Desconocido
Desconocido
City Road Basin, Canal de Regent, norte de Londres
Pedalea más rápido, hasta que llega a una parte del canal que no conoce tan bien. Aquí las orillas se abren más, y eso es lo que ella quiere.
Había pensado en el tramo cerca de Baring Street, próximo a la casa de Alice y Jamie.
Pero el agua allí es poco profunda y, a la luz del día, se ve todo lo que hay bajo la superficie: la boca abierta de una bolsa de supermercado Tesco o el manillar de una bicicleta, por ejemplo.
En una ocasión, incluso vio el Buzz Lightyear de un niño, con el ala rota, como si eso explicara su caída.
Si al menos lo hubiera tirado allí, ya estaría hecho. Quiere librarse de una vez del peso que lleva en el bolsillo de sus pantalones. La batería antiquísima, aún caliente por haber estado encendida, como si fuera algo radiactivo.
Pero sabe que tiene que alejarse más. Así que ha cogido una bicicleta – barata, con un candado endeble – de las barandillas junto al canal. Más tarde la tirará al agua también. En cuanto se haya deshecho del teléfono.
Se compró los pantalones de chándal negros y la sudadera en una tienda benéfica. Pagó en efectivo. Nada de pasamontañas, pues considera que quizá habría sido un poco exagerado. Encontró una mascarilla negra arrugada en el bolsillo de un abrigo, resquicios de los tiempos del COVID.
Esperaba que el canal estuviera tranquilo a esa hora. Pero incluso a altas horas de la madrugada, la ciudad está despierta: coches, autobuses nocturnos, Ubers… Siempre existe la posibilidad de que haya un juerguista borracho o una persona sin hogar durmiendo debajo de un puente.
Ha visto a oficinistas corriendo por el camino de sirga antes del amanecer, descendiendo hacia el brillo desolado de Canary Wharf, vestidos con ropa de licra y sus AirPods.
Pero ¿qué haría esta gente si viera a una ciclista, enmascarada y con la capucha puesta, avanzando a toda velocidad por un tramo silencioso del camino del canal a las cuatro de la mañana, para luego lanzar un teléfono al agua?
Pensarían que tiene algo que ver con las drogas o con alguna pandilla, o incluso con ambas cosas.
Cree que la mayoría se dejaría llevar por el instinto urbano de apartar la mirada, de no involucrarse.
Empieza a llover, la superficie del agua danza con las gotas.
Se obliga a concentrarse, acelera mientras el canal se ensancha y se curva un poco hacia el oeste.
Pasa a toda prisa junto a una hilera de estrechas barcazas, sigue por la curva hasta que no ve a nadie alrededor.
Aquí no hay puentes, y los muros entre el camino de sirga del canal y las aceras superiores son lo bastante altos.
Al pasar bajo la sombra de un desgarbado abedul, saca el teléfono del bolsillo y lo lanza hacia el centro del canal, donde se hunde sin dejar rastro.
Da la vuelta y empieza a pedalear en la misma dirección que ha venido, hasta que se ve obligada a detenerse, el corazón latiéndole demasiado rápido en el pecho. Frena bajo el puente.
«Aquí no hay nadie», se convence a sí misma. Es imposible que alguien sepa que ha estado aquí. Su móvil de verdad sigue encendido y enchufado junto a la cama, emitiendo – le han asegurado – los pitidos característicos que más tarde indicarán que estuvo allí, dormida, todo este tiempo.
Solo entonces se baja la mascarilla del rostro y respira.
Huele a orina, a espuma y a la basura que se acumula en los bordes del agua ennegrecida.
Espera a que se le calme el pulso, alza la mirada hacia el cielo desprovisto de estrellas.
Se pregunta qué pasará ahora; si esto será el final de todo o si no ha hecho más que empezar.