8 Mario Kart y Pizza
A ver, que yo acepté participar en este heist emocional contra mi hermana psicópata porque tengo un complejo de mártir no diagnosticado y porque Mark me mira como si yo fuera alguien que por fin entiende, pero nadie me advirtió de que la "coartada del fin de semana" implicaba pernoctar en una habitación de hotel.
Me quedé clavado en la alfombra, que era tan mullida y obscenamente suave que temía que si daba un paso más, las fibras me succionaran los tobillos y me convirtieran en parte del mobiliario de lujo.
El aire estaba saturado con un aroma a jabones orgánicos y aceites esenciales que me estaba provocando una vasodilatación craneal inmediata.
Era un olor a "relajación obligatoria" que a mí, personalmente, me producía el mismo efecto que un shock anafiláctico.
Mark cerró la puerta a mis espaldas con un clic sordo, seco y definitivo que resonó en la base de mi cráneo como la guillotina de la decencia cayendo sobre mi cuello.
—Es el concepto del hotel, Ryan. "Intimidad rústica urbana" —su voz era una frecuencia grave que vibró en la madera de las paredes y que me hizo apretar los dientes hasta que el esmalte crujió.
Se movió por la suite con esa seguridad perezosa de los que no tienen que pedir permiso para existir, dejando su maleta de cuero en un rincón como si estuviéramos en un viaje de negocios aburrido y no en una puta incubadora de hormonas.
Yo, en cambio, seguía aferrado a mi mochila de lona como si fuera un escudo antibalas.
Escaneé el entorno con la precisión de un perito forense buscando pruebas de un crimen inminente.
La suite era un despliegue de obscenidad estética: paredes de piedra vista, chimenea eléctrica encendida en un modo "brasa seductora" y una bañera exenta de patas doradas situada peligrosamente cerca de la zona de estar.
Pero el verdadero problema, la anomalía en la matriz que me estaba provocando una isquemia en el sentido de la lógica, estaba en el centro de la habitación.
La cama.
Era inmensa, capaz de albergar a una familia de cinco personas y a sus mascotas, pero para mi cerebro hipervigilante, ese espacio se reducía a un campo de batalla de apenas dos metros cuadrados donde la neutralidad era una fantasía delulu .
Y lo peor, amigas. Lo putopeor.
Había pétalos de rosa. Pétalos de rosa rojos desparramados con una simetría sádica sobre el edredón de plumón.
—Hay... hay flores en el sitio donde se supone que tengo que depositar mi cadáver esta noche —señalé el centro del colchón con un dedo trémulo, sintiendo cómo el ácido clorhídrico de la ansiedad me perforaba las paredes del estómago—.
Mark, hay pétalos. Muchos pétalos. Mi sistema inmunológico no está preparado para procesar este nivel de "cliché de luna de miel" sin entrar en una parada cardiorrespiratoria por puro cringe .
Mark se acercó a la cama. Se quitó el abrigo de lana, revelando un jersey de cachemira que se ajustaba a sus hombros de una forma que debería ser ilegal en al menos cuarenta estados, y miró las flores con la misma indiferencia con la que revisaría un informe trimestral de pérdidas y ganancias.
—Venía con el paquete de "Escapada Romántica Secreta". Si queremos que Sophia se crea que estoy perdiendo la cabeza por alguien, la reserva tenía que ser específica.
—¿Y el paquete no incluía una segunda cama o, no sé, un sofá que no pareciera un instrumento de tortura erótica?
—me crucé de brazos, pegando la espalda contra la pared de piedra fría para intentar bajar la temperatura de mis mejillas, que ahora mismo debían de ser visibles desde un satélite meteorológico.
Él se giró lentamente. La luz tenue de la habitación se filtraba en sus ojos, resaltando esas vetas de obsidiana que me estaban arruinando la vida desde la cafetería de Petit-Champlain.
Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio aéreo con una calma que me pareció una declaración de guerra biológica.
—El hotel está completo, Ryan. Es fin de semana de esquí en las afueras.
—Se detuvo a una distancia que me permitía notar el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que el aire acondicionado del hotel era incapaz de neutralizar—.
Además, se supone que somos amantes. Los amantes no duermen en camas separadas en las fotos que Sophia va a ver en el registro del hotel.
Tragué saliva, sintiendo el nudo de alambre de espino en mi laringe. El subtexto de su voz tenía una textura espesa, algo que mi cerebro intentó catalogar como "pragmatismo ejecutivo" mientras mi hipotálamo gritaba "peligro, huida, colapso de sistema".
—Ya. La coherencia narrativa —mascullé, desviando la mirada hacia una vela que olía a vainilla y a pecado capital—. Muy profesional por tu parte. Diez de diez en la auditoría de la infidelidad ficticia.
Me separé de la pared con la elegancia de un ciervo recién nacido intentando caminar sobre hielo, y me dirigí al ventanal para evitar el contacto visual.
Fuera, la noche de las afueras de Quebec era un manto negro salpicado de luces distantes.
