Linda
Linda
Por supuesto que sabía quién era ella.
La vi merodear por fuera de mi casa, asomarse a través de las cortinas, tirar aquella planta vieja…, y lo único que pensé fue: sabía que vendrías.
No la podía ver bien a través de las rejas, pero habría reconocido esa cara culpable en cualquier parte.
Había guardado todos los periódicos. También tenía una fotografía suya que había sacado de internet; más concretamente de su página web de trabajo, donde explicaba a qué se dedicaba, arreglando pinturas o algo por el estilo.
Un retrato en blanco y negro, con el cabello cayéndole por el hombro de manera delicada y desordenada, como lo llevan las mujeres elegantes.
En los artículos de prensa decían que tenía cuarenta y dos años, pero en el retrato se veía más joven, con un rostro algo infantil.
Llevaba una camisa con un collar raro y anticuado, probablemente estuviera de moda y era algo que una chica delgada como ella podía permitirse llevar.
Sin embargo, hoy no tenía tan buena cara: estaba hecha un cuadro. El cabello todo espachurrado, como si llevara días sin ducharse, y debajo de los ojos, unas sombras amoratadas. Parecía que hubiera envejecido diez años. «Bueno», pensé. «Pues genial».
Esa primera ocasión, no estaba preparada para hacerle frente, así que me sentí aliviada cuando vi que no tuvo agallas y salió corriendo.
Pero supuse que volvería, que lo intentaría de nuevo.
Qué interesante que viniera, sabiendo los problemas en los que podría meterse si la policía se enteraba.
Imagino que se moría de ganas de venir para arriesgarse de esa manera.
Me pregunté por qué.
Me senté un rato, me tomé una copa bien cargada, me calmé. Cogí la foto de Ezra, la que tengo siempre al lado de la cama, y la coloqué justo detrás del sofá. Quería ver su cara cuando viera la de él. El rostro de la persona que mató.
Cuando volvió, esperé a que llamara a la puerta, pero enseguida entendí que tendría que tomar las riendas del asunto. Así que respiré hondo y abrí la puerta. No tenía intención de ponérselo nada fácil. Mejor fingir que no sabía quién era. Que fuera ella la que admitiera lo que había hecho.
Pero entonces se sentó en el sofá sin decir ni una palabra. Seguí esperando a que dijera algo, pero no lo hizo.
Cuando me di cuenta de que no pensaba sincerarse, de que no iba a admitir quién era ni lo que había hecho… En fin, sentí que empezaba a cabrearme. ¿Para qué había venido, entonces? ¿Solo para mirarme como si fuera un bicho raro?
Necesitaba alejarme de ella, aunque solo fuera por un minuto.
Una copa me pareció buena idea. Noté que las manos me temblaban mientras preparaba el gin-tonic .
Me costó un montón cortar los limones, y las rodajas me quedaron fatal: gruesas por un extremo, casi transparentes por el otro.
Esas cosas me afectan en demasía: la asimetría, lo desigual.
Tuve que tirarlas a la basura y volver a empezar.
Volví a dejar la botella de ginebra en su sitio, junto a todas las medicinas viejas de antes de que John muriera, que siguen metidas en el armario.
Somníferos y relajantes musculares. De todo.
«Sería tan fácil…», pensé. Era mucho más delgada de lo que me había imaginado, no mucho más grande que Jade. No habría hecho falta gran cosa.
Pero pensé que mejor no. Quería tenerla a la vista. Necesitaba ver con mis propios ojos si le importaba lo suficiente, si se sentía lo bastante culpable por haber matado a mi hijo.
Lo curioso fue que, a medida que pasaba el tiempo, empecé a sentir un poco de lástima por ella, con su cabello lacio y sus dedos temblorosos.
Estaba hecha polvo por culpa de todo el asunto, eso lo veía claro.
Y, por supuesto, sé de buena mano lo que es haber hecho algo terrible; lo que es haber pecado ante los ojos de Dios.
Traté de averiguar cuánto sabía ella sobre lo que había pasado antes. Por lo que pude notar, está totalmente perdida. Y eso no es algo malo.
Sin embargo, creo que por eso ha venido.
Siente que hay algo más, que la verdad flota justo delante de sus narices, pero sin llegar a alcanzarla.
Sé que fingió tener ganas de ir al baño para colarse en su cuarto.
Salió con una mano medio metida en el bolsillo.
Tengo la sensación de que cogió algo de allí, aunque no estoy segura de qué.
Me serví otra copa en cuanto se fue. En fin, ¿acaso se me puede reprochar?
Desde luego, Jade lo habría hecho. Siempre dice que tengo un problema de dependencia y que utilizo el alcohol como si de una muleta se tratase.
Para cuando se hizo de noche, la botella ya se había terminado. Quizá tenga razón.
Volví a sumergirme en los montones de papeles. Tengo que ordenarlo todo…, ya no me queda mucho tiempo. Pero de alguna manera, siempre termino perdiendo el hilo y me veo obligada a empezar de cero.
Coloqué las últimas cartas de los médicos encima del montón de cosas para tirar.
No sé por qué siguen insistiendo con esas citas…
¿No se supone que el Servicio Nacional de Salud está en las últimas?
Pues que se queden con sus medicinas y su radiación, muchas gracias.
Sé que no me queda mucho, y tampoco es que me importe.
Todo eso me da igual. Lo dejo en manos del Señor.
Por supuesto, me arrepiento de algunas cosas, como todo el mundo. Nunca me perdonaré por lo que hice. Por todos los secretos…, todas las mentiras.
Por eso he decidido dejarlo todo por escrito, tal como está.
Ezra ya no necesita su portátil. Lleva ahí abandonado, sin tocarse, desde que la policía terminó de trabajar en él.
No he sabido qué hacer con sus cosas. Me resulta bastante agradable encenderlo, tenerlo caliente y zumbando sobre mis piernas, con todas sus pegatinas absurdas. Un pedacito de él.
No soy muy rápida. Por culpa de la artritis, ya no tecleo como antes. Por desgracia, a mi edad es una cosa tras otra. Incluso antes de haber caído enferma. Pero ya no me queda mucho. No sé explicarlo, pero puedo sentirlo.
No sé muy bien para quién escribo esto. Ni siquiera sé si podré terminarlo a tiempo. Pero al menos así habré contado la verdad de algún modo. Y quizá sea como dice la Biblia: la verdad me hará libre.