Alice
Alice
Martha tira el patinete contra la barandilla y manipula el cierre del casco con sus deditos. Alice le cubre la mano con suavidad y lo suelta por ella. Luego le quita el vestido por la cabeza, dejándola solo con el bañador y las sandalias.
El bañador de Martha es de una tienda para niños ubicada al lado de Victoria Park, de marca danesa y de un color azul pálido estampado con limones, con dos tiras con volantes que se entrecruzan en la espalda.
Alice todavía se da el lujo de comprar ese tipo de cosas de vez en cuando: retazos de una versión de la maternidad que sabe que es mentira, una fantasía de Instagram seleccionada con mimo, pero cuya estética aún le resulta atractiva.
Alice se muere de ganas de que Martha disfrute del verano que tenía en mente cuando compró el bañador.
Quiere que su hija tenga una infancia tan feliz que no sea capaz de medir el nivel de felicidad que ha alcanzado.
Está decidida a que Martha jamás se entere de la oscuridad que acecha en la mente de su madre.
Martha señala hacia la piscina.
– ¡Mami, es Frankie!
Alice se tensa. Frankie. Eso significa que Stella también está aquí.
Alice no la ha vuelto a ver desde el día del allanamiento, ni se han intercambiado mensajes.
Técnicamente no tiene permitido hablar con ella o con Yas hasta que se retiren los cargos de forma oficial.
Por suerte, Becca se quedó fuera de todo el embrollo, ya que Jessica defendió que no le quedaba más remedio que comunicarse con Alice para poder trabajar, y que no era un testigo clave, pues estaba en otra habitación cuando todo ocurrió.
– Deja que te ponga un poco más de crema en la cara, Martha.
Martha se pone a saltar de un pie a otro, gritando y estirándose para ver qué hace Frankie. Hay algo en lo nerviosa que se pone Martha cuando interactúa con otros niños que le resulta desgarrador. Es como si siempre estuviera asustada de que se le escapen y hablen con alguien mejor.
– ¡Están haciendo una batalla de agua!
– Espera…
Pero Martha ya ha echado a correr hacia los arcos dorados de agua.
Alice analiza el entorno, en busca de un trocito de césped libre entre los cochecitos de bebé y las mantas de pícnic.
Creyó que llegarían antes de que se llenara, pero, aunque apenas son las diez de la mañana, ya no cabe ni un alfiler en el césped achicharrado alrededor de la piscina.
No hay espacio para colocar las toallas a la sombra de los castaños, como Alice había planeado.
Se conforma con extenderlas en el único sitio libre que encuentra.
La verdad es que a Alice le daba pánico venir aquí. Pero a Martha le pirra, y hace mucho calor, así que tampoco puede tenerla encerrada en casa todo el verano.
El sol asciende en el cielo, blanco y amenazante.
La piscina para niños es poco profunda y resbaladiza, por lo que podría llegar a ser peligrosa: todas las madres bromean con que parece una trampa mortal.
En alguna ocasión se ha mencionado pedirle al ayuntamiento que la cierre.
Alice necesita vigilar a su hija de cerca.
Siente cómo el sudor se le acumula en los omóplatos y cómo el calor le trepa por las mejillas.
Se empuja las gafas de sol con firmeza contra la cara.
– Disculpa. ¿Eres Alice?
Un hombre barbudo, alto y con un casco en la mano, se le acerca, mirándola fijamente, mientras proyecta su sombra sobre ella.
Le resulta familiar… ¿Es un padre del cole?
¿O lo conoce de cuando Martha iba a la escuela infantil?
Es difícil seguir el rastro de todos los padres del grupo de WhatsApp de clase y, sobre todo, de discernir de qué niños son padres.
– Solo quería decirte, Alice…, que todos pensamos en ti.
Alice siente un cosquilleo por todo el cuerpo. Se prepara para lo que viene a continuación, pero no sirve de nada.
– Espero de todo corazón que la policía entre en razón. Hiciste lo correcto. Cualquiera habría reaccionado como lo hiciste.
Alice es consciente de lo que se espera de ella: que sea educada, incluso agradecida, ante esta clase de interacciones. Pero no se siente agradecida, ni tampoco tiene ganas de ser educada. Se siente tentada a decirle «Pero si no sé ni quién eres. ¿Quién esperaba tu veredicto?».
Antes de que pueda decir algo, el padre le da una palmadita en el hombro, y la mira fijamente con una expresión sentimental.
– En fin, solo quería decirte eso. Y, para que lo sepas, nadie de por aquí piensa diferente. A ninguno se nos ha pasado por la cabeza que seas una especie de… asesina.
Alice desvía la mirada hacia Martha, que, por suerte, juega con Frankie al otro lado de la piscina, demasiado lejos para ponerse a husmear.
– Vale – dice ella – . Bueno, gracias.
El hombre la mira fijamente, cubriéndose los ojos con la mano.
