El extraño Alice
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Alice

Alice

Pulsa el timbre de Linda con delicadeza, mientras ensaya las palabras que se ha preparado para cuando abra la puerta.

Lleva una caja de los espectaculares macarons de coco de la panadería Violet, cuidadosamente empaquetada en una bolsa de tela que cuelga de su hombro.

Sujeta la correa de la bolsa, tratando de silenciar las voces en su cabeza que le dicen que no debería estar aquí, arriesgando el pellejo de una forma tan absurda.

Que Jessica la mataría, por no mencionar a Jamie.

«Solo quería saber cómo estabas. Me preguntaba si te apetece tomar un té».

«Linda, tengo que decirte algo. Necesito contarte la verdad».

Alice espera un rato. No está segura de si el sonido de alguien arrastrando cosas proviene del interior del apartamento.

La maceta rota está apartada, y las plantas del patio de Linda se ven en peor estado que la última vez, tras dos semanas de más calor veraniego; los zarcillos desorganizados están crujientes y desprovistos de color.

Los alféizares están sucios, y las ventanas, antes limpias, están cubiertas por una capa de polvo.

La persona que por fin abre la puerta no es Linda, sino una mujer mucho más joven.

La chica es pequeña y delgada, no mucho más alta que Linda.

Su esbelta figura está sumergida en una sudadera y unos pantalones de chándal holgados.

Posee un rostro infantil, con unas cejas gruesas y teñidas, y lleva unas pestañas postizas en forma de C.

Alice la reconoce al instante por la foto: es Jade.

– Ah. Eres tú – dice Jade, mirando a Alice.

Alice se siente desconcertada, y las palabras que había ensayado se las lleva el viento. Duda mucho que Linda le haya contado a Jade sobre su encuentro, así que debe de pensar que es otra persona. Pero ¿quién? ¿La ha reconocido por los periódicos? Pero, si la reconoce…, ¿por qué no parece enfadada?

– Bueno, ¿vas a entrar o no?

– Eh… – Alice duda – . Sí, por favor. Gracias.

Jade se echa a un lado para dejar que Alice entre en casa. Antes de saber qué demonios está haciendo, se adentra en el piso.

– ¿Te lo enseño todo? – Jade se da la vuelta – . Qué curioso. Tu voz suena distinta a como sonaba por teléfono.

Alice parpadea. ¿Por teléfono? En un instante de locura, a Alice se le pasa por la cabeza que Jade podría estar confesando ser quien la llamó cuando estaba en la piscina.

El piso está más desordenado que la última vez que estuvo aquí.

Hay ropa y zapatos tirados por todas partes, tazones de cereales usados y tazas de café esparcidas sobre la alfombra naranja con espirales.

Jade se abre camino hacia el estrecho pasillo.

Alice se da cuenta de que se dirigen a la habitación de Ezra.

Antes de que le dé tiempo a procesar lo que sucede, Jade abre la puerta de par en par.

La habitación está completamente diferente: todas las cosas de Ezra han desaparecido, ahora empaquetadas. Han despojado el cuarto de muebles y lo han llenado de cajas. Hay un cochecito de bebé destartalado en una esquina, junto a algunas bolsas de la compra.

– La cuna tiene que caber ahí. – Jade señala un rincón de la habitación, donde la alfombra se ve medio desgastada – .

¿También os encargáis de las sillas de coche?

La mujer del teléfono me dijo que depende de lo que tengáis.

Para resumirlo: necesito de todo. De hecho, ¡ni siquiera sé qué necesito!

Me han regalado un cochecito, pero no sé si me convence…

La rueda se queda un poco atascada. Es como un carrito de la compra cojo.

Alice se fija entonces en la curva que esconde la holgada sudadera que viste Jade.

Un redondo perfecto, como si llevara un balón de fútbol escondido ahí debajo.

Alice supone que está embarazada de unos seis meses.

