El exprometido de mi hermana 11 La llamada histérica
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11 La llamada histérica

Si alguna vez habéis sentido que vuestra estabilidad mental pende de un hilo tan fino y deshilachado que hasta el parpadeo rítmico de un tubo fluorescente a punto de morir parece una tortura diseñada por la Inquisición, entonces entendéis perfectamente por qué mi cubículo en el departamento de Letras de la Universidad de Laval se sentía como el corredor de la muerte a las diez de la mañana.

Tenía frente a mí una montaña de ensayos sobre el existencialismo en la posguerra que no hacían más que recordarme que mi propia existencia era, en el mejor de los casos, un borrador mal redactado.

El aire en la oficina compartida era espeso, saturado de polvo de libros viejos y el aroma ácido de tres tazas de café vacías que ya habían empezado a desarrollar sus propios ecosistemas bacterianos.

Le di un sorbo a la cuarta taza y cerré los ojos, intentando que el zumbido de la oficina no me provocara una isquemia cerebral definitiva.

El silencio académico, ese que solo se rompe por el tecleo frenético de algún becario al borde del colapso, fue asesinado a sangre fría por el timbre de mi celular.

El aparato vibró sobre la mesa de metal con un estruendo que me hizo saltar en la silla, enviando una punzada de dolor directo a mi laringe.

No necesité mirar la pantalla para saber que el universo acababa de enviarme una granada de fragmentación emocional.

Sabía que era ella. El ritmo de la vibración era histérico, autoritario, puramente Sophia.

Deslicé el pulgar por la pantalla con la resignación de quien firma su propia sentencia de muerte.

—¿Te das cuenta de que estoy trabajando, Sophia?

A diferencia de tu círculo social, mi alquiler no se paga con likes en Instagram ni con la buena voluntad de los inversores —solté, intentando que mi voz sonara como una muralla de cinismo impenetrable, aunque por dentro mis neurotransmisores estaban gritando «fuego».

—Cállate, Ryan. No tengo tiempo para tus sermones de profesor de instituto con complejo de mártir —la voz de mi hermana salió por el auricular con la nitidez de un cristal roto.

Estaba en modo «Niña Dorada en Crisis», una frecuencia que suele preceder a una catástrofe social de proporciones bíblicas—.

Mark está raro. No, raro no. Está... ausente.

Como si fuera un puto fantasma que camina por mi departamento.

Casi no me mira y cuando lo hace, parece que está resolviendo una ecuación diferencial en su cabeza.

Me quedé mirando fijamente un tachón rojo en un ensayo sobre Sartre.

Sentí un pinchazo de satisfacción perversa en el esternón, seguido inmediatamente por una oleada de náuseas.

El plan estaba funcionando. El rastro de perfumes caros, los silencios calculados y el alejamiento táctico de Mark estaban carcomiendo los cimientos de la seguridad de Sophia.

—Quizás finalmente se ha dado cuenta de que vivir contigo es como estar en un episodio eterno de un reality de bodas del que no puede escapar —murmuré, tamborileando los dedos sobre la mesa.

—No te pases de listo, Ryan. Sé que habéis estado hablando.

Ese repentino interés suyo por la «tecnología» y tus estúpidos videojuegos.

.. no me trago que se haya vuelto amigo de mi hermano fracasado por pura afinidad intelectual.

—Escuché el sonido de un encendedor. Ella siempre fumaba cuando sentía que el control se le escapaba entre los dedos—.

Necesito que le saques información. Júntate con él hoy.

Dile que necesitas ayuda con algo, no sé, invéntate un drama universitario.

Averigua si hay alguien más. Averigua si ese perfume que olí en su ropa el otro día es de una mujer de su oficina.

Me puse rígido. La palabra «fracasado» resbaló por mi espalda con la familiaridad de un escalofrío antiguo, pero lo que realmente me detuvo el pulso fue la forma en que pronunció el nombre de Mark. Como si fuera una posesión defectuosa que necesitaba ser auditada.

—No soy tu espía personal, Sophia. Búscate a un detective privado o a una de tus amigas con demasiado tiempo libre.

—Lo harás porque yo te lo digo —siseó ella, y pude verla perfectamente, retocándose el labial rojo mientras planeaba su próxima jugada—.

Además, seamos realistas: Mark solo te presta atención por lástima.

Eres su proyecto de caridad, Ryan. El pobre cuñado intelectual que necesita un poco de sol del Château Frontenac para no marchitarse en su cubículo gris.

Seguramente se siente bien consigo mismo siendo amable con alguien tan. .. insignificante. Úsalo a tu favor.

Sentí una oleada de calor subiéndome por la nuca, pero no era la vergüenza de siempre.

Era rabia. Una rabia gélida, sólida, casi protectora.

No me dolió que me llamara insignificante; me dolió que usara a Mark como un arma para humillarme.