Dentro, el silencio era tan pesado que podía escuchar mi propia arritmia marcando el ritmo de un desastre anunciado.
—Voy a pedir una pizza —solté de golpe, rompiendo el hechizo de lavanda antes de que mis pulmones se olvidaran de cómo realizar el intercambio gaseoso—.
Y voy a conectar la Switch a esa Smart TV de mil pulgadas.
No pienso pasar ni un segundo más analizando la textura de estos pétalos de los cojones.
Mark soltó una risa corta, una de esas que le vibraban en el esternón y que me provocaban una isquemia de sentido común cada vez que las escuchaba.
—Pide doble de queso, Ryan. Si vamos a arruinar el ambiente romántico de esta suite de quinientos euros, hagámoslo con clase.
Me alejé hacia el minibar, sintiendo cómo el pulso se me estabilizaba —un poco, solo un poco— gracias al escudo protector de la comida grasienta y los videojuegos. Pero mientras sacaba mi consola de la mochila, no pude evitar echar un vistazo de reojo a la cama.
Dormir con él. A su lado. Bajo el mismo edredón de seda. Joooder.
Porque a ver, el plan original de Mark era que pareciéramos dos amantes clandestinos consumidos por la pasión prohibida en un hotel de las afueras, pero a los cuarenta minutos de estar allí, el aura de romance de alto presupuesto se había ido por el puto sumidero de la bañera de patas doradas, sustituido por el olor glorioso a carbohidratos baratos y el sonido histérico de la sintonía del Mario Kart retumbando en los altavoces de la Smart TV de mil pulgadas.
No sé en qué momento mi cerebro decidió que esta era la mejor forma de procesar el trauma de tener que dormir con el prometido de mi hermana, pero ahí estábamos: Mark se había quitado el jersey de cachemira —dejándome a solas con su camiseta blanca de algodón que se pegaba a su espalda de una forma que debería ser considerada un crimen contra la salud pública— y yo estaba intentando no atragantarme con un trozo de corteza mientras mi personaje, Toad, derrapaba peligrosamente en la Senda del Arcoíris.
—¡Coño, Mark! ¡No me lances más caparazones rojos! —Grité, apretando el mando de la Switch con tanta fuerza que mis nudillos emitieron un crujido.
Mark no respondió con palabras, porque al parecer el "androide de Wall Street" se convierte en un depredador alfa sediento de sangre en cuanto le pones un mando en las manos. Soltó una risa ronca, una de esas que me provocaban una isquemia en el lóbulo temporal, y apretó el botón.
El caparazón rojo impactó en mi trasero virtual. Toad salió volando por los aires. Mark me adelantó en la última curva con su Bowser, cruzando la meta con una suficiencia que me dio ganas de lanzarle la caja de la pizza a la cabeza.
—¡Tramposo! ¡Especulador!—Bufé, dejándome caer hacia atrás, con la espalda golpeando el borde del colchón de seda de la cama gigante.
—Se llama estrategia, Ryan. Deberías aprender a leer las señales antes de que te pasen por encima.
—Mark se giró hacia mí, todavía sentado en el suelo, con el rostro iluminado por el resplandor azul de la pantalla que hacía que sus ojos parecieran dos pozos de petróleo en llamas.
Estaba despeinado, sudoroso por la competitividad absurda y sonriendo de una forma que me hizo sentir un síncope vagal en la base de la nuca.
—Te odio. Te odio. —Alcé las cejas, intentando que mi respiración no delatara que mi ritmo cardíaco estaba superando las doscientas pulsaciones por minuto por razones que no tenían nada que ver con el juego.
—No me odias. Estás frustrado porque no ganas ni una partida. —Él soltó otra carcajada y, en un arrebato de euforia ganadora, me dio un empujón juguetón en el hombro.
Fue un error táctico. El putopeor de los escenarios.
La alfombra era demasiado suave, mi centro de gravedad estaba comprometido por la pizza y la inercia hizo el resto.
En lugar de simplemente tambalearme, me resbalé hacia un lado, y Mark, en un intento instintivo de "salvarme" de una caída de cinco centímetros, se inclinó hacia adelante y me agarró del brazo.
Terminamos apoyados el uno contra el otro, hombro con hombro, costilla contra costilla, encajados en el pequeño espacio entre la cama y la mesita de noche.
El silencio que cayó sobre la habitación fue tan denso que juraría que podías pesarlo en una báscula industrial.
La música del juego seguía sonando de fondo, una melodía electrónica feliz e incongruente que solo servía para subrayar la gravedad de lo que estaba pasando en el suelo.
Pude sentir el calor abrasador que emanaba de su brazo atravesando mi manga, una temperatura de fusión nuclear que me estaba friendo los neurotransmisores uno por uno.
Mark no se apartó. De hecho, sentí cómo su respiración, todavía agitada por la risa, me rozaba el cuello, enviando una descarga eléctrica directamente a mi médula espinal que me dejó las articulaciones en estado de necrosis funcional.