El exprometido de mi hermana 10 Retirada táctica
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10 Retirada táctica

El crujido de la grava congelada bajo mis botas sonaba como si estuviera caminando sobre cristales rotos, lo cual era una metáfora bastante acertada para mi dignidad en ese preciso instante.

Mark estaba al otro lado del Audi, cargando las últimas bolsas en el maletero con una eficiencia robótica que me estaba provocando una isquemia de la paciencia.

Sus movimientos eran limpios, precisos, carentes de cualquier rastro de la vulnerabilidad que me había lanzado a la cara frente a la chimenea apenas unas horas antes.

Era de nuevo el heredero. El robot de Wall Street. El tipo que cierra acuerdos millonarios antes del desayuno mientras yo todavía estoy intentando descifrar cómo se abrocha un abrigo con los dedos entumecidos.

—¿Tienes la mochila con el equipo técnico? —Su voz cortó el aire gélido con la nitidez de un bisturí. No me miró. Estaba demasiado ocupado asegurándose de que la maleta de cuero no se desplazara ni un milímetro.

—Sí. Está en el asiento trasero. Junto a mis ganas de vivir y mi fe en la humanidad —mascullé, intentando que el sarcasmo fuera mi manta térmica, aunque la verdad es que me sentía tan expuesto que juraría que la nieve podía ver a través de mi suéter de rebajas.

Mark asintió. Un solo movimiento seco de cabeza.

No hubo banters ingeniosos sobre mi pesimismo, ni sonrisas tristes, ni ese brillo de obsidiana en sus pupilas que solía dejarme los neurotransmisores fritos.

Cerró el maletero con un golpe sordo y definitivo que resonó en el valle silencioso como una sentencia de muerte.

Entramos en el coche.

El habitáculo del Audi era una burbuja de alta tecnología diseñada para aislarte del mundo, pero en ese momento se sentía más como una cámara de descompresión donde el oxígeno estaba empezando a escasear peligrosamente.

Mark encendió el motor y el sistema de climatización empezó a escupir un aire seco y sintético que olía a plástico nuevo y a un tipo de purificación que mi departamento con moho jamás conocería.

Me pegué a la ventanilla, mirando cómo los árboles cargados de escarcha se deslizaban por el cristal empañado, rezando para que el zumbido del motor ocultara el ruido de mi propio corazón, que seguía intentando ejecutar una arritmia experimental por culpa de la noche anterior.

Mark encendió la radio. El volumen estaba tan bajo que las voces de los locutores de noticias de Montreal parecían un murmullo de fantasmas discutiendo sobre política internacional.

Era una pared de sonido diseñada para que no tuviéramos que hablar.

Para que el elefante rosa de quinientas toneladas que ocupaba el asiento central no nos aplastara del todo.

—Habrá tráfico en la entrada por la 73 —dijo Mark después de veinte minutos de silencio radiactivo.

Sus manos estaban fijas en el volante, en la posición de las diez y diez, como si estuviera realizando un examen de conducir y no huyendo de un desastre emocional—.

Es lunes. La gente vuelve de los centros de esquí.

—Fantástico. Una hora extra de calidad en este spa móvil. —Me froté las manos frente a la rejilla de ventilación, sintiendo cómo la piel se me tensaba por el calor artificial—. ¿Sophia te ha mandado la lista definitiva de invitados para la fiesta de compromiso?

—Sesenta y cuatro personas. Incluyendo a su «especialista en bienestar espiritual» y a tres de sus contactos de la agencia que cree que son sus amigos.

—Su tono era hiperformal, la voz de alguien que lee un informe de daños colaterales—.

El técnico de sonido llegará a las seis.

El pendrive con las «pruebas» tiene que estar cargado en la consola antes de que empiecen los brindis.

—El pendrive está listo. —Me aclaré la garganta, sintiendo un nudo de lija en la laringe—. Solo tenemos que asegurar el ángulo de proyección. No queremos que se pierda el detalle del rastro de los perfumes de mil dólares.

—Exacto.

Silencio. Otra vez.

El coche empezó a frenar gradualmente. El mar de luces rojas de posición se extendía ante nosotros como una hemorragia en el asfalto. Habíamos llegado al embotellamiento de la entrada a Quebec. El obstáculo menor que iba a convertir este viaje de regreso en una tortura de proximidad forzada.

Me hundí un poco más en el asiento de cuero, sintiendo el calor de la calefacción pegándome en las mejillas.

Estábamos tan cerca que podía oler el sándalo de su colonia mezclándose con el aroma del aire seco, una combinación que mi hipocampo ya había archivado en la carpeta de «cosas que me van a arruinar el resto del año».

Mark movió ligeramente el hombro para ajustar su posición, y yo me puse rígido como un poste, hiperconsciente de la distancia de apenas treinta centímetros que separaba nuestras vidas.

Tías, el aftermath del sofá seguía ahí, palpitando entre nosotros como una herida que nadie se atreve a suturar por miedo a que duela demasiado.