Quizá de más. Jade se frota el ojo con un dedo, esforzándose por no arrancarse las pestañas de cuajo.

Extrae una gotita de una sustancia negruzca y se la acerca a la cara para examinarla.

– ¿Llevas mucho tiempo trabajando ahí?

– ¿Perdona?

– En el banco de productos para bebés.

Alice por fin entiende lo que pasa. Jade cree que es una trabajadora social.

Alguna vez ha oído hablar del banco de productos para bebés y sabe lo que son: se asemeja al banco de alimentos, pero enfocado única y exclusivamente en los bebés.

Jamie se lo ha mencionado en alguna ocasión, pues su organización benéfica a veces deriva allí a las futuras mamás.

Por eso está tan tranquila. No tiene ni idea de que Alice es la persona que mató a su hermano gemelo. Aprieta la mandíbula para controlar las náuseas.

– ¿Y bien? – pregunta Jade – . ¿Qué te parece el cochecito?

Alice hace un esfuerzo por concentrarse en lo que Jade le pregunta. Sigue su mirada hasta un cochecito viejo, lleno de arañazos y pegatinas, con la tela manchada.

– Solo hay una silla, ¿sabes? – Jade se lleva las manos a la cadera y clava la mirada en el cochecito – . No sé ni siquiera si se puede, eh…, poner a un bebé ahí.

– Necesitas un moisés – se sorprende diciendo Alice, aunque siente que la voz no sale de ella – . Los recién nacidos tienen que… tienen que estar tumbados.

– Ah, sí. Ya lo había pensado – responde Jade enseguida, con una bravuconería que a Alice le resulta un poco desgarradora.

– Pero creo que podrías encontrar un moisés que quepa en este cochecito – dice Alice intentando ayudar – . Quizá en internet haya de segunda mano.

Alice se da cuenta de que sigue hablando. ¿Por qué sigue hablando?

– Vale. – Jade asiente – . Es que no tengo tanto dinero, no puedo permitírmelo. – Desvía la mirada hacia un lado – . ¿Crees que puede haber uno en el banco de productos para bebés?

A Alice le arden las mejillas. Tiene que confesarle a Jade que no tiene nada que ver con ningún banco para bebés.

Pero entonces recuerda lo que dijo Linda sobre Ezra y Jade.

Que eran «muy cercanos», incluso «demasiado cercanos», aunque todavía no entienda qué significa eso.

No sabe nada sobre esta chica, así que no tiene ni idea de cómo reaccionaría si le confesara la verdad.

– No… no lo sé – balbucea Alice.

– Vale. – Jade asiente – . Bueno, ¿cómo hacemos con lo demás? ¿Hago una lista o qué? ¡Joder! Necesito una taza de té. ¿Te apetece?

Alice se sienta en el salón y escucha a Jade en la cocina justo al lado, abriendo y cerrando la nevera y chocando las tazas entre sí. Los cojines del sofá se hunden bajo sus muslos. Se inclina hacia delante, intentando no quedarse ahí estancada.

La presencia de Jade en lugar de Linda la ha descolocado por completo.

Alice observa el desorden que ha sembrado Jade en el ordenado piso de Linda desde la última vez que estuvo aquí.

Se pregunta adónde habrá ido y qué ha hecho Jade con las cosas de Ezra, dónde las habrá guardado.

No hay ni rastro de su portátil, ni de ninguna de sus demás pertenencias.

Lo único que sigue igual son las pilas de papeles que hay por toda la mesa.

Se levanta con cuidado y se acerca a la mesa del comedor.

En el primer montón encuentra un folleto de Co-op Funeralcare, una carta de la funeraria.

Otra de la oficina del médico forense, en la que se indica que la investigación de las causas de la muerte de Ezra se llevará a cabo en primavera, y proporciona una lista de posibles testigos.

Alice se sorprende al ver su propio nombre plasmado en la carta.

Desvía la mirada y examina la parte superior de las demás pilas de papeles.

