Alice
Alice
Alice se sienta en el borde de un sofá marrón y coge el vaso de agua que Linda le tiende.
– Gracias, eres muy amable – consigue decir Alice.
– Qué va. – Linda menea la mano – . Me encanta tener compañía. A veces siento la casa demasiado silenciosa.
Alice se acerca el vaso a la boca. Linda sonríe, animándola.
– Bébetelo, cielo. Te sentirás mejor.
Da un sorbo.
– ¿Cómo te encuentras ahora?
Esa dulce fila de dientes de nuevo, ordenada como las teclas de un piano.
– Mejor. Muchas gracias.
Alice deja el vaso en la mesa.
– Dicen que hoy y mañana serán los días más calurosos – continúa Linda – . Y después… ¡vuelven las tormentas! ¿Te lo puedes creer?
– Oh, ¿en serio? – murmura Alice.
– Pero nunca sé cuánto puedo creerme, ¿no te pasa?
– ¿Hmm?
– Las personas dicen una cosa, y al final suele ser otra completamente distinta.
Alice alza la mirada al escucharla, alarmada. Pero una ingenua sonrisa sigue iluminando el rostro de Linda.
– Por eso nunca veo las noticias – explica – . No me creo nada de lo que dicen. Ni te imaginas la de chorradas que publica la gente de mi edad en Facebook… – dice, al tiempo que esboza una sonrisa tristona – . Por cierto, me llamo Linda.
A Alice ni se le pasó por la cabeza preguntar el nombre de Linda porque, evidentemente, ya lo sabía. ¿El no haber preguntado la hace parecer sospechosa? Tiene calor. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué ha entrado?
Tiene que poner alguna excusa e irse de inmediato. No se puede quedar más tiempo, no sin decirle a Linda quién es.
– ¿Cómo te llamas, cariño?
Alice se estremece. Ahí está, la tan temida pregunta. Tiene que decirle a Linda quién es. Tiene que hacerlo.
– Alice – murmura.
Se queda mirando a Linda a la espera de que se le ilumine el rostro al reconocerla, y que su expresión educada se transforme en terror. Pero no sucede nada de eso. Linda sigue sonriendo con dulzura.
– ¿Vives por la zona, Alice?
– Eh… No muy lejos de aquí.
– Entonces solo estabas de paso, ¿no?
– Yo… Yo…
Alice siente que la oportunidad se le escapa entre los dedos. Nota la boca tan seca que no logra articular palabra, la lengua pegada al paladar. Linda no dice nada. Solo la observa con expectación.
– Vine a… Vine a visitar a una amiga que vive por aquí.
Las palabras parecen salir solas, se le desbordan. Y así es como todo termina. Ha dicho una mentira. Alicia espera escuchar el sonido de las sirenas, unos golpes en la puerta, la sombra de la policía detrás de las cortinas de Linda. Pero, por supuesto, no ocurre nada. Nada en absoluto.
Linda sigue mirándola un segundo más. Luego su sonrisa vacila y se le tuerce un poco el rostro, como si hubiera recibido una corriente eléctrica. Se pone de pie como un resorte.
– ¿Nos tomamos algo en condiciones?
No sabe qué decir. Linda parece decidida; se dirige hacia la cocina sin mirar a Alice en busca de respuesta.
– No suelo empezar tan temprano, pero… – dice por detrás de ella – . Ay Dios, ¡qué calor hace!
Mientras Linda está en la otra estancia, Alice aprovecha para contemplar los detalles del piso.
Huele a cerrado, y no le vendría bien abrir las ventanas para ventilar un poco, pero está limpio y ordenado, al menos en todas partes excepto la mesa del comedor, cubierta de papeles, montones y montones de ellos, que se desbordan por los bordes y caen sobre la alfombra que hay debajo.
Es como si Linda se hubiera puesto manos a la obra a organizar todos sus papeles, pero se hubiera rendido a mitad de camino.
Cuando por fin reaparece, lleva una bandeja de melamina con dos vasos de cristal tallados, con hielo, limón y un contenido burbujeante.
Al dejarla sobre la mesa, hace una mueca casi imperceptible, como si le doliera la espalda.
