El exprometido de mi hermana 6 El apartamento de Mark #2
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6 El apartamento de Mark #2

Sophia apretó los labios hasta que su labial rojo carísimo formó una línea de sangre seca. Se puso de pie con una rigidez que me recordó a las villanas de las telenovelas que veía mi abuela, dejando la copa sobre la mesa de mármol con un golpe seco que resonó en todo el apartamento.

—Me voy a la cama. No pienso quedarme aquí escuchando cómo idealizas el estilo de vida de un muerto de hambre solo para llevarme la contraria. Arreglad el puto Wi-Fi y aseguraos de que mañana no tenga que usar mis datos para mi reunión de la mañana.

Caminó hacia el pasillo de los dormitorios, sus pasos marcando un ritmo militar sobre el parqué, y no se detuvo hasta que el sonido de una puerta cerrándose violentamente selló el silencio de la sala.

Me quedé allí, inmóvil, con los dedos todavía enredados en un cable Ethernet, esperando a que Mark se apartara, a que la "actuación" terminara y volviéramos a ser el millonario y el profesor asistente con síndrome del impostor.

Pero no pasó.

Mark exhaló un suspiro largo, un sonido que no tenía nada de teatral y sí mucho de agotamiento crónico, y entonces ocurrió el putopeor de los escenarios.

Su mano bajó. No fue un roce accidental. Fue un movimiento deliberado y pesado. Su palma se cerró sobre mi hombro derecho, apretando con una firmeza que me obligó a soltar el cable. Sus dedos, largos y calientes, se hundieron en el tejido de mi suéter, buscando el contacto con el músculo tenso.

Sentí una descarga eléctrica que me recorrió toda la columna vertebral, una arritmia fulminante que me dejó sin aire.

—Gracias por soportar esto, Ryan —susurró, inclinándose tanto que su aliento, con ese rastro metálico del frío de fuera, me acarició el lóbulo de la oreja—. Sé que es un infierno estar en la misma habitación que ella. Gracias por no dejarme solo en este teatro.

Me quedé paralizado, con la barbilla casi pegada al pecho, sintiendo cómo mi cara alcanzaba temperaturas de fusión nuclear. El subtexto de su voz no era de "aliado". Era de alguien que acaba de encontrar un refugio en medio de un bombardeo y que se niega a soltar el ancla.

—Es... es solo un router, Mark —logré articular, aunque mi voz sonó como si me estuvieran estrangulando con un cordón de zapato—. Forma parte del trato. La venganza y todo eso.

Mark me dio un apretón final en el hombro, un gesto tan protector, tan íntimo y tan jodidamente real que sentí cómo se me rompía la última costura de mi armadura de cinismo. No era un actor dándome una señal en el escenario. Era un hombre dándome las gracias por existir.

Me soltó bruscamente, como si él también se hubiera quemado con el contacto, y dio un paso atrás.

—Mañana a las siete. Petit-Champlain. No llegues tarde.

Se dio la vuelta y se dirigió a su despacho sin mirar atrás, dejándome allí, arrodillado frente a una torre de tecnología de lujo, con el hombro ardiendo y la absoluta certeza de que mi corazón acababa de cometer una traición de la que no iba a poder recuperarse en esta vida ni en la siguiente.

Estoy jodidamente muerto.

Me quedé allí, arrodillado frente al router de tres mil dólares como si fuera un altar pagano, con el hombro derecho emitiendo una radiación térmica que juraría que era visible en el espectro infrarrojo y el corazón intentando salirse de mi caja torácica para pedir asilo político en el departamento de al lado.

¿Habéis sentido alguna vez esa isquemia del sentido común donde el cerebro se queda en blanco, pero el cuerpo registra el peso de una mano como si fuera una quemadura de tercer grado que te marca la identidad para siempre? Pues eso.

Recogí mis cables con las manos tan temblorosas que casi provoco un cortocircuito real en el sistema domótico de la casa, y es que, amigas, una cosa es ser el cómplice en una guerra psicológica contra tu hermana psicópata y otra muy distinta es que el «general» de la operación te susurre al oído con una voz que suena a bourbon caro y a secretos peligrosos mientras te aprieta el músculo como si fueras su única ancla en medio de un naufragio.

Me puse de pie de un salto, sintiendo una necrosis de la lógica que me impedía incluso respirar con normalidad. Tenía que salir de allí. Ya.

—¡Ryan! —El grito de Sophia desde el pasillo me clavó un bisturí de adrenalina en la nuca.

