El exprometido de mi hermana 8 Mario Kart y Pizza #2
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8 Mario Kart y Pizza #2

Me quedé paralizado, mirando mis propias manos apoyadas en la alfombra, incapaz de mover un solo músculo por miedo a que el más mínimo roce destruyera el frágil equilibrio de mi cordura.

Estábamos tan cerca que el olor a pepperoni de la pizza se mezclaba con su perfume de sándalo y con el aroma limpio de su piel, creando un cóctel sensorial tan adictivo que mi hipocampo empezó a archivar el momento en la carpeta de "recuerdos que me harán llorar en la ducha durante los próximos cinco años".

—Ryan. —Su voz fue un susurro, una frecuencia baja que me vibró en el esternón y me obligó a levantar la vista.

Giré la cabeza con la lentitud de quien espera que le caiga una viga en la cabeza.

Mark me estaba mirando. La diversión había desaparecido de su rostro, reemplazada por una intensidad focalizada que me hizo sentir físicamente pequeño, vulnerable y asquerosamente expuesto.

Su mirada bajó. Fue un movimiento milimétrico, casi imperceptible, pero yo lo sentí como si me hubiera pasado una cuchilla por la garganta.

Se quedó mirando mis labios.

Sentí un fallo multiorgánico masivo. Mis pulmones se declararon en huelga de brazos caídos, mi corazón inició una serie de arritmias experimentales y mi cerebro lanzó un mensaje de error que bloqueó todas mis funciones cognitivas superiores.

En ese momento, rodeados de cajas de cartón vacías y con la luz azul de la tele proyectando sombras dramáticas en sus pómulos, me di cuenta de la verdad más terrorífica de mi vida.

No quería que esto fuera un plan.

No quería que estuviéramos aquí para vengarnos de Sophia, ni para sembrar pruebas, ni para jugar a los amantes de utilería.

Quería que la pizza fuera real, que la risa fuera real y que la forma en que su hombro presionaba el mío fuera el inicio de algo que no tuviera que esconder en una suite de las afueras bajo un nombre falso.

Quería que él me quisiera sin necesidad de un contrato de destrucción mutua asegurada.

Mark se humedeció los labios y empezó a inclinarse, rompiendo la última barrera de mi espacio personal. Yo cerré los ojos, esperando el impacto, deseando que el universo se detuviera justo ahí, en esa isquemia de sentido común.

Y entonces, el teléfono de Mark, abandonado sobre la cama, empezó a vibrar con una violencia que hizo saltar los pétalos de rosa.

El hechizo explotó como una granada de fragmentación.

Me aparté tan bruscamente que me golpeé la cabeza contra la pata de la mesita de noche, soltando un juramento en arameo que habría escandalizado a una congregación de monjas.

Mark se puso rígido, recuperando su máscara de androide corporativo en un microsegundo, y alargó la mano hacia el aparato con una frialdad que me dejó el alma en carne viva.

Miró la pantalla. Su mandíbula se tensó hasta que vi las venas de su cuello marcarse bajo la luz de la tele.

—Es ella. —Su voz sonó de nuevo como el hielo rompiéndose en un lago congelado.

Me froté la nuca, sintiendo cómo el calor de la vergüenza y el deseo no resuelto me quemaba las entrañas, dándome cuenta de que el "plan" acababa de volver para recordarme que yo solo soy el actor secundario en su tragedia familiar.

Si el sonido de una llamada entrante de tu hermana psicópata a las once de la noche en medio de una suite diseñada para el pecado capital no es la señal definitiva del universo de que tus decisiones vitales han alcanzado un nivel de toxicidad incompatible con la vida, entonces no sé qué putas pruebas necesitáis, amigas.

Me quedé allí, encajado contra la pata de la mesita de noche, con el cuero cabelludo ardiéndome por el impacto y el corazón intentando suicidarse mediante una fibrilación ventricular autoinfligida.

Mark ya no estaba conmigo. O sea, su cuerpo seguía ahí, a centímetros de mis rodillas, pero el hombre que me había mirado los labios con una intensidad capaz de fundir el permafrost de Siberia había sido sustituido, en un puto milisegundo, por el androide de Wall Street con el que Sophia se iba a casar.

Fue una lobotomía emocional en tiempo real.

Él agarró el teléfono y su mandíbula se bloqueó con una rigidez quirúrgica, transformando su rostro en una máscara de mármol frío e impenetrable. Se puso de pie con una elegancia que me hizo sentir como un trozo de basura biodegradable abandonado en la alfombra.

—Sophia.

Su voz. Joder, su voz. No tenía nada que ver con el susurro rasposo que me había vibrado en el esternón hace diez segundos. Era plana. Era profesional. Era la voz de alguien que miente con la misma facilidad con la que respira aire purificado.

Me abracé a mis propias piernas en el suelo, sintiendo una necrosis súbita de mi autoestima.

El contraste me dio un latigazo cervical.

Escuchar cómo le decía que «estaba terminando de revisar unos informes en el hotel de la conferencia» y que «se sentía agotado por las reuniones», mientras yo estaba allí, rodeado de cajas de pizza grasienta y con el sabor metálico del deseo no resuelto quemándome la lengua, fue como si me pasaran un bisturí oxidado por las cuerdas vocales.