Alice se pregunta qué edad tendrá. Debe de rondar los sesenta, supone.
Un poco mayor para ser madre de un adolescente.
Alice coge el vaso de la bandeja y lo inclina hacia Linda.
– Chinchín – dice en voz baja.
«Qué situación tan surrealista», piensa Alice.
Pero la idea de tomarse una bebida potente no se le antoja desagradable, ahora que sostiene el vaso fresco en la mano.
La ginebra le golpea la garganta, fuerte y sorprendentemente satisfactoria.
Alice vuelve a dar un sorbo, pero se detiene con el vaso en el aire cuando su mirada se posa en una fotografía enmarcada, ubicada detrás de Linda.
Una foto normal y corriente de unas vacaciones familiares: un chico adolescente que rodea a su madre con el brazo.
Alice se da cuenta de que comparte la misma sonrisa y los mismos dientes pequeños y ordenados que su madre.
Linda parece más joven y bronceada. La instantánea está recortada de cerca, por lo que es difícil decirlo.
En la fotografía también aparece una tercera persona: una chica delgada, con los mismos ojos que Ezra.
– Ah. Son mis dos pequeños – dice Linda, girándose para ver qué mira. Extiende el brazo hacia atrás y coge el marco – . Este es Ezra, mi hijo. Falleció hace poco. Fue algo repentino.
Alice clava la mirada en el suelo, incapaz de mirar a Linda. Craso error el haber venido hasta aquí. Escucha cómo Linda suspira con fuerza.
– Todavía vivía aquí, conmigo. Era mi niño. – La voz de Linda suena forzada, algo húmeda – . Así que ahora estoy sola. La vida sin él es demasiado silenciosa. Parece que no consigo acostumbrarme.
Alice hace un esfuerzo titánico para mirar a Linda a los ojos y pronunciar las palabras que lleva queriendo decir desde el día que lo cambió todo.
– Lo siento, Linda.
En cuanto lo dice, Alice siente que se ahoga de la emoción. Aunque sabe que está haciendo trampas y que no se merece sentirse mejor, lo hace.
– Gracias, cielo.
Linda mira la fotografía y acaricia el marco con el dedo.
– Se inmiscuyó en algo – dice, sin dejar de rozar el dedo, su voz sonando un poco más ligera – . Algo en lo que no tenía por qué haberse involucrado. La verdad es que no fue culpa suya. Todo se salió de control.
Alicia mira fijamente a Linda, de repente alerta.
El corazón le late con fuerza en la caja torácica.
Así que sí había algo… algo que llevó a Ezra hasta la puerta de Alice.
Se siente desesperada por conseguir más información, pero, evidentemente, hacerlo directamente es imposible, así que deja que Linda siga hablando.
– Era un poco difícil tratar con Ezra – suspira Linda, frotándose un ojo – . Tenía muchos problemas. No rendía en el instituto. No era capaz de concentrarse en nada. Empezaba a parecerse a su padre.
Linda baja el marco con la foto y vuelve a coger el vaso. Alice la observa beber hasta que el líquido desaparece. ¿Qué ha querido decir con eso? ¿Cómo era el padre de Ezra? ¿A qué problemas se refería? ¿Alcohol? ¿Drogas? ¿Algo más?
Linda se pone de pie, vuelve a colocar la fotografía en su sitio, luego coge la botella de ginebra de la cocina antes de regresar y rellenar el vaso otro centímetro.
Alice se queda observando cómo vierte el líquido, y se da cuenta de que le tiembla la mano.
Recuerda la forma de hablar de Ezra, como si arrastrara las palabras; en su confusión; en el temblor de la mano que sujetaba el cuchillo.
– ¿Va todo bien, cariño?
Alice no es consciente de que ha cerrado los ojos. Los abre de golpe.
– No me lo digas – dice Linda con amabilidad – . ¿Tú también has perdido a alguien? ¿Es eso?
Alice clava la mirada en los remolinos naranjas de la alfombra.
– Es un poco complicado.
– Entiendo.
Linda inclina la cabeza, marcando un punto y final respetuoso del tema. Alice echa otro vistazo a la foto, a la chica con los mismos ojos claros que Ezra.
– ¿Es tu hija?
