El extraño Alice
6%

Alice

Alice

La urbanización debe de ubicarse, como mucho, a un kilómetro y medio de donde vive, pero para Alice es tan desconocida como un país extranjero.

Limita con un tramo aislado del Canal de Regent que solo ha cruzado alguna vez de pasada, camino al Broadway Market o a London Fields.

Nunca le ha prestado demasiada atención al conjunto de viviendas de protección oficial, ni a las personas que viven allí.

Un plano en la entrada muestra todos los edificios dispuestos y rotulados, como las piezas de un rompecabezas color beige.

No es la peor clase de urbanización, pero tampoco la mejor.

La hierba crece entre las grietas de los adoquines calientes; se han alineado cuatro enormes contenedores de basura con ruedas junto a la escalera, de forma un tanto macabra; y en un cartel pone «Prohibido jugar a la pelota».

Un niño y una niña juegan en el parquecito destartalado, turnándose para empujar las barras de un carrusel que chirría.

Alice sonríe al pasar, pero ellos no alzan la vista.

Saca el papel arrugado donde anotó la última dirección conocida que se leyó en el juicio.

Al acercarse al piso correcto, reconoce ciertos detalles del vídeo que tantas veces ha visto: el pequeño patio delantero, con el tendedero y las sillas plegables, el cartel de «No se admite publicidad» en el cristal y la triste hilera de macetas, en las que las plantas vivas se codean con las muertas.

Obviamente, Alice no piensa llamar a la puerta del apartamento de Linda. Tan estúpida no es. Eso sería una violación clara de las condiciones de su libertad bajo fianza, algo que podría hacer que la volvieran a detener.

Entonces, ¿por qué está aquí? Quiere ver dónde vivía Ezra antes de morir. «Hay un motivo por el que él estuvo allí aquel día», había dicho la persona al teléfono. Alice quiere saber cuál es ese motivo.

Quizá haya alguna pista por aquí; algo que la ayude a entender.

El teléfono de Alice vibra en su bolsillo.

Lo saca. Dos llamadas perdidas de Jamie y un mensaje sin leer.

¿Habrá descubierto que ha dejado a Martha con Stella y se ha esfumado?

Decide ignorarlo y vuelve a guardar el móvil.

Jamie se escandalizaría si supiera que está aquí.

Pero Alice se ha cansado de esperar de brazos cruzados.

El tendedero cruje cuando se desliza junto a él, teniendo cuidado de no derribar las macetas a su paso. Echa un vistazo por la ventana. Más allá de las cortinas de redecilla, Alice consigue apreciar una luz encendida, algo o alguien moviéndose dentro.

Entra en pánico y da media vuelta. Al hacerlo, derriba una maceta, que se rompe, partiéndose en dos mitades perfectas, como un huevo de Pascua. Alice jadea.

Empieza a caminar a toda prisa, casi corriendo, luchando por deshacerse de la sensación de que la han visto, de que alguien la observa mientras se retira a toda pastilla.

El calor pega con fuerza. Al salir de la urbanización, ve una hilera de tiendas en la calle principal, entre las que se encuentra una cafetería.

Decide meterse allí para recuperar el aliento y ordenar sus pensamientos.

Alice pide un café con hielo y se sienta junto a la ventana.

Hace que los cubitos de hielo choquen entre sí mientras revuelve el contenido con la pajita, sintiendo cómo se le calma el pulso.

A través del cristal, observa a un grupito de bebés y niños pequeños bajo la sombra de unos árboles en un espacio verde frente a ella.

Deduce que se trata de un grupo prenatal, aunque los bebés ya han crecido un poco.

Los más pequeños caminan tambaleándose, con bocadillos en las manos, mientras los mayores trepan por las ramas bajas de los árboles.

En las barandillas, unos carteles plastificados se agitan con la brisa, anunciando los diferentes tipos de clases de música para bebés y grupos de juego a los que Alice solía llevar a Martha.

Alice se queda mirando a las madres, sentadas en el césped, y se siente extraña, curiosamente triste.

Es el recordatorio de cómo era su vida cuando Martha era un bebé.

Es ridículo sentirse así. Alice odiaba muchas cosas de la etapa de la maternidad: la incesante rutina, el cansancio, la pérdida de sí misma…

Se había pasado gran parte de la baja por maternidad – cuando Yas y ella estaban en casa con Martha e Iris – hecha un completo desastre que no paraba de llorar, convencida de que lo hacía todo mal y sintiéndose culpable por desear que Martha durmiera más o que fuera lo suficientemente mayor para sentarse sola frente al televisor y poder tener un respiro.

Pero ahora, al ver a este grupo de madres jóvenes haciendo exactamente las mismas cosas que Martha y ella solían hacer, Alice siente una sensación de pérdida.

Como cuando vuelves al campus universitario y hay una nueva generación de jóvenes viviendo una vida que pensabas que solo te pertenecía a ti.

Alice se sintió aliviada al volver al trabajo tras la baja por maternidad.

De vuelta en el estudio, con Martha la mar de contenta en casa al cuidado de Becca, había sentido que podía respirar de nuevo.

Pero ahora que Martha es una niña más mayor, una persona completa, Alice a veces se sorprende llorando por la versión bebé de su hija.

A veces desearía poder empezar de nuevo desde el principio, hacerlo mejor.

Pero, por supuesto, nadie tiene una segunda oportunidad con sus hijos.

La cafetería está tranquila, y nadie nota que Alice solo se toma un café con hielo durante casi una hora entera.

