llamadas: enérgica e implacablemente optimista.
La voz del Jamie que la atrajo, el Jamie que atrae a todos, el padre cuya energía atrae más a su hija en común, y salta a la vista.
Alice está acostumbrada a que la gente mire por encima de su hombro en busca de Jamie en las fiestas, y a que se les ilumine la cara al ver que está presente.
O a esperar con el abrigo en el brazo, mientras él termina de conversar con el camarero o el taxista o con quien sea que haya entablado conexión.
Es que es tan bueno con los demás y se le da tan bien escuchar…
Lo mismo sucedió cuando se conocieron. Él le dio luz a su vida.
Alice se repetía una y otra vez las ventajas de no tener pareja en la segunda mitad de los treinta, aunque en realidad no encontraba ninguna.
Aunque eran el fruto de ciertas circunstancias tristes, poseía su propia casa y su cocina soñada, decorada como a ella le gustaba, con elecciones de colores y estampados ante las cuales la tía Sarah había puesto mala cara al principio, antes de admitir más tarde que «al final había quedado bastante bien».
Tenía el trabajo con el que siempre había soñado, y que le permitía lidiar con algunas de las pinturas más extraordinarias del mundo.
Tenía la libertad de ir a una galería de arte, a una clase de spinning , de coger un Eurostar rumbo a París cuando quisiera (no lo había hecho en años, pero teóricamente podía).
El punto era que había construido una vida que amaba.
Y eso estaba bien. No fue hasta que conoció a Jamie cuando pensó en lo aburrida y descolorida que había sido esa vida, en comparación con una vida con él formando parte de ella.
Una vida en la que Jamie y ella pudieran viajar juntos a París.
Se queda escuchando la llamada de Jamie un rato. Solo escucha su voz, la de nadie más. Debe de tener los auriculares puestos. Habla acerca de la visión de marca de la organización benéfica para los próximos cinco años, de cuál debería ser su estrategia, del posible impacto de un cambio de gobierno.
Parece una llamada importante, y escucharla hace que Alice se incomode.
Jamie le dijo que no tenía mucho trabajo esta semana y que no tenía programada ninguna reunión que no pudiera hacer por Zoom.
Ahora, se pregunta si el verdadero motivo de que siga en casa es porque le produce ansiedad pensar en su seguridad.
O peor: porque sigue pensando que Alice va a acabar volviéndose loca, ya que no empieza en su nuevo trabajo hasta el mes que viene y seguirá pasando los días metida en casa.
Sea cual sea el motivo, tenerlo hoy por aquí es un inconveniente, pues va a tener que inventarse alguna mentira sobre adónde tiene pensado ir.
Alice introduce la mano en el bolsillo de la sudadera oversize que lleva puesta y rodea con los dedos el llavero que encontró en casa de Ezra. Se ha sorprendido haciéndolo varias veces al día, sintiendo cada punta de la estrella, como si quisiera comprobar que existe de verdad.
Todavía no le ha dicho nada a Jamie sobre su visita a Linda ni sobre el hallazgo del llavero en la antigua habitación de Ezra. Primero quiere aclararse las ideas: cómo ha podido llegar a pasar, cuáles son las explicaciones más plausibles y qué podría significar cada una de ellas.
Ha considerado la posibilidad de que fuera ella misma la que llevaba el llavero en su mochila desde el principio, y que de algún modo se le cayó cuando entró a husmear en el cuarto de Ezra.
Pero descartó la idea tras haberlo pensado con detenimiento.
Antes de salir de casa para ir a la piscina, Alice había revisado su mochila de arriba abajo, en busca del llavero, igual que la mochila del colegio de Martha y todas las demás bolsas de tela que colgaban de los ganchos junto a la puerta.
Y procuró hacer poco ruido cuando entró en la habitación de Ezra, con lo cual se habría dado cuenta si se le hubiera caído algo.
Su llavero debía de haber llegado allí de otra forma. El caso es que nunca había estado en aquel apartamento. Y tampoco puede ser que Ezra se lo llevara cuando allanó la casa de Alice… porque nunca llegó a salir de allí. Gracias a ella.
¿Ezra lo habría robado antes, junto con sus llaves, con intención de entrar a robar? Quizá quitó el llavero por miedo a que fuera demasiado característico, y se quedó solo con las llaves de casa, y así fue como acabó en el suelo de su habitación.
Pero eso tiene todavía menos sentido. Alice no había perdido ninguna de las llaves de casa, solo el llavero.
Y si Ezra hubiera sido lo suficientemente inteligente como para birlarle las llaves y entrar a robar en su casa, ¿por qué habría aparecido cuando ella estaba allí, rompiendo la puerta del sótano en lugar de usar la llave?