Intenta hacerse una idea de lo que puede haber sin coger nada.

El siguiente montón parece estar plagado de facturas y cartas de impagos.

También hay varias misivas del Servicio Nacional de Salud, todas ellas dirigidas a Linda.

Parece tener la mala costumbre de ignorar la correspondencia.

Se mencionan citas perdidas, análisis de sangre, pruebas de detección…

Alice no está segura de qué clase de pruebas le están haciendo, pero le parecen muchas para una mujer vivaz de sesenta años.

¿Estará enferma? O quizá no sean más que pruebas rutinarias.

Lo que sí queda claro es que, en su dolor, Linda ha perdido la noción del tiempo.

Alice se fija en un folleto arrugado, como si lo hubieran tirado y luego lo hubieran vuelto a aplanar.

Asesoramiento genético: todo lo que necesitas saber .

Nunca había oído hablar acerca del asesoramiento genético.

Quizá esté relacionado con lo que le pasa a Linda.

¿O puede que sea a Jade? ¿Será algo nuevo que hacen para las embarazadas hoy en día?

Se le pasa por la cabeza coger el folleto y guardárselo en el bolsillo, pero entonces escucha los pasos de Jade acercándose por el pasillo y no le queda más remedio que alejarse.

Jade entra en el salón con dos tazas en la mano, un trozo de papel rayado doblado y apretado entre los nudillos de la mano derecha.

– He hecho una lista – dice, desbordante de esperanza – . Por si acaso.

Se la tiende a Alice y ella la mira con atención.

«Cuna, silla de coche, mono para la nieve. Pijamas para niña, de 0 a 3 meses o de recién nacido». La letra de Jade es muy redonda e infantil, las íes coronadas con circulitos.

Hace un tiempo, Jamie había sugerido donar algunas de las cosas viejas de Martha al banco de productos para bebés con el que trabaja su organización.

Gracias a él, Alice estaba al tanto de cuántas personas necesitadas había en su barrio, lejos de su pequeño foco de gentrificación.

De cómo las familias hacían un esfuerzo sobrehumano por pagar la calefacción, la leche y los pañales, por no hablar de las cunas, colchones y ropa de abrigo.

Pero, por alguna razón, nunca se había animado a dar las cosas de cuando Martha era un bebé, y Jamie tampoco había insistido más. Quizá supiera cómo se sentía Alice.

– No me gusta andar pidiendo – confiesa Jade.

Quita una pelusa imaginaria de su lado del sofá. De cerca, sus pestañas de Bambi resultan menos convincentes, y Alice se fija en un hoyuelo de acné en su mandíbula, escondido bajo la base de maquillaje.

– Mi ex, Ryan, iba a encargarse de todo – dice Jade. Parece triste por un momento, pero enseguida endurece la expresión – . Pero ya no estamos juntos, así que… – Se sorbe la nariz – . Ha decidido que no tiene muchas ganas… De tener al bebé, quiero decir.

– Entiendo. Lo siento mucho.

– Es un puto deshecho social – dice Jade en un repentino arrebato de agresividad.

Alice se sobresalta. Jade se encoge de hombros y añade:

– Es lo que es.

Alice analiza la lista que le ha dado Jade, preguntándose cómo la mañana ha podido dar un giro de semejante magnitud.

Aunque no haya mentido a Jade intencionadamente, parece que el momento en que pudo decirle la verdad ya ha pasado.

Y aunque confesar la verdad a Linda le parecía plausible, Jade es una persona completamente diferente.

Parece nerviosa, algo volátil. Si Alice se lo cuenta todo, también tendrá que admitir que estuvo aquí antes y que le mintió a su madre acerca de su identidad.

¿Y si Jade se enfada y llama a la policía?

No, admitir la verdad supondría demasiados riesgos.

Alice está demasiado involucrada, así que no le queda otra opción más que seguir con sus mentiras.

– Estaremos bien nosotras solas – dice Jade. Alice se pregunta si estará intentando convencerse a sí misma.

