9 La cabaña del lago helado
Una “casita rústica”… Esto era una mansión de cedro en medio de la nada. Joder con Mark. Joder con Mark y su forma de cargar leña como si fuera un modelo de un anuncio de perfumes.
—Ryan, deja de mirar esa esquina como si esperaras que apareciera el asesino de la motosierra y ayúdame con esto si no quieres que muramos de hipotermia antes de que anochezca.
Me sobresalté, sintiendo una isquemia de sentido común al ver a Mark arrodillado frente a la inmensa chimenea de piedra que dominaba el salón.
Se había quitado el abrigo de lana, quedándose con un jersey de punto grueso color marengo que se ajustaba a sus hombros con una precisión quirúrgica, y estaba peleándose con un tronco de pino como si fuera un contrato de fusión hostil que se negaba a firmar.
Caminé hacia él, con las botas resonando sobre el suelo de madera vieja con un estruendo que en mi cabeza sonaba a profanación de santuario.
—A ver, príncipe heredero, ¿me estás diciendo que en el manual de instrucciones para heredar un imperio financiero no incluyeron un capítulo sobre cómo no morir congelado en tu propio retiro espiritual?
—me crucé de brazos, intentando ignorar que mi corazón estaba intentando ejecutar una maniobra de reanimación cardiopulmonar autoinfligida solo por estar a menos de un metro de él—.
Porque veo mucha voluntad corporativa, pero cero técnica de combustión básica.
Mark levantó la vista. Las llamas que aún no existían en la chimenea parecían estar ya ardiendo en sus ojos oscuros, esas putas pupilas con esquirlas de obsidiana que me estaban provocando una necrosis neuronal desde aquel café en Petit-Champlain.
Tenía una mancha de hollín en el pómulo derecho y el pelo, por fin, despojado de cualquier rastro de orden, lo que le daba un aire de «superviviente sexy» que debería ser ilegal en cualquier jurisdicción civilizada.
—La última vez que estuve aquí tenía doce años y mi abuelo se encargaba de todo lo que implicara fuego o herramientas —admitió, y el tono de su voz, libre de la acústica de cristal y acero de la ciudad, sonó más profundo, más rasposo, como si el bosque estuviera filtrándose en sus cuerdas vocales—.
El encendedor no funciona y creo que el papel de periódico está húmedo.
Suspiré, un sonido que salió más como un quejido de agotamiento existencial que de verdadera molestia, y me dejé caer de rodillas a su lado.
El espacio personal es un concepto fascinante, amigas, una frontera invisible que los humanos construimos para fingir que somos seres autónomos e independientes, pero en el momento en que mis vaqueros rozaron la lana de su pantalón, esa frontera sufrió un bombardeo termonuclear.
Pude sentir el calor que emanaba de su pierna, una radiación térmica que me atravesó la epidermis y me puso los neurotransmisores a bailar el chachachá.
Olía a pino viejo, a polvo y a ese sándalo persistente que ya era el hilo conductor de todas mis pesadillas eróticas.
—Apártate un poco, que vas a asfixiar la poca dignidad que le queda a esa chispa —murmuré, aunque mi propia voz sonó como si me estuvieran estrangulando con una bufanda de seda.
Mark no se apartó. De hecho, se inclinó más hacia mí para ver cómo yo empezaba a colocar las astillas de madera seca en forma de pirámide, una técnica que mi padre me enseñó cuando yo aún creía que mi hermana era un ser humano y no un experimento fallido de laboratorio.
Nuestros hombros chocaron. Fue un contacto breve, una fricción de milisegundos, pero sentí una descarga eléctrica de doscientos voltios que me recorrió la columna vertebral de abajo arriba, terminando en un síncope de mi capacidad de razonamiento lógico.
—Tienes las manos congeladas, Ryan.
Antes de que pudiera procesar la señal de alarma de mi lóbulo frontal, Mark soltó el tronco y envolvió mis manos con las suyas.
Sus palmas eran grandes, calientes y tenían esa textura de la gente que no sabe lo que es fregar un plato pero que sabe exactamente cómo ejercer la presión justa para que te olvides de tu propio nombre y apellidos.
Sentí un fallo multiorgánico fulminante.
El aire en la cabaña, que hace un minuto era un bloque de hielo ártico, se convirtió en una nube de vapor denso que me obstruyó los alvéolos.
Me quedé mirando nuestras manos entrelazadas sobre las cenizas frías, con el pulso martilleando en mis orejas tan fuerte que juraría que el lago helado de fuera estaba empezando a resquebrajarse por la vibración.
—Estoy... estoy bien —mentí, y la palabra salió con la consistencia de un ladrillo de adobe—. Solo... solo necesito encender el fuego.
Mark no me soltó. Me apretó los dedos un segundo más, una eternidad de tres latidos que me provocó una arritmia maligna, antes de retirar las manos con una lentitud que me supo a provocación deliberada.