Su teléfono se sume en el silencio: se le ha acabado la batería.

Anoche, Alice se olvidó de ponerlo a cargar, pero ya le ha pasado el número de Becca a Stella.

Se encargará de llamar a Becca si hay algún problema, ¿no?

Alice abre la cartera y se queda mirando la foto que guarda en su interior: Martha, Jamie y ella, frente a la heladería en Rye.

Su primer viaje como familia de tres. Habían alquilado una casa que se llama Graznido de Gaviota, situada justo en la playa de Camber Sands.

Desde entonces, habían vuelto un par de veces.

Alice observa las mejillas regordetas de Martha, lo bronceado y apuesto que se veía Jamie.

Se da cuenta de que ella también estaba estupenda.

En aquel entonces estaba obsesionada con el peso que había ganado durante el embarazo, avergonzada por tener que quitarse el vestido en la playa.

Pero hoy solo ve lo terso que tenía el rostro, ni rastro de arrugas, y cómo su cabello aún era oscuro y abundante, sin los mechones canosos y rebeldes que ahora se arranca cada dos por tres.

Alice es consciente de que quizá debería haber recibido algún tipo de terapia después de que naciera Martha, como le había sugerido el médico, y como Jamie había insinuado en un par de ocasiones. ¿Eso la habría ayudado? Quizá, si lo hubiera hecho, habrían tenido otro bebé cuando Jamie aún quería.

Nunca quiso que Martha fuera hija única, pero cuando Jamie le expresó su deseo de intentarlo de nuevo – alrededor de la época de este viaje, supone – , la idea de quedarse embarazada otra vez tan pronto le había parecido aterradora.

Su reacción fue tan contundente que apenas habían vuelto a hablar del tema.

Hasta hace unas semanas. Justo antes del allanamiento.

Y, por lo visto, Jamie había cambiado de opinión sobre querer otro hijo. Así que sanseacabó.

Quizá si hubiera hecho terapia él se sentiría de otro modo.

Quizá ella sería distinta y mejor persona.

Más feliz, más equilibrada. Puede que incluso hubiera sido menos propensa a hacer lo que hizo.

Como siempre, Alice se encuentra repasando mentalmente el allanamiento, buscando algún conector lógico que una un hecho con otro.

Se pregunta por qué no puede aceptar que, como dice Jamie, quizá ni siquiera exista tal conector.

– Hoy cerramos temprano – dice una chica con voz aburrida, saliendo de detrás del mostrador. Comienza a recoger las tazas de café y las servilletas.

Alice vuelve a guardar la foto en la cartera, recoge el inmenso bolso de piscina y se levanta para volver a casa, pasando por el canal. Pero al cruzar de nuevo la urbanización, se sorprende disminuyendo el paso frente a la puerta del apartamento de Linda.

Alice se detiene, solo por un momento. ¿Y si llama a la puerta, confiesa lo de la maceta y se ofrece a reemplazarla? No sería tan grave, ¿no? Así podría echar un vistacito al interior. Ver el lugar donde vivía Ezra.

Suena ridículo hasta en su propia mente. Porque, evidentemente, lo es. «Tienes que irte de aquí – se dice a sí misma – . Tienes que irte ahora». Y está a punto de hacerlo – después se autoconvencerá de que realmente tenía toda la intención de hacerlo – cuando la puerta se abre.

La sangre se le sube a la cabeza. Se mira las manos, como si quisiera comprobar si ha llamado a la puerta sin darse cuenta. Pero no es el caso. No ha hecho nada. Es como si hubiera provocado que la puerta se abriera solo por estar cerca.

Linda sale de casa con una botella de leche vacía en la mano.

La coloca en el escalón, doblando las rodillas, no la cintura, con suma elegancia.

Al principio no parece haberse percatado de la presencia de Alice, ni de la maceta rota.

Entonces, de repente, alza la vista y cruza su mirada con la de ella a través de unas gafas sin montura.

– ¿Puedo ayudarte en algo?

Linda no parece la mujer atormentada que Alice vio en la televisión. Lleva colorete en las mejillas y unos pendientes llamativos que se balancean, enmarcando su rostro. Tiene las uñas pintadas del mismo rosa azucarado que sus labios.

– Eh… – Alice siente la boca pastosa, los labios secos – . No, todo bien. Gracias.

– Me pareció verte por aquí hace un rato.

Su acento es claramente del este de Londres, y su tono de voz, lejos de ser hostil, resulta cortés y curioso.

Aun así, a Alice la invade la adrenalina.

No está preparada para esto: un contacto real, una confrontación.

Espera que Linda la reconozca por los reportajes, pero no parece tener ni idea de quién es.

– ¿Va todo bien, cielo? – pregunta Linda.

«Lárgate de aquí cagando leches», escucha que le dice la voz aguda de Jessica. «Diremos que ibas de camino a algún sitio y que no fue más que un encuentro fortuito y desafortunado. Podemos arreglarlo. Pero tienes que marcharte ya».

De repente, le da la sensación de que le queda la última oportunidad para hacer lo correcto. Pero, aunque no quiere mentir, tampoco puede decir la verdad. No puede decirlo. Simplemente no puede. En cuanto abre la boca, siente que se le ha secado todo. Hablar se le hace cuesta arriba.

– Disculpa que lo diga, cielo, pero no tienes buena cara. – Linda la escruta con amabilidad – . Hoy hace muchísimo calor. ¿Quieres entrar y beber un vaso de agua?

Sonríe con dulzura, dejando a la vista una hilera perfectamente alineada de dientes pequeños.