– Entonces, ¿es una niña? – pregunta Alice, vacilante.

– Sí. Eso me han dicho.

Le sonríe a Alice, como si le hubiera gustado compartir la noticia con alguien, aunque ese alguien sea una desconocida. A Alice le da la sensación de que Jade no tiene demasiada gente con quien compartir la noticia; que no se rodea de demasiadas personas que se alegren por ella.

– Qué bien. Felicidades. – Alice hace una pausa – . Si Ryan no, eh… ¿Tienes a alguien más que te apoye, Jade? ¿Tu madre, quizá?

Alice se muere de curiosidad por saber dónde está Linda. ¿Estará contenta de que Jade se mude de esta forma, vaciando la habitación de su difunto hijo?

– Mamá no está aquí. – Jade se encoge de hombros – . Ha tenido un accidente. Se ha roto varias costillas y la cadera.

– Eso es horrible. Lo siento. – Alice se alarma de verdad. Pobre Linda – . ¿Cómo ha pasado?

Jade parece extrañamente indiferente.

– Yo no lo vi.

– Ya. – Alice lo pregunta de otra forma – . ¿Ocurrió… en casa?

Jade la mira con recelo.

– Sí, ahí fuera – dice – . En las escaleras. – Jade desvía la mirada – . Mi madre suele beber.

– Ah. – Alice recuerda la bandeja con los gin-tonics – . Lo siento.

– Ya – dice Jade, la voz monótona – . Ha pasado por bastantes altibajos. Mi hermano falleció hace poco y lo ha llevado muy mal.

Las palabras de Jade caen sobre ellas como si pesaran.

– Eso… es muy triste – balbucea Alice – . Que hayas perdido a tu hermano… Lo siento mucho. ¿Es… es reciente?

Jade mira a Alice y, por un angustioso instante, piensa que está a punto de decirle que sabe de sobra quién es y cuánto debe de sentirlo. Pero entonces su rostro cambia de repente, como si todo hubiera desaparecido de un momento a otro.

– Entonces – dice Jade – , ¿qué opinas?

– ¿Sobre…?

– La ropa para la bebé y eso. ¿Podrías volver y traerme de esto?

Alice alza la taza de té y da un sorbito, tratando de ganar algo de tiempo. Está hirviendo. «Contrólate – se dice a sí misma – . Has venido de parte del banco de productos para bebés. Estás aquí para traer ropa».

Mira a Jade. Una madre que no está en condiciones de ayudarla, un novio que pasa de todo, un hermano muerto.

Y entonces piensa en las cosas de bebé que guarda bajo el alero de su desván.

Bolsas y más bolsas de tartán enormes, llenas de ropita de niña, mantas y juguetes, guardados con cariño.

También tiene una cuna muy cara, que se trajeron desde Dinamarca.

Obviamente, también piensa en lo mucho que ansía saber y en todo lo que Jade podría contarle. Sobre Ezra y qué sucedía en su vida antes de morir.

– Creo que podremos… conseguirte la mayor parte de las cosas que necesitas.

Es buena idea, ¿no? Donar las cosas de cuando Martha era un bebé, tal y como Jamie había querido hacer. Ayudar a esta joven embarazada. Ayudar a su bebé.

Y si regresa a esta casa y es amable con Jade, entonces quizá se abra con ella y le cuente cosas sobre Ezra. Quizá entonces todo empiece a cobrar sentido: por qué tenía el llavero de Martha… y por qué fue a su casa.

En el fondo, Alice sabe lo que realmente quiere escuchar de boca de Jade y Linda.

Quiere oír que Ezra era malo. Violento, peligroso.

Una fuerza que se escapaba de todo control.

Porque entonces sentirá menos carga sobre sus hombros.

Sentirá que fue algo que no estaba en su mano, que no fue su culpa.

Y Alice por fin podrá empezar a perdonarse por haberlo matado.