Solo se le pasa por la mente otra idea, la más incómoda de todas. ¿Ezra habría robado otras cosas? ¿Los habría estado siguiendo? ¿Vigilándolos… o vigilándola a ella? Y, de ser así, ¿por qué? ¿Por qué a ellos? ¿Qué era Alice para él?
A Alice solo se le ocurre una forma de averiguarlo.
Tiene que regresar a casa de Linda y volver a hablar con ella, disculparse por no haber sido sincera desde el principio, y contarle la verdad sobre su identidad.
Explicarle que fue a verla porque está atormentada por lo que ha hecho y no es capaz de pasar página.
También le contará lo del llavero, y le preguntará qué cree que significa; qué conexión podría existir entre Ezra y ella.
Por supuesto, es consciente de que se estaría arriesgando mucho, y que cabe la posibilidad de que Linda pudiera llamar a la policía.
Pero Alice se ha convencido de que las probabilidades de que lo haga son bajas, de que es lo suficientemente amable y de la vieja escuela como para que no le convenza la idea de entregar a alguien a la policía.
Además, está convencida de que Linda sabe algo sobre lo que sea en lo que Ezra andaba metido antes del allanamiento.
«Se inmiscuyó en algo. Algo en lo que no tenía por qué haberse involucrado», eso fue lo que dijo.
Alice les ha dado miles de vueltas a esas palabras, preguntándose qué podrían significar.
Alice asoma la cabeza en el salón, donde Martha ve dibujos animados.
– Tienes que salir en cinco minutos para el campamento de tenis – le dice – . Becca te acompañará.
– ¿Irá alguno de mis amigos? ¿O solo Frankie? – pregunta Martha.
– No lo sé. – Stella fue la única que le mencionó el campamento de tenis a Alice – . Pero Frankie sigue siendo tu amiga, ¿no? ¿No lo pasaste bien con ella en la piscina?
Martha se encoge de hombros.
– No está mal. Pero a veces me copia.
– Decir eso no es muy amable por tu parte, Martha. – Alice no se esfuerza demasiado en la reprimenda, pues está impaciente por seguir con su día – . Seguro que el resto de tus amigos también estarán. Cálzate, por favor.
Alice frota una de las puntas de la estrella y el pico raspa con suavidad contra la yema del pulgar.
Se siente culpable por haber desechado con tanta facilidad su intención de dedicar las vacaciones de verano a pasar tiempo con su hija antes de comenzar su nuevo trabajo en septiembre.
Pero no puede dejar de pensar en Linda y Ezra, en la llamada anónima, en el llavero…
A última hora, ha decidido inscribir a Martha en un campamento de tenis que Stella había mencionado, al que va Frankie.
Solo son unos días. Una semana como máximo.
Alice necesita un poco de tiempo para sí misma. Para decidir qué va a hacer.
Alice lleva la taza a la cocina. Becca está junto al fregadero, con un trapo en las manos.
– Hola, Becca. – Algo en la posición de su cuerpo hace que Alice se quede paralizada – . ¿Estás bien?
– ¿Yo? Sí, estoy bien. – Pero Becca está pálida, no hay ni rastro de color en su rostro – . Solo me preguntaba si esta mañana podríamos tener la conversación que te mencioné.
Alice había olvidado que Becca quería que hablaran. No le apetece hacerlo ahora. Como ya ha decidido volver a casa de Ezra, se siente ansiosa por marcharse, la adrenalina recorriéndole el cuerpo. Pero Becca parece que va a explotar si Alice la vuelve a rechazar.
– Sí – dice despreocupada – . Claro que sí. ¿De qué se trata?
Becca sigue sosteniendo el trapo, lo dobla y lo desdobla. Se aclara la garganta.
– ¿Podríamos…? ¿Y si nos sentamos un momento?
Becca toma asiento y Alice se acomoda frente a ella, en uno de los nuevos taburetes que no le gustan nada.
Becca viste una falda pantalón ancha de lino que se ajusta a sus caderas y una camiseta de tirantes corta, que deja al descubierto sus brazos con manchas.
Alice siempre ha pensado que Becca tiene un gusto excéntrico para vestirse, pero hace poco se ha dado cuenta de que todos los jóvenes del este de Londres se visten así ahora, con esos pantalones de talle alto tan extraños y poco favorecedores, deportivas grandes, mallas de ciclismo…
Se sorprendió al ser consciente de lo que sucedía: la gente había empezado a parecerle mucho más joven que ella y vestía ropa que no acababa de entender.