Alice
Alice
Se han puesto de acuerdo en que esta semana todo volverá a la normalidad y que Jamie regresará al trabajo. Pero ahora que ha llegado el momento de la verdad, Jamie da vueltas junto a la puerta, haciendo girar sus llaves una y otra vez en las manos.
Han vuelto a pintar la puerta, pero Alice se da cuenta de que el color no es el correcto.
Rodea a Jamie de manera ofensiva. ¿Será solo porque la pintura es nueva?
¿O acaso recordaba mal el color? Estaba segura de que era yeso de color rosa polvoriento, pero ahora que se fija, parece un rosa falso, similar al del algodón de azúcar, y no el tono cálido y envolvente que recordaba.
Los taburetes también son nuevos… y no combinan.
Luego está el espacio entre la isla y las escaleras, por donde cayó su cuerpo inerte.
No queda ni rastro de lo que sucedió aquí.
Se debió de limpiar toda la sangre en algún punto entre el momento de los hechos y el regreso a casa de Alice.
Se pregunta si habrá sido fácil de limpiar.
¿O quizá alguien tuvo que arrodillarse y frotar con ahínco?
Alice no tiene ni idea, y nunca se ha atrevido a preguntar.
– Mami, te has olvidado de poner arándanos.
Martha alza la mirada hacia Alice desde su tazón con gachas de avena.
– Perdón, cielo.
Alice sacude la cabeza para deshacerse de esos pensamientos, coge el cartón de la nevera y vuelca los arándanos que quedan en el tazón de su hija. Martha se queda mirándolos fijamente con el labio tembloroso.
– Siempre me los cortas, mami. Y este está asqueroso, mira – se queja al tiempo que le enseña dicho arándano asqueroso. De hecho, está podrido y tiene una franja de moho blanquecino alrededor del centro, su interior acuoso y azuloso gotea entre los dedos de Martha como si fuera el ojo de un pez.
Becca, su niñera, aparta el tazón y el arándano mohoso, y le da una toallita a Martha para que se limpie la mano manchada de morado.
– Toma – le dice – . Déjamelo a mí.
– Bueno, pues me voy, ¿vale? – dice Jamie, jugueteando con el clip del de la bicicleta – . Debería irme, ¿no?
Jamie no ha dicho claramente que volver a la oficina esta misma semana es una necesidad, pero Alice sospecha que eso es lo que piensa.
Es lo que ella estaría pensando. Alice siempre ha detestado cogerse días libres del trabajo.
Aunque, objetivamente hablando, su trabajo no es importante…
O al menos no tanto como el de Jamie. Pero para ella sí lo es.
Si se aleja de sus pinturas, su caballete, su taza de café, su silla junto a la ventana, siente que algo a atrae hacia allí, como un cordón umbilical.
Empieza a anhelar estar en el estudio, rodeada de pinturas, con los tapones en los oídos, disfrutando de la tranquila compañía de su propia mente.
La última vez que hablaron con Jessica, la abogada, les había dicho que deberían volver al trabajo lo antes posible.
«Quedará bien», había dicho. «Le demostrará a la policía que a vuestros empleadores no les preocupa vuestra situación y, de paso, les recordará que sois dos personas profesionales que siguen adelante con sus vidas.
Tan solo recordad mantener un perfil bajo y cumplid con las condiciones de la fianza, y todo debería ir bien.
Deberían retirar los cargos en cualquier momento».
– Claro – le dice Alice a Jamie – . Deberías irte ya.
Pero cuando sus miradas se cruzan, Alice se da cuenta de que sigue sin estar seguro.
Quizá porque anoche se la volvió a encontrar a las dos de la mañana acurrucada, hecha un ovillo, bajo la luz azulada del desván, viendo el vídeo de Linda, la madre, una vez más.
El mismo vídeo que Alice había prometido dejar de ver.
Tenía las mejillas empapadas de tanto llorar.
– Dijiste que ibas a dejar de hacer esto.
– Jamie había sonado agotado. ¿Lo había despertado su llanto?
