El extraño Alice
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El extraño

El extraño

Por Katherine Faulkner

© inepub.com

Alice

Alice

Cuando la policía por fin le da permiso para volver a casa, Alice se pasa tres días en pijama.

Se limita a tambalearse por las diferentes partes de la casa, con el mismo moño desaliñado que llevaba ayer, o incluso anteayer.

Coge su teléfono, a veces lo enchufa para cargarlo, y ahí se queda, agachada junto al enchufe y el cable, para seguir con él en la mano.

Revisa de manera obsesiva las páginas web de diferentes periódicos, en busca de las noticias sobre el allanamiento.

Como no encuentra nada nuevo, se sienta y se queda mirando por la ventana los barcos en el Canal de Regent, que desde allí parecen de juguete, y las vías del tren que serpentean y suenan cada pocos minutos, de día y de noche, con el traqueteo de los trenes del servicio ferroviario de Londres.

A veces, Alice se mira las manos, pensando en lo que ha hecho.

Jamie se encarga de llevar a su hija al colegio, de cocer un poco de pasta, de responder con amabilidad las llamadas y mensajes de amigos y compañeros preocupados.

También tiene la tarea de tranquilizar a Sarah, la tía de Alice – que es todo lo que le queda de familia biológica, pero cuya compañía le resulta difícil incluso en los mejores momentos – , asegurándole que no es necesario que cierre su tienda y venga a pasar unos días en casa, y que ellos lo tienen todo bajo control.

Jamie organiza el reemplazo de la puerta del sótano, luego conduce hasta la tienda de bricolaje y compra unas cerraduras adicionales para la nueva puerta, un videotimbre de la marca Ring, un juego de rejas para la ventana del sótano, y se pone a instalarlos él mismo, sumido en el silencio.

Alice escucha el sonido del serrucho y el martillo, pero no logra animarse a hacerle compañía en el sótano.

Abre más noticias sobre el allanamiento en el móvil, y las lee una y otra vez.

La cobertura resulta confusa. En ella, Ezra ya no parece un ladrón enfurecido, sino un niño de cara angelical, un adolescente.

Unas nuevas fotos – supone que proporcionadas por la familia – lo muestran con medallas de fútbol, con su uniforme escolar, con una camiseta colorida de vacaciones, un brazo apoyado sobre el hombro de su madre.

En otra instantánea aparece con su padre, quien murió cuando él era adolescente, según los informes forenses.

Un niño pequeño y afligido. Y Alice lo asesinó.

Hay un clip en concreto que Alice no puede dejar de ver: es una breve entrevista en el noticiero local de la cadena británica ITV, en la que aparece una mujer de pie en la puerta de su vivienda de protección oficial, agarrada al marco de la puerta para sostenerse.

«Estaba pasando por muchas cosas. No se merecía esto», es todo lo que consigue articular la mujer. Luego aleja las cámaras con la mano, con los ojos humedecidos tras las gafas. Cierra la puerta, y el clip se corta. En el pie de foto pone: Linda Jones, madre de Ezra Jones.

Alice está obsesionada con Linda Jones, madre de Ezra Jones.

Debe de haber visto ese clip más de cien veces.

Por la noche, incapaz de dormir, lo reproduce en su móvil mientras comprueba si hay noticias nuevas sobre el allanamiento.

Examina todos y cada uno de los artículos, en busca de cualquier indicio que pudiera explicar por qué había sucedido todo aquello.

Por qué Ezra había decidido colarse en su casa.

Qué había detrás de todo aquello. Pero no encuentra nada.

Y entonces, aunque sabe que no debería, se desplaza hacia abajo para leer los comentarios que la gente ha escrito bajo los artículos. Se han multiplicado.

Su abogada, Jessica, le dice que ignore lo que la gente dice en internet.

– Todo eso es absurdo. Nada de lo que digan cambia los hechos. Tu hogar y tu familia estaban siendo atacados. Está más claro que el agua que fue en defensa propia.

También le aconseja que no hable con los periodistas.

– Solo mantente discreta – le dice – . Pronto, todo esto habrá terminado.

Y así es como Alice espera a que todo termine.

Asiente, pero no hace comentarios a los reporteros y fotógrafos que pululan alrededor de su casa durante aproximadamente una semana, antes de marcharse.

Los primeros días sonreía a las cámaras.

Pero luego un periódico la llamó «la asesina sonriente». Desde entonces, ha dejado de sonreír.

Al principio, cuando los detalles eran escasos – un «ladrón» que había muerto tras ser atacado por una «propietaria» – , la gente estaba dispuesta a defenderla.

Pero a medida que se iba filtrando más información acerca de Alice – su edad, el hecho de que tenía una niñera, el detalle del champán (¿de dónde demonios lo habían sacado?), su llamada «carrera de éxito en el mundo del arte», el valor actual de su casa en Londres – , las personas que escribían en la sección de comentarios comenzaron a ponerse en su contra.

Jamie y Jessica tenían razón. Leer los comentarios es una forma de hacerse daño a sí misma, pero Alice no parece ser capaz de parar.

Probablemente resulte bochornoso lo mucho que le importan esas opiniones anónimas y sin filtros de personas que no la conocen.

La mayoría cree que Alice es una asesina.

Y que, si se sale con la suya, será solo porque es rica, o como mínimo de clase media.

Se da cuenta de que Jamie está decepcionado al descubrir que su mujer es el tipo de persona que se preocupa por esas cosas.

Que le falta el valor para dejar que la gente anónima de internet la odie.

No entiende por qué no puede simplemente cerrar la ventana del navegador y volver con Martha y con él, a la vida que antes compartían.

Una noche, al encontrársela acurrucada en el suelo una vez más, golpeando la pantalla del móvil, a Jamie se le acaba la paciencia.

– Ya basta – le grita – . Van a retirar tus cargos en cualquier momento. Tenemos que intentar seguir adelante y pasar página de una vez.

Coge su teléfono con cuidado, como un negociador en medio de una crisis, y pulsa el botón lateral para que la pantalla se apague.

– Lo hecho, hecho está, Alice – añade con delicadeza – . No tenemos el poder de cambiar las cosas. Solo es algo con lo que tenemos que aprender a vivir.

«Solo es algo con lo que tenemos que aprender a vivir», piensa Alice con amargura. Qué fácil decirlo para Jamie.

Pues él no le destrozó el cráneo a una persona.