El exprometido de mi hermana 12 La cuenta atrás
43%

12 La cuenta atrás

Amigos míos, el nivel de surrealismo de mi vida ha alcanzado una cota tan alta que mi sistema nervioso central ha decidido que la única forma de procesarlo es mediante un cinismo crónico y una hipervigilancia de los poros de mi piel.

Estamos a principios de mayo. El aire de Quebec todavía tiene ese filo cortante que te recuerda que el invierno no se ha ido del todo, solo está escondido detrás de los pinos esperando a que te confíes.

Pero aquí, en el microclima de privilegio que Mark ha alquilado para nuestra «última parada estratégica», el frío es solo un detalle estético que contrasta con el calor que emana de las baldosas radiantes del balcón.

Miré de reojo a Mark. Él estaba en la silla de al lado, envuelto en su propia bata blanca de proporciones imperiales.

Incluso con la cara embadurnada de arcilla negra, el tío conseguía mantener una estructura ósea que resultaba ofensiva para el resto de la humanidad.

Sus pestañas, largas y espesas, destacaban contra el negro mate de la mascarilla, y sus ojos oscuros estaban fijos en el horizonte, donde el bosque se encontraba con el gris del cielo.

Sentí una punzada de isquemia emocional en el pecho.

El sábado. El puto sábado era la fiesta de compromiso.

La fecha de caducidad de nuestra alianza.

El día en que el pendrive explotaría en la cara de Sophia y yo, técnicamente, dejaría de tener una excusa para oler el sándalo de la piel de Mark a las tres de la mañana.

—No... te... muevas —la voz de Mark salió como un susurro monocorde, apenas un movimiento de labios que me recordó a un ventrílocuo principiante—. Se está... secando.

Intenté responder, pero sentí cómo la arcilla tiraba de mis mejillas con la fuerza de un tensor industrial. La mascarilla se había convertido en un bloque de cemento que me inmovilizaba las facciones, obligándome a mantener una expresión de sorpresa perpetua.

—Esto... es... una... tortura —logré articular, manteniendo la mandíbula rígida—. Pagaste... por... petrificarnos... vivos.

—Se llama... desintoxicación... Ryan —respondió él, y juraría que detecté un rastro de diversión en su voz, aunque su cara era tan expresiva como la de una estatua de la Isla de Pascua—. Tu piel... lo... necesita. El estrés... del... departamento... te está... matando... los... capilares.

—Mi estrés... tiene... nombre... y... apellido —mascullé, sintiendo cómo una pequeña grieta aparecía cerca de mi comisura derecha—. Y se... casa... el... sábado.

El silencio volvió a caer entre nosotros, pero no era el silencio cómodo de las últimas semanas.

Era un silencio denso, cargado de una tensión atmosférica que hacía que el aire me supiera a ozono antes de una tormenta.

Estábamos tan cerca que las mangas de nuestras batas se rozaban ocasionalmente cuando el viento soplaba con un poco más de fuerza.

Cada vez que el tejido de felpa acariciaba mi brazo, sentía una descarga eléctrica que me recorría la columna vertebral, un síncope de mi capacidad de razonamiento lógico.

El olor de la arcilla era terroso, húmedo, una mezcla de fango volcánico y aceites esenciales de grado médico que me llenaba los pulmones.

Era un olor a "limpieza", pero yo me sentía más sucio que nunca.

Sucio por desear que el plan fallara. Sucio por querer que el sábado no llegara nunca.

Sucio por estar analizando la curva de la rodilla de Mark, que asomaba por la abertura de su bata, con una intensidad que rozaba la patología clínica.

—¿Crees... que... sospecha? —pregunté, esforzándome por no mover los músculos faciales. El esfuerzo me estaba provocando una necrosis de la paciencia.

Mark exhaló un suspiro largo. El aire salió de sus pulmones y se condensó en una pequeña nube blanca frente a su máscara negra.

—Sophia... sospecha... de... todo... el mundo —dijo, y esta vez su tono era más grave, más real—. Pero... no... puede... imaginar... esto. No... tiene... la... capacidad... de... concebir... que... yo... pueda... querer... estar... aquí.

—¿Aquí... en... un... spa... ridículo? —mi voz tembló un poco, y no fue por la arcilla.

—Aquí... contigo —corrigió él.

Sentí un fallo multiorgánico fulminante.

Mi corazón inició una serie de arritmias experimentales que me golpearon las costillas con la fuerza de un martillo hidráulico.

Me quedé mirando mis manos, que descansaban sobre los apoyabrazos de la silla, dándome cuenta de que estaban temblando de forma casi imperceptible.

No podíamos mirarnos. No podíamos gesticular.

Estábamos atrapados en nuestras propias pieles artificiales, comunicándonos como dos prisioneros a través de una pared de piedra.

Y sin embargo, nunca había sentido una hiperconciencia física tan abrumadora.

Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Mark a mi lado, una presencia sólida y gravitatoria que me atraía hacia él con la fuerza de un colapso estelar.