¿O acaso había estado buscando su presencia en mitad de la noche, esperando que ella estuviera allí para devolverle sus caricias, anhelante de que también pudieran empezar a reconstruir esa parte de su vida anterior?
Antes de que Alice pudiera responder, los altavoces de su móvil empezaron a sonar. Linda en la pequeña pantalla, alzando la mano delante de su cara, como una señal para pedir que pararan, con los ojos humedecidos.
«Estaba pasando por muchas cosas. No se merecía esto».
– Lo siento – había susurrado Alice, silenciando el teléfono – . Lo apagaré. Intentaré dejar de hacer esto.
Pero Alice todavía no se ve capaz de parar.
Becca cambia el tazón de Martha, ahora con unos arándanos frescos.
– Mami – dice Martha – . ¿Dónde está el llavero que te hice?
Martha clava la mirada en los ganchos colocados junto a la puerta, donde Alice cuelga las llaves.
– ¿El qué, cariño?
– El que tiene forma de estrella – explica Martha – . Con los colores del arcoíris. Te lo hice en el taller de arte.
Alice alza la vista hacia sus llaves. Martha tiene razón. El llavero ha desaparecido.
– Oh – dice – . Lo siento. Quizá se me haya caído. Lo encontraré, cielo.
El pequeño rostro de Martha se oscurece, sus cejas se fruncen formando una línea de preocupación.
– Lo encontraré – repite Alice.
Martha vuelve a prestar atención a su desayuno.
Alice la observa, la dulzura irresistible de su rostro pálido, el cabello despeinado metido detrás de sus orejitas rosas.
Es inútil que Jamie le diga a Martha que no se preocupe, cuando la preocupación forma parte de su naturaleza.
Los monstruos. Las tormentas. La paloma que vieron en los alrededores de la Galería Nacional, cojeando con una pata ulcerada.
– Mami dice que hoy podemos ir a la piscina – le dice Martha a Jamie.
– ¿Estás segura, Alice? – Jamie la mira con preocupación, como si estuviera hablando con alguien que está a punto de tirarse por un puente.
– Sí, claro. Martha quiere ir. Estaré bien. Además, Becca me puede echar una mano.
Becca se encuentra de pie junto a la encimera, recogiendo las migas con las manos.
– ¿No podemos ir solo mami y yo? – pregunta Martha en voz baja.
«No es propio de ella», piensa Alice, pues su hija adora a Becca.
– A mí me parece bien – dice Becca, sonriendo. Se gira hacia Martha – : Mira, ¿qué te parece si me quedo aquí y termino de ordenar la casa, y mientras tú vas a la piscina con mamá y me encuentro con vosotras un poco más tarde?
Martha asiente, y Alice se convence de que hoy será una buena madre. Una madre de verdad… Presente, resistente, práctica. Más como Jamie. Más como Becca.
Jamie sigue ahí plantado, cerca de la puerta. Alice preferiría que se marchara de una vez.
– De verdad, Jamie. Estamos bien. Que tengas un buen día. Luego nos vemos.
– Vale. – Jamie se detiene – . Aseguraos de cerrar bien todas las puertas, ¿vale? Las dos.
– Claro – responde Becca.
Finalmente, Jamie se va, haciendo un gesto con la cabeza hacia Becca, luego planta un beso seco en la mejilla de Alice y otro en la cabeza de Martha.
Extiende la mano para que la puerta se cierre suavemente tras él, pues Alice ya no soporta los ruidos fuertes, y le dedica una última mirada antes de irse.
En cuanto Jamie se ha marchado, Alice se pone de pie y endereza la espalda. Becca se aclara la garganta.
– ¿Alice? – dice Becca – . ¿Podría hablar contigo sobre una cosa, por favor?
Alice echa un vistazo al reloj de pared.
– ¿Puede esperar? Quiero llevarme a Martha a la piscina antes de que empiece a pegar el calor.
– Oh – dice Becca – . Sí, claro.
Becca sale de la estancia y Alice se pone a preparar unos sándwiches, luego enrolla las toallas de playa y se va a buscar los sombreros. Se asegura de meter el protector solar en la mochila, pues siente que hoy es el típico día en el que es probable que un niño se queme con el sol.