12 La cuenta atrás #2
De repente, la dinámica cambió. No fue por nada que dijéramos, sino por la gravedad de su cuerpo.
Mark se inclinó hacia delante. Fue un movimiento lento, casi imperceptible, pero yo lo sentí en cada terminación nerviosa de mi piel.
El balcón pareció encogerse. El aire primaveral de Quebec, que antes se sentía fresco, de pronto se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara bajo la felpa.
—Tienes... una gota —murmuró.
Su voz había bajado una octava, volviéndose esa frecuencia grave que me vibraba directamente en el esternón.
Señaló con el mentón mi pómulo izquierdo.
Una pequeña perla de arcilla negra, que aún no se había secado del todo debido a la cercanía de mi ojo, había empezado a resbalar perezosamente hacia abajo.
—No... importa —dije, aunque mi corazón ya había iniciado una serie de arritmias experimentales.
—Se te... va a... meter... en el ojo.
Mark no esperó permiso. Nunca lo hace. Acercó su mano a mi rostro.
Vi sus dedos, largos y limpios de barro (porque por supuesto él se los había lavado con precisión quirúrgica), recortarse contra el cielo grisáceo de la tarde.
Mi respiración se cortó. No fue un acto consciente; simplemente mis pulmones decidieron que el oxígeno era un recurso secundario comparado con la visión de su mano invadiendo mi espacio personal.
Apoyó la yema del pulgar en mi pómulo, justo encima del rastro de la gota.
Tías, el contacto fue... una detonación controlada.
Su piel estaba caliente, un contraste violento contra el frío de la mascarilla y el aire del balcón.
No fue un toque rápido ni accidental. Mark dejó el dedo ahí, presionando ligeramente, mientras arrastraba la yema con una parsimonia sádica para limpiar el fango.
El roce fue lento, deliberado, una caricia disfrazada de higiene que me dejó las articulaciones en estado de necrosis funcional.
Pude sentir el pulso en su dedo, o quizás era el mío, martilleando contra mi piel como si intentara derribar la última barrera que nos separaba.
Estábamos tan cerca que pude notar el aroma de su piel —ese sándalo persistente que ya era el hilo conductor de todas mis pesadillas eróticas— mezclándose con el olor terroso de la arcilla.
Mis ojos se clavaron en los suyos. No había sarcasmo ahí.
No había tácticas de negociación ni planes de venganza.
Había una vulnerabilidad accidental que me dejó sin defensas, expuesto bajo una capa de barro negro en una suite de lujo.
—Ryan —susurró, y esta vez sus labios apenas se movieron, pero no fue por la arcilla.
Su mano no se retiró. Su pulgar seguía ahí, acariciando el borde de mi pómulo donde la mascarilla empezaba a endurecerse, un contacto que me hacía sentir como si me estuviera reconectando los cables de forma incorrecta.
—Voy... a... extrañar... esto.
La frase se quedó suspendida en el aire, pesada y húmeda como el vapor del spa.
Sentí un fallo multiorgánico masivo. Mi lóbulo frontal, ese traidor que siempre busca una explicación lógica para no salir herido, se puso a trabajar a toda máquina.
¿A qué se refería con «esto»? ¿A la mascarilla de cien dólares?
¿Al balcón con vistas al bosque? ¿A la ridiculez de vernos como monstruos de ciénaga en batas de seda?
¿O se refería a nosotros? A la forma en que su presencia se había vuelto el único anclaje en mi vida de profesor invisible.
Quise preguntarle. Quise romper la máscara y gritarle que yo también, que me aterraba la idea de que el domingo despertáramos y volviéramos a ser extraños con una herencia compartida y una hermana en común.
Pero la arcilla seguía ahí, tirando de mi piel, recordándome que todo esto —el spa, el contacto, las batas— formaba parte de una cuenta atrás que no podíamos detener.
Mark no apartó la mirada. Sostenía mi rostro con la punta de los dedos, como si fuera algo frágil, algo que temía que se rompiera si apretaba demasiado.
El reverso emocional de sus palabras me golpeó con la fuerza de un trauma craneoencefálico: el hombre de acero, el heredero perfecto, estaba admitiendo que la farsa le estaba doliendo tanto como a mí.
—Mark... —mi voz fue un hilo, una partícula de aire que apenas logró atravesar la barrera de fango.
Iba a decírselo. Iba a confesarle que mi cinismo se había derretido hace semanas. Pero el universo, ese guionista con un timing nefasto, decidió intervenir.
El piii-piii-piii del cronómetro sobre la mesita de cristal fue como una granada de fragmentación estallando en medio de nuestra burbuja de aire estancado.
Fue violento. Fue grosero. Fue el recordatorio de que el tiempo es un dictador que no entiende de momentos de vulnerabilidad accidental ni de pulgares que acarician pómulos con una parsimonia sádica.
Mark retiró la mano como si mi piel acabara de alcanzar la temperatura de fusión nuclear. Se puso de pie de un salto, rompiendo la inercia del contacto con una brusquedad que me dejó los neurotransmisores enviando señales de error en bucle.
—Hora... —su voz sonó áspera, recuperando esa rigidez de mando que usa para despedir a gente en despachos con vistas al río—. Hay que... quitarlo. Si se queda más tiempo, la piel se irrita.
Se giró y entró en la suite sin esperarme, con los faldones de la bata de felpa ondeando tras él como la capa de un superhéroe que acaba de darse cuenta de que ha salvado a la persona equivocada.
Me quedé un segundo más en el balcón, inhalando el aire de mayo que ahora me sabía a ceniza.
La marca de su pulgar en mi mejilla seguía ardiendo, una huella térmica que la arcilla seca no lograba enfriar.
