El exprometido de mi hermana 10 Retirada táctica #2
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10 Retirada táctica #2

Retiramos las manos al unísono, como si el panel táctil acabara de convertirse en una placa de inducción a máxima potencia.

Me pegué a la ventanilla derecha con tal violencia que mi frente casi choca contra el cristal.

Empecé a mirar un cartel publicitario de una óptica con una intensidad sociópata, contando las letras de la palabra "Promoción" para no tener que reconocer que mis pulmones se habían declarado en huelga de brazos caídos.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca, áspera, como si hubiera estado tragando arena de playa durante todo el trayecto. El silencio en el coche mutó; dejó de ser logístico para volverse radiactivo.

—El... el semáforo —logré articular, aunque la frase salió con la consistencia de un ladrillo de adobe.

Mark no respondió.

Giré la cabeza solo un milímetro, lo justo para que mi visión periférica captara su perfil.

Seguía mirando hacia adelante, pero su postura había cambiado.

Sus manos ya no estaban en la posición de las diez y diez; estaban aferradas al volante con una fuerza que me hizo temer por la integridad estructural del cuero.

Sus nudillos estaban blancos, tensos, una hilera de picos de nieve bajo la piel pálida.

Su mandíbula estaba tan apretada que vi cómo el músculo de su mejilla sufría un espasmo rítmico, una señal de fractura en su máscara de androide que me dolió más que cualquier grito.

Era frustración pura. Era el rastro visible de todo lo que estaba reprimiendo detrás de su tono amable de "socio de negocios".

Por un milisegundo, vi al hombre de la cabaña luchando por no salir a la superficie y mandarlo todo al carajo, y la realización de que mi cobardía lo estaba matando lentamente me provocó una náusea física.

El semáforo cambió a verde. Mark metió la marcha con un movimiento brusco, casi violento, y el coche salió disparado con una aceleración que me pegó contra el respaldo.

No dijo nada. No volvió a preguntar por el pendrive ni por el técnico.

Se limitó a conducir con una intensidad focalizada que gritaba "necesito que este viaje termine antes de que pierda el control".

Yo volví a mirar por la ventana, sintiendo el fantasma del roce en mis nudillos como una quemadura química.

Estábamos a quince minutos de mi departamento.

Quince minutos para volver a mi vida de profesor invisible, a mi soledad con olor a moho y a la certeza de que el plan de venganza tenía una fecha de caducidad.

Y que después de esa fecha, el mundo de Mark se cerraría para siempre, dejándome fuera, en la acera, mirando cómo el Audi se alejaba hacia un horizonte donde yo nunca tuve permiso para entrar.

El Audi negro se detuvo frente a mi edificio con la suavidad insultante de un depredador que sabe que no tiene que esforzarse para ser letal.

El motor ronroneaba en un ralentí casi imperceptible, un susurro de ingeniería alemana que contrastaba con el estrépito de mi propio pulso golpeándome los oídos.

Fuera, la calle en el barrio obrero de Quebec se veía más gris que de costumbre, una sucesión de fachadas de ladrillo descascarado y aceras húmedas que parecían pedirle perdón al coche de Mark por existir.

Me quedé inmóvil en el asiento del copiloto, con la mano aferrada a la correa de mi mochila de lona, sintiendo cómo el calor de la calefacción se me pegaba a la cara como una despedida que no sabía cómo procesar.

El silencio en el habitáculo ya no era eléctrico; era denso, pastoso, una isquemia de la comunicación que me estaba dejando los pulmones a medio gas.

—Hemos llegado.

Mark no apagó el motor. No soltó el volante.

Sus dedos largos seguían apretando el cuero con esa intensidad que me había estado quemando las retinas durante todo el trayecto desde la cabaña.

No me miró. Su perfil seguía siendo una línea de mármol tensa contra la luz mortecina de la mañana, un monumento a la contención ejecutiva que me hacía sentir como un error de cálculo en su hoja de excel.

—Ya veo. —Me obligué a soltar la correa de la mochila, aunque mis dedos se sentían engarrotados, víctimas de una necrosis por pura cobardía—. Gracias por... bueno, por el transporte. Y por no dejarme tirado en medio de un bosque sin Wi-Fi.

Mark asintió. Un movimiento milimétrico, casi mecánico.

—Nos vemos el jueves para afinar los detalles de la fiesta. Asegúrate de que el pendrive esté encriptado. No quiero errores de última hora.

—Estará listo. Soy un profesor de literatura, Mark; mi vida entera se basa en revisar borradores para que nadie note los errores de ortografía en el alma de los demás.

Abrí la puerta del coche. La bofetada de aire gélido de Quebec me golpeó los pulmones, un recordatorio brutal de que mi tiempo en la burbuja de sándalo y seda había terminado.

Bajé al asfalto, sintiendo cómo la humedad me calaba las botas de inmediato.

Me giré para decir algo —no sé el qué, quizás una disculpa, quizás un "no te vayas"—, pero el Audi ya se estaba alejando.

Vi las luces rojas de posición desaparecer tras la esquina de la panadería, dejando tras de sí solo el olor a gases de escape y el vacío ensordecedor de una calle que de repente me quedaba demasiado grande.

***

Subir los tres pisos de mi edificio se sintió como una expedición al Everest sin oxígeno.