La ridiculez de la situación —dos hombres con la cara negra sentados en silencio en un balcón de lujo— era la única armadura que nos quedaba. Si nos quitábamos las batas, si nos lavábamos la cara, si nos mirábamos sin el filtro del sarcasmo, el vacío de la despedida inminente nos tragaría vivos.

Me fijé en una gota de arcilla que no se había secado del todo.

Estaba justo debajo de su ojo izquierdo, una pequeña perla negra que brillaba con la luz de la tarde.

La miré con una fijación sociópata, esperando que cayera, deseando tener la excusa para alargar la mano y tocar la superficie de su piel, aunque fuera a través del barro.

—Ryan —su voz sonó más suave ahora, casi fundiéndose con el susurro del viento entre los pinos.

—¿Mm?

—No... pienses... en... el... sábado.

—Es... imposible —respondí, y sentí que la arcilla se agrietaba un poco más sobre mi frente. La tirantez del producto era un reflejo exacto de la presión en mi pecho—. Es... el... final... de... la... cuenta... atrás.

—Solo... es... el... final... del... prólogo —murmuró él.

Me quedé helado. Mi lóbulo frontal intentó iniciar un proceso de sobreanálisis de nivel cinco. ¿El prólogo? ¿Qué significaba eso? ¿Había un Capítulo 1 después del sábado? ¿O era solo otra de sus frases de ejecutivo experto en gestión de expectativas?

No pude preguntar. El temporizador que Mark había dejado sobre la mesita de cristal emitió un pitido estridente, rompiendo la burbuja de aire estancado y recordándonos que el tiempo, incluso en un spa de cinco estrellas, sigue siendo un dictador implacable.

—Hora... de... lavar —dijo Mark, poniéndose de pie con una rigidez que no era solo culpa de la mascarilla.

Se giró hacia mí, y por un segundo, a pesar del negro mate que le cubría el rostro, pude ver la vulnerabilidad accidental en la forma en que sus hombros cayeron ligeramente. Me miró, y sentí que la arcilla de mi propia cara se desintegraba bajo la intensidad de su escrutinio.

—Te... espero... dentro —añadió, y entró en la suite, dejándome solo con el olor a pinos y el eco de una promesa que no sabía si podía permitirme creer.

Me quedé allí un minuto más, sintiendo cómo la arcilla se volvía más y más pesada sobre mis facciones. El "aftermath" de sus palabras me estaba provocando una isquemia de la cordura.

Puto Mark. Putas mascarillas. Puta cuenta atrás.

Me levanté, sintiendo que la bata de felpa pesaba una tonelada, y caminé hacia el interior, directo al encuentro con el agua que nos devolvería la piel desnuda y, con ella, la imposibilidad de seguir fingiendo que esto era solo un negocio.

Estar sentado frente a Mark, ambos envueltos en esas batas de felpa que parecen pesar cinco kilos y con la cara negra como si hubiéramos intentado arreglar el motor de un tractor con los dientes, es oficialmente el cenit de mi carrera como actor de reparto en esta tragedia familiar.

—Mírate —susurré, o al menos lo intenté, porque mi mandíbula era ahora mismo un bloque de hormigón—. Pareces... un Shrek... que ha pasado... por un... retiro nihilista... en Berlín.

Mark, que seguía con la espalda recta y esa elegancia ofensiva que ni siquiera la arcilla lograba camuflar, soltó un sonido que en una persona normal sería una carcajada, pero que en él fue una vibración gutural que hizo que la mascarilla de su frente se agrietara con un crujido seco.

—Y tú... pareces... un lienzo... de Pollock... que ha sido... abandonado... en una... ciénaga —respondió, manteniendo la mirada fija en la mía. Sus ojos, enmarcados por ese negro mate, brillaban con una intensidad que me estaba friendo los neurotransmisores.

Intenté soltar un bufido sarcástico, pero solo conseguí que un trozo de barro seco se desprendiera de mi nariz.

La situación era tan jodidamente ridícula que el hecho de que estuviéramos a menos de setenta y dos horas de dinamitar la vida social de mi hermana parecía un detalle menor, una nota al pie en el catálogo de cosmética de lujo que nos rodeaba.

Evitábamos hablar del sábado con la misma determinación con la que un condenado a muerte evita mirar el calendario.

Preferíamos discutir sobre exfoliantes enzimáticos y la textura de la arcilla.

Era más seguro. El sábado era real; esto, a pesar de las batas y el barro, seguía sintiéndose como una burbuja de aire estancado donde el tiempo no tenía permiso para entrar.

—¿Crees... que... mis poros... han... alcanzado... la iluminación... espiritual? —pregunté, esforzándome por no sonreír. Sonreír significaba que la máscara se desintegraría, y yo necesitaba esa capa de protección entre mi cara y su escrutinio.

—Tus poros... están... en shock... anafiláctico... por... tanta... limpieza —replicó él.