Me dolió la distorsión grosera de lo que había pasado en la cabaña, de las manos calientes sobre las mías y de la paz que él había confesado sentir.

Escuchar a Sophia ensuciar ese silencio compartido con su veneno de clase me provocó una reacción visceral que no pude contener.

—Sabes qué es lo que realmente te asusta, Sophia —mi voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente tranquila, una cortesía clínica que la desarmó un segundo—.

No te asusta que haya otra mujer. Te asusta que él sea feliz en un lugar donde tú no tienes el control.

Te asusta que haya encontrado a alguien que lo escuche sin pedirle una factura a cambio.

Y si crees que me va a usar para llegar a él, estás sufriendo una isquemia de realidad severa.

—¿Qué has dicho? ¿Cómo te atreves a...?

—He dicho que me dejes en paz. —La interrumpí con una firmeza que me sorprendió incluso a mí. Mis manos, que antes jugueteaban con un bolígrafo, ahora estaban cerradas en puños—. Arréglalo con él si puedes. Pero a mí sácame de tu puto teatro.

Cerré la llamada antes de que pudiera soltar el siguiente grito.

El silencio volvió al cubículo, pero esta vez no era opresivo.

Era vibrante. El eco de mi propia audacia rebotaba en las paredes de metal.

Me recargué en el respaldo de la silla, respirando con dificultad, sintiendo la adrenalina recorriendo mis venas como un fluido eléctrico.

Acababa de traicionar a mi sangre, de romper el último puente de sumisión que me unía a la Niña Dorada.

Y lo peor de todo es que se sentía glorioso.

Miré el celular sobre la mesa. Mi primer instinto, un impulso biológico que me asustó por su intensidad, fue buscar el contacto de Mark. Quería llamarlo. Quería contarle que le había defendido. Quería escuchar su risa ronca y sentir que estábamos en el mismo bando, lejos del ruido de Sophia.

Pero me detuve. El recuerdo del viaje en coche, de sus nudillos blancos apretando el volante y de la barrera de hielo que habíamos construido para no besarnos, me golpeó como un balde de agua fría.

No podía llamarlo. No todavía. El plan seguía en marcha, y la micro-tensión de nuestra proximidad no resuelta era una zona de guerra en la que todavía no sabía cómo caminar sin estallar.

Bloqueé temporalmente el número de Sophia con un gesto seco. Volví a mi ensayo sobre Sartre, pero las palabras sobre la libertad y la angustia ahora tenían un nombre y un apellido.

Ya no lo hacía por venganza. Lo hacía por él.

En la Universidad de Laval, el silencio tiene una textura específica: sabe a polvo de biblioteca, a calefacción reseca y al eco distante de pasos que nunca parecen llegar a ninguna parte.

Le di un sorbo a mi café. Estaba frío. Tan frío que la capa de grasa de la leche barata se había solidificado en un anillo blanquecino contra la cerámica desportillada.

Un asco. Pero era un asco familiar, predecible.

Lo que no era predecible era la forma en que mi celular, depositado sobre una pila de trabajos sin corregir, empezó a vibrar con una violencia que hizo que el escritorio de metal emitiera un quejido lastimero.

Era ella. De nuevo.

Sophia no llama; Sophia invade. El identificador de llamadas con su nombre parecía emitir su propio aura de perfume caro y reproche sistémico. Deslicé el pulgar por la pantalla, sintiendo cómo el sabor amargo del café se instalaba permanentemente en la base de mi lengua.

—¿Sabes qué hora es, Sophia? Estoy intentando decidir si la náusea existencial de mis alumnos es genuina o solo falta de sueño, no necesito que me añadas la tuya a la mezcla —solté, intentando que mi voz mantuviera ese tono de profesor despegado que uso para que el mundo no note que mi sistema nervioso es un manojo de cables pelados.

—Cállate, Ryan. No tengo tiempo para tu cinismo de presupuesto ajustado —la voz de mi hermana salió por el auricular con la nitidez de un cristal roto.

Pude oler su desesperación a través de la red móvil—.

Mark no me contesta. He mirado su registro de llamadas y ha hablado contigo dos veces esta semana.

¿Por qué demonios mi prometido tiene más que decirle a mi hermano fracasado que a mí?

Me froté el puente de la nariz. El subtexto de "fracasado" ya no me escocía como antes. Era como una cicatriz vieja que solo pica cuando cambia el tiempo. Pero la mención de Mark... eso fue otra cosa. Fue un pinchazo de adrenalina pura.

—Quizás es que hablamos un idioma que tú no conoces, Sophia.

Se llama "honestidad". Es un dialecto bastante raro en el Château Frontenac —dije, y por primera vez, sentí una extraña calma.

Una cortesía clínica que me hacía sentir como si estuviera diseccionando un espécimen en lugar de discutiendo con mi propia sangre.