Salta a la vista que espera algo más; que se siente decepcionado con Alice por no mostrarse más agradecida.
Se fija en el destello de irritación que cruza su rostro antes de esbozar una sonrisa, despedirse con la mano y alejarse.
A Alice le tiemblan un poco las manos cuando se alisa la falda y se sube las gafas por la nariz.
«Asesina, asesina». La palabra da vueltas y más vueltas por los confines de su conciencia.
Alice no deja de repetirse – y los demás también se lo dicen constantemente – que pronto será libre y podrá seguir con su vida, tal y como era antes.
Pero poco a poco se va dando cuenta de que las cosas ya nunca volverán a ser como antes, por mucho que retiren los cargos en su contra.
Los comentarios casuales de los desconocidos, el brillo del sol o el ruido que sale del iPad de Martha mientras juega en la parte trasera del coche, ahora activan algo en el sistema nervioso de Alice, tan rápido como una cerilla.
Su móvil empieza a vibrar. Alice lo saca del fondo de la mochila, de debajo de las toallas. En la pantalla pone «Número desconocido».
– ¿Diga?
Es igual a otra llamada que recibió antes.
Solo se escucha un zumbido, pero ni rastro de voz alguna.
La primera vez, había esperado el característico clic seguido de la voz de alguna empresa confiable alegando que había un problema con su ordenador, es decir, se trataba de una llamada fraudulenta. Pero no pasó nada de eso.
Mueve el pulgar, dispuesta a colgar, pero entonces ocurre algo diferente: habla una voz.
– Alice.
– ¿Hola? ¿Quién eres?
No obtiene respuesta, solo un chisporroteo, como la grasa que crepita en una estufa.
– ¿Quién eres?
El chisporroteo otra vez, pero ahora más alto.
– ¿Hola?
Nada. Alice empieza a enfadarse.
– Voy a colgar.
– Deberías saberlo. Hay un motivo por el que él estuvo allí aquel día.
Todo el cuerpo de Alice reacciona ante esas palabras, la adrenalina empieza a recorrerle el sistema.
«Él». Esto va sobre el allanamiento. Debe de ser así.
Pero ¿quién es la persona al teléfono? Está convencida de que no es la madre que vio en televisión.
La voz suena diferente, más joven. Entonces, ¿quién es?
– Esto… ¿Esto tiene algo que ver con Ezra?
Suena un crujido tan fuerte que Alice se aparta el teléfono de la oreja.
– Él no es quien te crees que es.
– ¿Ezra? – Alice está al borde de la desesperación – . ¿Quién eres? Hay mala cobertura. ¿Con quién hablo?
– No importa quién soy. Solo tienes que saberlo.
– ¿Saber qué?
– Que tienes que andarte con ojo.
Alice se levanta. Se le contrae el estómago. La amenaza es clara como el agua. También hay algo extraño en la voz ahora, o en la línea. Suena rara, distorsionada. En cierto momento parece femenina, y de repente se vuelve electrónica y más grave.
– ¿Qué? ¿Qué quieres d…?
Tres pitidos. Ha colgado. Alice sostiene el teléfono delante de sus narices, mira fijamente la pantalla.
– ¡Mami! – Martha vuelve corriendo, la voz entrecortada – . Mami, ¿has traído la pistola de agua?
Alice mira a su hija.
– ¿Qué? No.
– Frankie y los demás están haciendo una batalla de agua… ¡Necesito una!
De repente, Alice se siente fuera de sí. Quiere deshacerse de todo esto: del día en la piscina, de los sándwiches, de las toallas, de Martha. No puede más. Necesita estar en otro lugar, donde pueda pensar en lo que acaba de suceder, en lo que acaba de escuchar.
– Creo que deberíamos volver a casa. – Alice habla más para sí misma que para su hija. Siente que le cuesta un mundo respirar – . Hace… Hace demasiado calor.
– Pero, mami, dijiste que…
– Basta – la interrumpe – . No puedo hacerlo hoy. Lo siento, Martha. Creía que podía, pero no puedo.
El rostro de Martha se entristece por completo.
– ¡Pero si no llevamos ni un minuto aquí! – Martha tiene lágrimas en los ojos – . Porfa, mami.
– ¡Alice! ¿Eres tú?
Alice se gira y ve a Stella, acercándose con Frankie.
Stella sonríe al tiempo que se coloca las gafas de sol en la cabeza.
Viste un vestido de lino claro que resalta sus brazos tonificados, delgados y ligeramente bronceados.
Lleva las uñas de los pies recién pintadas y brillan en sus sandalias nuevas.
Alice se siente exhausta solo con mirarla.
– ¿Qué tal, Alice?
La voz de Stella suena amable, pero neutral.
– No he dejado de pensar en ti en todo este tiempo… – Stella frunce el ceño – . Quería llamarte.