– Sí. – El tono de voz de Linda se endurece un poco – . Se llama Jade.
– La hermana de Ezra – dice Alice.
– Su hermana gemela.
Alice se estremece. Ezra tenía una hermana gemela. ¿Por qué en las noticias no se menciona a su hermana?
– Imagino que… eran muy cercanos, ¿no?
– Ay, sí. – Linda desvía la mirada – . Siempre han sido cercanos. Demasiado cercanos.
Su voz desprende un tono cortante. Da otro sorbo al vaso, que ahora ya debe de ser prácticamente ginebra pura. Sus ojos se desenfocan por un momento mientras inclina la cabeza hacia atrás.
Alice se pregunta a qué se refiere y cómo es esa tal Jade. Se rebana los sesos en busca de qué más podría preguntar de forma legítima.
– ¿Jade te ha apoyado? ¿Desde que sucedió aquello?
El rostro de Linda se oscurece un poco.
– Jade tiene sus cosas – responde en algún momento – . Siempre las ha tenido. Siempre está yendo y viniendo según le convenga.
Alice intenta reconstruir la dinámica familiar. Un hijo querido, pero problemático. Una hija difícil. Un padre que tenía los mismos problemas que Ezra, cualesquiera que fueran, y que ya había muerto.
– Ezra quería a Jade – dice Linda, mirando hacia otro lado, como si se hubiera olvidado de que Alice está aquí – .
Era muy protector con ella, aunque no necesitara protección.
Esa niña se defiende perfectamente ella solita.
– Linda sacude un poco la cabeza – . Creo que la admiraba de una manera extraña, aunque tuvieran la misma edad.
Jade siempre ha sido un poco más espabilada, ¿sabes?
Mientras que Ezra era… fácilmente influenciable.
Cosa que podría explicar por qué terminó…
Linda gira bruscamente la cabeza hacia Alice, como si de repente recordara que la desconocida sigue aquí.
– En fin, no importa, cariño. Ahora ya nada de eso importa.
Alice le da un sorbo a su bebida, con la mente a mil revoluciones.
Linda estaba a punto de decir algo. Sobre Ezra.
Sobre lo que fuera que lo llevó hasta ella.
Por primera vez desde que sucedió aquello, siente que la niebla se despeja un poco, que se acerca a obtener una respuesta. Pero necesita proceder con cuidado.
«Podría haber pistas – piensa Alice de repente – . Aquí. En su casa. Quizá entre sus cosas».
Alice echa un vistazo por el pasillo de Linda. Ve una cama doble con una colcha rosa en la habitación al fondo. Hay otras dos puertas. Un baño, supone, y otro dormitorio.
«Todavía vivía aquí, conmigo».
– Linda, ¿te importa si uso el baño?
Linda la mira extrañada por un instante. Luego su rostro se suaviza.
– Claro, adelante, cariño. La primera puerta a la izquierda.
Alice camina de puntillas sobre la alfombra naranja, apoyando las palmas de las manos en las paredes.
Decide que tiene que echar un vistazo. Puede que nunca se le presente otra oportunidad como esta.
Si Linda pregunta, puede decir que se equivocó de habitación.
Alice abre la puerta del dormitorio de Ezra y pulsa el interruptor. La luz central parpadea, una bombilla blanca brillante en una pantalla azul que chisporrotea suavemente.
La cama de Ezra está sin hacer, las sábanas arrugadas, una mochila deportiva medio metida debajo de la cama.
Hay latas de bebida energética sobre el escritorio y un portátil; debajo, un montón de cables enredados, grueso como un nido de ratas.
Una Nintendo Switch. Dos pares de zapatillas deportivas, una colocada cuidadosamente, la otra tirada de cualquier manera, con los cordones desatados, como si acabara de quitárselas y se hubiera esfumado.
Entonces Alice ve algo más. Tirado en el suelo, entre los cables y las zapatillas.
Alice lo mira fijamente, luego se ve obligada a parpadear y mirar de nuevo. Porque no puede estar allí. Está en un lugar que no corresponde.
Un llavero casero en forma de estrella con rayas de colores. El llavero que su hija le hizo en el taller de arte después de clase.
Está aquí, en el suelo del dormitorio de Ezra.