Cada escalón de madera crujía bajo mis pies con un reproche que me hacía vibrar las muelas.

Abrí la puerta de mi departamento, giré la llave y me quedé allí, en la penumbra del pasillo, con la mochila todavía al hombro y el silencio cayendo sobre mí con el peso de una losa de hormigón.

Huele a cerrado. Huele a moho incipiente, a café recalentado de hace tres días y a la soledad rancia de alguien que ha pasado demasiado tiempo analizando a Sartre.

Dejé caer la mochila en el suelo y caminé hacia la ventana de la sala. Me recargué contra el cristal frío, mirando hacia la calle vacía, y exhalé un suspiro largo que empañó el vidrio con una mancha de vaho patética.

Tías, el colapso alveolar fue instantáneo.

Mi departamento, mi santuario, mi pequeño búnker de cinismo y letras, se sentía ahora como una celda de aislamiento.

Cada rincón me recordaba que yo era el hermano invisible, el tipo que corregía ensayos por unos pocos dólares y que dormía en un sofá que tenía más años que sus ganas de ser feliz.

El contraste con la cabaña —con el calor del fuego, con la voz rasposa de Mark y con la forma en que su hombro presionaba el mío— era una quemadura química que no podía neutralizar.

Me quité el suéter, el mismo que llevaba puesto cuando Mark me apretó el hombro frente al router, y cometí el error táctico de llevármelo a la cara.

Seguía oliendo a él. Sándalo, cuero y ese aroma limpio que el aire acondicionado del Audi no había logrado borrar.

Cerré los ojos, sintiendo un nudo de lija en la laringe.

No era solo la atracción física; era la constatación devastadora de que me había acostumbrado a su presencia.

Me había acostumbrado a su silencio cómplice, a su competitividad absurda en el Mario Kart y a la forma en que sus ojos de obsidiana parecían leerme el código fuente sin juzgarme.

Y entonces, la lógica neurótica me asestó el golpe final.

La venganza.

Nuestra alianza tenía una fecha de caducidad: la fiesta de compromiso.

En cuanto el pendrive proyectara el rastro del perfume en la cara de Sophia, el pacto se disolvería.

Mark recuperaría su libertad, se desharía de mi hermana y volvería a su mundo de áticos de lujo y cenas de mil dólares.

Y yo... yo volvería a esto. A esta sala pequeña, a este suéter que dejaría de oler a él en un par de lavados y a la certeza de que yo solo había sido una herramienta en su proceso de desintoxicación familiar.

Él era el príncipe y yo era el mercenario. Y los mercenarios no se quedan a vivir en el castillo cuando la guerra termina.

Sentí una náusea física que me obligó a sentarme en el sofá desvencijado. Me tapé la cara con las manos, respirando mi propio aire caliente, intentando sofocar el incendio forestal que se había desatado en mi pecho.

Estaba solo. Y por primera vez en mi puta vida, la soledad me daba miedo.

El silencio de la sala fue asesinado de repente por el zumbido estridente de mi teléfono celular sobre la mesa de centro.

Di un salto, con el corazón intentando salirse por la tráquea. ¿Mark? ¿Se había dado la vuelta? ¿Había decidido que también le dolía la separación?

Me abalancé sobre el aparato y miré la pantalla.

Sophia. El nombre brillaba con una luz blanca y tóxica, una señal de alarma que me devolvió a la realidad con la sutileza de una granada de fragmentación.

Sentí una punzada de ácido gástrico en el esófago.

Sophia no llamaba a estas horas a menos que necesitara un perchero humano o que alguien hubiera osado cuestionar su soberanía estética.

Contesté, sintiendo cómo mi máscara de cinismo se instalaba de nuevo en mi rostro como una sutura mal hecha.

—¿Qué quieres, Sophia? —Mi voz sonó plana, muerta, carente de cualquier rastro de la vulnerabilidad que me estaba carcomiendo por dentro.

—¡Ryan! ¡Tienes que venir ahora mismo al salón de la fiesta!

—Su voz salió por el auricular con un tono histérico, cargado de una urgencia que me hizo apretar los dientes—.

¡El técnico de luces dice que hay un problema con el cableado y Mark no me contesta al teléfono!

¡Ese inútil se ha ido a "correr" por el bosque y me ha dejado sola con este desastre!

Apreté el teléfono hasta que los nudillos me crujieron.

No es un inútil, Sophia. Es un hombre al que acabas de destruir con tu desidia narcisista y que probablemente está intentando no colapsar en medio de la ciudad porque tú eres incapaz de ver más allá de tu propio rímel.

—Cálmate, Sophia. Voy para allá.

Colgué sin esperar respuesta. Me puse el suéter de nuevo, ignorando que el olor a sándalo me estaba martirizando los sentidos, y agarré las llaves de casa.

Estaba harto. Estaba asustado. Pero sobre todo, estaba harto de que ella lo pisoteara. Si el plan de venganza necesitaba un empujón final para ser letal, yo se lo iba a dar. No por la familia, ni por el orgullo.

Lo iba a hacer por él.

Mañana la fiesta de compromiso iba a ser el escenario de un homicidio social en primer grado. Y yo iba a sostener el arma con una sonrisa en los labios.