Alice asiente, todavía incapaz de hablar.
– Oye… ¿Estás bien? Pareces…
– ¡Mami! ¡Mami! – Martha tira del top de Alice – . ¿Podemos comprar un helado? ¿Porfa?
Alice consigue reponerse un poco. Mira a Martha.
– ¿Qué? No.
– ¡Frankie se está comiendo uno!
– He dicho que no – dice Alice, categórica. Siente que todo se va al garete, que el día ya se ha salido de control – . Acabas de desayunar, no te hace falta un helado. Además, ya nos vamos a casa.
– Pero ¿por qué Frankie sí se puede quedar y tomarse un helado?
Alice mira a Stella, que hace una mueca de disculpa y susurra un «perdón».
– No pasa nada. – Alice mueve la mano para quitarle importancia – . Martha, que Frankie se esté tomando un helado no quiere decir que te vaya a comprar uno.
– Pero no es justo que Frankie…
– ¡Ya basta, Martha! – grita Alice de repente – . ¡Deja de quejarte todo el rato! ¡Pareces una niña malcriada!
Alice es consciente del silencio que se ha instalado a su alrededor.
Mira hacia abajo y ve que el labio de su hija comienza a temblar, que su rostro empieza a descomponerse.
Así que esto es todo. La escapada a la piscina se ha ido a la mierda.
¿Y total para qué? Qué queja más absurda: si su hija es una malcriada, ¿de quién es la culpa?
Alice podría gritar: «Soy una mala madre, además de una asesina».
«Asesina, asesina».
Alice piensa en Linda Jones, escondiendo el rostro tras su mano, cerrando la puerta principal de su casa.
«Estaba pasando por muchas cosas. No se merecía esto».
En la voz del teléfono.
«Él no es quien te crees que es».
En Ezra, en lo que dijo, en que parecía estar buscando a alguien, y en cómo no dejaba de darle vueltas a la cabeza, a pesar de que la policía dijera que no encontraron ninguna prueba de que fuera nada más que un chico confundido.
Siente el contacto de alguien en el brazo y se estremece al instante. Desciende la mirada y ve que Stella la está agarrando.
– Se me ha ocurrido una cosa – dice Stella con dulzura – . ¿Quieres que me quede con las niñas un rato?
Alice traga saliva y desvía la mirada de la cara llorosa de Martha para clavarla en la de Stella. Se esfuerza en concentrarse.
– Por mí no hay ningún problema. Mi vida será mucho más sencilla si Frankie tiene a alguien con quien entretenerse. – Stella sonríe a Martha – . Nos lo pasaremos pipa, ¿a que sí, Martha?
Martha parece tan sorprendida como Alice, pero ha parado de llorar y la idea no parece disgustarle.
– Pero ¿qué pasa con…?
Alice pone una mueca. ¿Acaso va en contra de las normas?
La abogada le había dicho que tenía que seguir las condiciones de la fianza a rajatabla.
Alice no debería tener ningún tipo de contacto con Stella o Yas hasta que retiren los cargos en su contra.
Ni con la familia de Ezra. Ni con ninguno de sus conocidos, sea lo que sea que signifique eso.
Stella se encoge de hombros.
– Seguro que no pasa nada – dice con calma – .
No te has puesto en contacto conmigo, ¿no?
Solo estamos aquí, en el mismo sitio, y nuestras hijas se han puesto a hablar.
– Niega con la cabeza, como si quisiera autoconvencerse – .
Y ya hemos declarado todas. Retirarán los cargos en cualquier momento, ¿no? Eso es lo que he escuchado.
Alice se siente aliviada al saber que Stella también ha escuchado eso.
– Aun así… No te puedo pedir eso.
A Alice le cae bien Stella, pero se pregunta si su amistad, construida este mismo año en la puerta del colegio, es lo suficientemente sólida como para soportar todo esto: el favor y todo lo demás que ha ocurrido.
Todavía no consigue creerse del todo lo que pasó, en una quedada entre madres e hijas en su cocina; algo terrible, un trauma por el que Alice se siente responsable de haber expuesto a Stella y a su hija, Frankie.
Por otro lado, Alice está desesperada.
– De verdad que no es ningún problema – repite Stella – . Tómate tu tiempo.
– Vale. – Alice asiente, luego mira a Martha – . Vale. Gracias, Stella. Muchas gracias.
Alice murmura algo sobre la logística y promete enviarle un mensaje a Stella con la información de contacto de Becca.
– Becca vendrá a recogerte, ¿vale, Martha?
Alice atrae hacia su cuerpo a una desconcertada Martha para darle un abrazo rápido y torpe.
Al alejarse de la piscina, se da cuenta, con cierta culpa, de que se siente eufórica por el alivio.
Y antes de tomar una decisión coherente, se pone a andar hacia el oeste, en dirección al canal. Hacia la casa del chico que asesinó.