«Voy a extrañar esto».
La frase de Mark me martilleaba el lóbulo frontal con la insistencia de una migraña crónica.
¿A qué se refería? ¿Al silencio? ¿A la farsa?
¿A la forma en que yo era el único que no lo miraba como a un cajero automático con piernas?
Me levanté, sintiendo que mis articulaciones habían sufrido una necrosis súbita de la voluntad, y lo seguí hacia el baño.
El cuarto de baño del spa era una oda al mármol de Carrara y a la iluminación LED indirecta, un espacio tan estéril y perfecto que me daban ganas de pedirle disculpas por entrar con mis pensamientos de clase trabajadora y mi caos emocional.
Mark ya estaba inclinado sobre uno de los lavabos gemelos, abriendo el grifo con una violencia innecesaria.
El vapor empezó a subir de inmediato, empañando los espejos y creando una atmósfera de sauna clandestina.
—Usa el otro —dijo, señalando el lavabo de la derecha sin mirarme—. El agua tarda poco en salir caliente.
Me coloqué a su lado. Estábamos a menos de medio metro, separados por una hilera de jabones artesanales que olían a eucalipto y a promesas vacías. Me incliné sobre el mármol frío, llenando mis manos de agua tibia, y empecé a frotar.
Tías, lavarse la cara después de una mascarilla de arcilla negra debería ser un acto de purificación estética, pero para mí fue una autopsia sensorial.
El fango se deshacía bajo mis dedos, volviéndose líquido, grisáceo, escurriéndose por el desagüe junto con la última capa de protección que me quedaba.
Con cada pasada de agua, sentía que me estaba arrancando la piel.
Mark, a mi lado, hacía lo mismo. Escuchaba el sonido rítmico del agua golpeando su rostro, una cadencia que se sincronizaba con mi propia arritmia.
—Todavía... tienes un poco en la ceja —murmuré, con los ojos escocidos por el vapor, señalando su reflejo borroso en el espejo empañado.
Él se detuvo, con el agua goteando por su mandíbula perfecta y los ojos enrojecidos.
Me miró a través del vaho. Por un microsegundo, el androide de Wall Street desapareció.
Solo quedó el hombre de la cabaña, el que me había pedido paz, el que ahora parecía tan asustado como yo de lo que venía el sábado.
—Tú también —respondió, y por primera vez en todo el fin de semana, su voz no tenía sarcasmo. Era una observación plana, agotada—. En la sien.
No nos ayudamos. No hubo más roces de pulgares ni confesiones susurradas.
El hechizo se había roto de forma definitiva y ambos estábamos demasiado ocupados intentando recoger nuestros pedazos como para intentar arreglar al otro.
Nos secamos con toallas blancas que olían a suavizante caro y a rendición logística.
Mark salió del baño primero, dejándome a solas con el vapor y mi propio reflejo.
Me apoyé en el borde del lavabo, con la cara todavía húmeda y la piel tirante, y me miré al espejo.
Mi rostro estaba limpio. Los poros estaban impecables, el brillo de la arcilla se había ido, pero mis ojos.
.. joder, mis ojos me delataban. Parecía alguien que acababa de sobrevivir a un naufragio solo para darse cuenta de que la orilla es un desierto.
Fue entonces cuando el pensamiento intrusivo me golpeó con la fuerza de un trauma craneoencefálico.
Díselo, Ryan. Dile que mande a la mierda la fiesta de compromiso.
Dile que le das igual Sophia, el pendrive, el perfume y la herencia.
Dile que coja las llaves del Audi y que conduzcáis hacia el sur, hacia la frontera, hacia cualquier lugar donde no seáis «el cuñado profesor» y «el prometido perfecto».
Sentí una náusea física por mi propia capacidad de ser un delulu de categoría profesional.
Quería pedirle que se fugara conmigo. Quería que cancelara la venganza por la que habíamos trabajado semanas solo para prolongar un poco más este aire estancado de intimidad falsa.
Me odié a mí mismo. Me odié por ser tan previsible, por caer en la trampa del roce accidental y por convertir una misión de destrucción familiar en un guion de película independiente que termina mal.
—Eres un idiota —le susurré a mi reflejo—. Un puto idiota.
Salí del baño. Mark estaba ya vestido con su traje de tres mil dólares, abrochándose los puños de la camisa con esa eficiencia gélida que me recordaba por qué él estaba en la cima de la cadena alimenticia y yo solo era un extra. El fin de semana de spa había terminado. La coartada estaba sellada.
—Te dejo en tu casa en una hora —dijo, sin levantar la vista de sus gemelos de plata—. El sábado pasaré a buscarte a las ocho. Sé puntual. No podemos permitir que Sophia sospeche que algo ha cambiado.
—Nada ha cambiado, Mark —mentí, y la palabra se me quedó atascada en la garganta como un trozo de cristal—. El plan sigue igual.
Él se detuvo un segundo, con las manos suspendidas sobre la manga de la camisa. No dijo nada. No asintió. Solo agarró su maleta de cuero y caminó hacia la puerta de la suite, dejando tras de sí una estela de sándalo que me quemó los pulmones.
La cuenta regresiva había llegado a cero.
El próximo encuentro ya no tendría batas de felpa ni mascarillas ridículas.
Sería en el campo de batalla, bajo las luces de cristal del salón de fiestas, rodeados de gente que nos odiaba.
Estábamos a punto de saltar al vacío, y lo peor de todo es que yo ya no estaba seguro de si quería que el paracaídas se abriera.
Estoy enamorado del hombre que va a destruir a mi familia, y él solo va a extrañar «esto».