—Haz los honores, entonces.
Saqué mi propio encendedor del bolsillo de la campera, con los dedos temblando de una forma tan patética que me dieron ganas de pedirle al universo un aneurisma preventivo para terminar con la humillación.
Acerqué la llama a la base de la pirámide de madera.
El papel seco empezó a chisporrotear, un sonido pequeño y valiente en medio del silencio ensordecedor del bosque que nos rodeaba.
Y fue entonces cuando el horror millennial se materializó en mi bolsillo.
Saqué el teléfono de forma instintiva, buscando la dosis de dopamina diaria de la destrucción ajena —o sea, ver dónde estaba Sophia— y me encontré con la visión más terrorífica de mi vida adulta:
«Sin servicio». Cero barras. Nada. El vacío abisal de las telecomunicaciones. Una pantalla en blanco que me anunciaba que el cordón umbilical con nuestra venganza se había cortado.
—Mark —susurré, sintiendo cómo se me secaba la boca mientras las primeras llamas reales empezaban a lamer los troncos de pino—. No hay señal. No hay internet. No hay GPS.
Él se echó hacia atrás, apoyando el peso en sus manos sobre la alfombra polvorienta, y miró el fuego que empezaba a crecer, iluminando su mandíbula perfecta con un resplandor naranja que me dio ganas de llorar de pura impotencia estética.
—Lo sé —respondió con una calma que me pareció una traición personal—. Es el retiro perfecto, ¿no crees? Nadie puede localizarnos. Ni Sophia, ni mis padres, ni el resto del mundo.
Me quedé helado, a pesar de que el calor de la chimenea ya empezaba a acariciarme la cara. La realización me golpeó con la fuerza de un trauma craneoencefálico: estábamos solos. Sin guion, sin actualizaciones en tiempo real del engaño de mi hermana, sin el escudo protector de las pantallas.
Solo quedábamos el hombre que me había frotado las manos para calentarme y yo, atrapados en una burbuja de madera y silencio donde mis mecanismos de defensa no tenían donde esconderse.
El plan de “venganza” se había ido al puto carajo en el momento en que cruzamos el umbral de la cabaña.
Sin señal de celular y con el silencio de la montaña presionando contra los cristales, ya no éramos el millonario traicionado y el hermano resentido.
Éramos solo dos tíos en una burbuja de madera, intentando fingir que jugar a una consola portátil con los dedos todavía entumecidos por el frío era una actividad normal de «colegas de conspiración».
Llevábamos diez minutos en un silencio que ya no era cómodo, sino denso, pastoso, cargado de una electricidad estática que me ponía los pelos de la nuca como escarpias.
—Mi madre ya tiene diseñado el menú del ensayo de la boda —soltó Mark de repente, sin apartar la vista de la pantalla, aunque juraría que su personaje llevaba tres minutos chocando contra una pared virtual—.
Consomé de langosta, pato a la naranja y un vino que cuesta más que mi primer coche.
Todo está decidido, Ryan. Mi vida ha sido una sucesión de platos caros y conversaciones sobre fondos de inversión que me importan una puta mierda.
Me removí en el sofá, sintiendo el roce de mi hombro contra su jersey de lana. El calor que emanaba de él era como una estufa de alta gama que me estaba friendo los neurotransmisores.
—Al menos alguien se molestó en escribirte un guion —mascullé, clavando las uñas en el mando de plástico—.
En mi casa, el guion era una biografía de Sophia en tres tomos y yo era el error tipográfico en la nota al pie de la página cuatrocientos.
Ser el hijo invisible tiene sus ventajas, Mark.
Nadie espera que seas el heredero de nada, así que puedes dedicarte a corregir ensayos mediocres de Sartre a las dos de la mañana sin que nadie llame a un consejo de administración.
Mark soltó una risa seca, un sonido rasposo que me vibró directamente en el esternón.
—A veces preferiría ser invisible antes que ser un puto maniquí de escaparate.
He pasado treinta años intentando no decepcionar a gente que solo me quiere si el traje me queda impecable y si mi cuenta bancaria sigue la curva ascendente.
Sophia solo era la última pieza de ese rompecabezas perfecto.
La pieza que se suponía que debía sellar el trato.
Se hizo el silencio de nuevo. Pero esta vez fue diferente. Un silencio quirúrgico que diseccionó el aire entre nosotros.
De repente, la música de 8 bits del videojuego me pareció un insulto a la gravedad del momento.
Mark apretó el botón de pausa. El silencio que siguió fue tan violento que sentí una isquemia en el tímpano izquierdo.
Solo quedaba el crujido de la leña — crack, pop — y el silbido del viento de abril golpeando las paredes de cedro.
Mark dejó la consola sobre la mesa de centro y se giró lentamente.