Apareció envuelta en su bata de seda, con la cara roja de una furia que no lograba ocultar ni con todas las cremas de noche del hemisferio norte, y se detuvo a dos metros de mí, escaneando el salón vacío con los ojos entrecerrados.

—¿Dónde está Mark? ¿Qué te ha dicho? ¿Por qué se ha ido así?

Cerré mi mochila con un movimiento brusco, evitando mirarla directamente porque me aterraba que pudiera oler el perfume de Mark pegado a mi suéter o, putopeor, que viera en mis pupilas dilatadas que su prometido me acababa de hacer un reset de fábrica emocional.

—Se ha ido a trabajar, Sophia. Al parecer, algunos tenemos responsabilidades que no implican elegir el tono exacto de blanco para un banquete —me colgué la mochila al hombro, notando cómo la correa rozaba exactamente el punto donde sus dedos habían estado hace un minuto—.

El Wi-Fi ya está configurado. Disfruta de tus series de reformas antes de que la realidad te reforme a ti.

—Eres un imbécil prepotente —cruzó los brazos, bloqueándome el paso hacia la puerta con esa actitud de «niña dorada» que me ha provocado úlceras gástricas desde 1998—.

Algo trama con vosotros. Le habéis comido la cabeza con vuestras mierdas de clase obrera y tecnología de segunda mano.

Me huele a traición, Ryan. Y tú siempre has sido un pésimo mentiroso.

Me obligué a soltar una carcajada cínica, una de esas que uso para ocultar que mis entrañas están sufriendo una isquemia por puro pánico.

—La única traición aquí es que te hayas creído que alguien como Mark puede soportar tu conversación sobre fillers y detox durante más de diez minutos sin querer tirarse por el balcón —la esquivé con un paso lateral, abriendo la puerta principal con una urgencia que rozaba el patetismo—.

Mañana te mando la factura del soporte técnico. Es cara. Como todo lo que te gusta.

No esperé respuesta. Salí al pasillo del rellano y caminé hacia el ascensor como si estuviera huyendo de una explosión nuclear, pulsando el botón de bajada con tanta fuerza que casi me rompo una uña.

Las puertas de acero cepillado se cerraron con un susurro neumático y, por fin, me quedé solo.

Me apoyé contra la pared de espejo del ascensor, cerrando los ojos mientras sentía el descenso vertiginoso en la boca del estómago.

El aire acondicionado del cubículo estaba helado, pero yo seguía hirviendo.

Me llevé la mano izquierda al hombro derecho, tocando la tela del suéter por encima de donde Mark me había apretado.

«Gracias por no dejarme solo en este teatro».

La frase se repetía en mi hipocampo en un bucle infinito y tortuoso.

No era una frase del guion. No era parte del fake dating vengativo que habíamos diseñado para destruir el ego de Sophia.

Era una grieta. Una puta filtración de humanidad en medio de su armadura de Tom Ford que me había dejado más shook que ver un final de temporada de Grey's Anatomy sin previo aviso.

Me miré en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y el pelo hecho un desastre por haberme pasado la mano por la cabeza mil veces. Parecía una víctima de un síncope romántico de baja intensidad.

—Contrólate, Ryan —susurré, y mi voz rebotó en el metal del ascensor, sonando patética y desesperada—. Es un plan. Es una herramienta táctica. No es un puto momento cozy de película independiente.

Pero mi hombro no estaba de acuerdo. Mi hombro seguía palpitando con un calor fantasma, una marca de propiedad táctica que me recordaba que, aunque estuviéramos jugando a ser amantes para engañar a una narcisista, mi cuerpo ya no sabía distinguir entre la actuación y la hemorragia interna que me estaba provocando su cercanía.

El ascensor llegó a la planta baja con un ding que sonó como una sentencia de muerte.

Salí al vestíbulo de mármol, recibiendo el frío gélido de la noche de Quebec que se filtraba por la puerta giratoria.

Era un alivio. Necesitaba que el aire a menos quince grados me congelara las ideas y me recordara quién soy: el hermano invisible, el profesor asistente con síndrome del impostor, el tipo que no tiene nada que hacer en el mundo de los áticos de lujo y las sábanas de mil hilos.

Mañana sería la vigilancia. Mañana tendríamos que encerrarnos en un coche durante horas para espiar a Sophia. Mañana el roce no sería de tres segundos, sino de toda una noche de proximidad forzada.

Y lo putopeor, amigas, lo que de verdad me daba ganas de meterme en un búnker y no salir hasta 2030, es que una parte de mí —la parte que ya tiene metástasis de Mark— estaba contando los segundos para que empezara la tortura.