Cada vez que él cambiaba de marcha, yo registraba el movimiento de su antebrazo.

Cada vez que suspiraba, yo contenía la respiración.

Estábamos en una retirada táctica, sí, pero el campo de batalla seguía caliente bajo nuestros pies.

Miré de reojo sus manos sobre el volante.

Estaba apretando el cuero con una fuerza innecesaria.

Vi cómo sus nudillos se volvían blancos y cómo su mandíbula se tensaba hasta que un pequeño músculo empezó a saltar en su mejilla.

Por un segundo, la máscara del androide corporativo se resquebrajó, revelando una frustración tan cruda y tan silenciosa que sentí una punzada de náusea en el estómago.

No era solo yo el que estaba sufriendo una isquemia de sentido común. Él también estaba atrapado. Atrapado en su traje, en su apellido y en el guion de venganza que habíamos escrito juntos para sobrevivir.

—Ya casi llegamos —murmuró, y esta vez hubo una nota de urgencia en su voz, un anhelo por dejarme en mi acera y recuperar su soledad de oro.

Me mordí el labio, mirando obstinadamente hacia el tráfico, dándome cuenta de que en cuanto el semáforo de la fiesta de compromiso se pusiera en verde y la bomba estallara en la cara de Sophia, este espacio compartido desaparecería para siempre.

El tráfico de la autopista 73 era un atasco, un mar de luces rojas de posición que parpadeaban con la cadencia de una arritmia mientras el sol de la mañana, pálido y gélido, intentaba atravesar el vaho de los tubos de escape.

Estábamos atrapados. Literal y figuradamente. El habitáculo del Audi se había convertido en un espacio donde lo único que se podía sentir era el zumbido del motor y el aroma a sándalo de Mark, que se mezclaba con el olor a aire reciclado de la calefacción hasta formar un cóctel neurotóxico.

—He verificado la compatibilidad del archivo —la voz de Mark rompió el estancamiento con la frialdad de un informe de auditoría externa—. El formato MP4 no debería dar problemas con el sistema de proyección del salón. ¿Tienes el pendrive con el respaldo?

Me removí en el asiento, sintiendo el roce de mi suéter contra el cuero, un sonido que en el silencio de la cabina me pareció un estruendo. Tenía las palmas de las manos sudorosas a pesar de que fuera estábamos a cinco grados bajo cero.

—Está cargado. Doble copia. Una encriptada y otra en una carpeta que he llamado "Visuales Boda", para que el técnico de Sophia no sospeche si decide husmear antes de tiempo —mi propia voz sonó como si me la estuvieran arrancando con pinzas de la garganta—.

He configurado el disparo automático para el minuto doce del brindis de tu padre.

Justo cuando mencione lo de "la unión de dos legados".

—Impecable —asintió él, con los ojos clavados en el parachoques del coche de delante—. El técnico de sonido es un profesional independiente que contraté personalmente. No tiene lealtades con la familia de Sophia. Hará lo que le digas en cuanto le des la señal.

—Genial. Todo bajo control. Una operación quirúrgica de demolición matrimonial.

Silencio. Otra vez.

Tías, el nivel de hiperformalidad en la cabina era tan absurdo que casi podía ver las paredes de cristal que Mark había levantado a nuestro alrededor.

No era solo que estuviéramos hablando de logística; era que estábamos usando las palabras como ladrillos para tapiar el sofá de la cabaña, las brasas de la chimenea y el hecho de que mi silencio de anoche había sido el equivalente emocional a pegarle un tiro a un unicornio.

El tráfico avanzó tres metros. Mark soltó el freno y el coche se deslizó con esa suavidad insultante que solo tienen las máquinas diseñadas para gente que nunca ha tenido que preocuparse por el precio del transporte público.

Llegamos a un semáforo en la zona de Laurier, una de esas intersecciones eternas donde el rojo parece una condena a cadena perpetua.

Mark movió la mano derecha desde el volante hacia la consola central, buscando el selector de marchas para poner el coche en Parking . Yo, en un movimiento automático para ajustar la temperatura de mi zona, estiré la mía hacia el panel táctil.

Fue un error de cálculo de milisegundos. Una falla en la coordinación motora provocada por la falta de sueño y un exceso de cortisol.

El dorso de su mano rozó la mía.

No fue un apretón. No fue una caricia. Fue un contacto tangencial, un roce microscópico entre su piel cálida y mis nudillos fríos en el estrecho espacio de la consola de fibra de carbono.

Pero, amigas, si el universo tiene una constante física para el choque de trenes emocional, acaba de manifestarse en mi sistema nervioso.

Sentí una descarga de alto voltaje que me recorrió el brazo, me subió por la nuca y se instaló en la base de mi cerebro como una explosión de supernova.

Fue un impacto térmico. Mi piel registró su calor con la precisión de un sensor infrarrojo, mapeando la textura de su mano y la solidez de sus huesos en una fracción de segundo que se dilató hasta el infinito.