Fui un cómplice. Un extra en su película de espionaje. Un puto accesorio táctico.

—Sí, claro. Mañana paso por tu madre antes de ir al departamento. Duerme bien.

Colgó. El silencio que se instaló después del clic fue tan pesado que sentí un colapso alveolar.

Mark se quedó de pie, de espaldas a mí, mirando hacia el ventanal oscuro.

No se movió. No me pidió perdón por el casi-beso ni me preguntó si me había roto el cráneo contra la mesita.

La burbuja de Mario Kart había estallado y el líquido amniótico de nuestra intimidad falsa se estaba secando sobre la alfombra de lujo, dejando un cerco de vergüenza insoportable.

Tías, el síndrome del impostor me estaba gritando al oído que me levantara, cogiera mi mochila y me largara caminando hasta Quebec si hacía falta, pero mis piernas tenían la consistencia de un flan caducado.

—Tenemos que dormir —su voz volvió a ser la de la cafetería, pero con un barniz de fatiga que me impidió odiarlo del todo—. Mañana el rastreador tiene que marcar que salimos de aquí a las siete de la mañana para que la cronología de la «aventura» sea impecable.

Se giró. Evitó mirarme a los ojos, enfocándose en la pila de sábanas de seda blanca y en los putos pétalos de rosa que ahora me parecían el decorado de un funeral de tercera categoría.

Me puse de pie con la agilidad de un octogenario con reuma, sacudiéndome las migajas de pizza de mi suéter de rebajas. La situación era un despropósito clínico. Teníamos que compartir esa cama. La única cama. El instrumento de tortura de dos por dos metros cubierto de flores muertas.

Caminé hacia el baño con la espalda rígida, sintiendo su mirada clavada en mi nuca como un electrodo de alta tensión. Me encerré, me apoyé contra la puerta y cerré los ojos, intentando que mis pulmones recordaran cómo realizar el intercambio gaseoso sin entrar en una crisis de pánico existencial.

Puta seda. Puta Sophia. Puto Mark.

Quince minutos después, tras haberme lavado los dientes con una furia autodestructiva, salí al dormitorio.

Mark ya estaba en la cama. Se había quedado en pantalones de deporte y una camiseta negra, tumbado en el extremo izquierdo, dejando un abismo de colchón entre él y el centro.

Estaba rígido, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho como un caballero templario en su sarcófago.

Me acerqué al borde derecho de la cama con el sigilo de alguien que entra en un campo de minas activo. Me quité los vaqueros y me quedé en ropa interior y camiseta, sintiéndome asquerosamente expuesto bajo la iluminación tenue de las lámparas de pared.

Me deslicé bajo el edredón.

El tacto de la seda blanca contra mi piel fue un choque térmico.

Estaba fría. Era una superficie gélida y resbaladiza que subrayaba nuestra soledad compartida.

Me quedé en el borde mismo del colchón, de lado, dándole la espalda, con el cuerpo tan tenso que juraría que mis tendones estaban a punto de emitir un chasquido sónico.

El silencio en la suite era absoluto, roto solo por el zumbido imperceptible del aire acondicionado y el sonido de nuestras respiraciones intentando sincronizarse sin permiso.

Amigas, si creéis que podéis ignorar la presencia de un hombre de ochenta y cinco kilos de músculo y conflictos no resueltos a sesenta centímetros de vuestra columna vertebral, es que nunca habéis sufrido una isquemia de sentido común.

Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una radiación infrarroja que atravesaba el espacio vacío y me golpeaba en los omóplatos.

Podía oler su perfume —el sándalo de mil dólares mezclado con el olor limpio de las sábanas— y el aire se me antojaba espeso, saturado de partículas de todo lo que no nos habíamos dicho antes de que el iPhone de las narices nos devolviera a la Tierra.

Me mordí el labio inferior, clavando las uñas en la almohada de plumón.

Estaba imaginando la curva de su espalda bajo la camiseta negra. Estaba analizando cada puto milímetro del "plan" y dándome cuenta de que me importaba una mierda la venganza. Me importaba una mierda Sophia y sus cuernos en el motel.

Solo quería que él se moviera. Que rompiera la frontera invisible de la seda. Que su mano buscara la mía en medio de ese océano de blanco inmaculado y que me dijera que lo de hace un rato no fue una alucinación provocada por el exceso de carbohidratos.

Pero Mark no se movió. Se mantuvo como una estatua de sal, atrapado en su propia armadura corporativa, fingiendo un sueño que ninguno de los dos iba a alcanzar en toda la puta noche.

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo una lágrima de frustración pura picándome en el lagrimal derecho, y me obligué a inhalar el aroma a lavanda de la almohada hasta que me mareé.

Mañana volveríamos a la ciudad. Mañana volveríamos a ser el hermano del monstruo y el prometido engañado. Mañana la coartada seguiría su curso y yo seguiría siendo el idiota que se enamoró del hombre equivocado en el lugar más ridículo del planeta.

Mañana me muero.