El exprometido de mi hermana 6 El apartamento de Mark
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6 El apartamento de Mark

Si alguna vez habéis sentido la imperiosa necesidad de que un rayo os desintegre para no tener que cruzar el umbral de un edificio, entonces entenderéis por qué yo estaba bombeando adrenalina como si estuviera a punto de saltar de un avión sin paracaídas.

El ascensor del edificio de Mark es una puta cámara de privación sensorial revestida de espejo y acero cepillado que sube tan rápido y tan silenciosamente que sientes cómo tus tímpanos se rinden y tus órganos internos deciden reubicarse en el piso de arriba por pura inercia.

Me miré en el reflejo, intentando ignorar que mi suéter de rebajas de Zara parecía una bayeta de cocina al lado del mármol del rellano, y apreté la bolsa de la boutique contra mi costado, sintiendo el cartón grueso y el logo dorado como una granada de mano que podía estallar en cualquier momento.

Puto lujo. Puto Quebec de postal. Puto plan de venganza que me obligaba a entrar en el corazón del imperio de mi hermana para sembrar el rastro de una infidelidad inexistente.

El sonido no fue un timbre normal, fue una nota de piano etérea y pretenciosa que pareció vibrar en el aire durante una eternidad antes de que la puerta se abriera con un siseo neumático.

Mark estaba allí.

Llevaba unos pantalones de pinza grises y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos, revelando esos antebrazos que mi cerebro se empeñaba en archivar bajo la etiqueta de «peligro biológico para mi castidad».

Sus ojos oscuros me recorrieron en un microsegundo, captando el pánico en mis pupilas y el temblor casi imperceptible de mis manos, y por un momento, solo un puto momento, vi una chispa de complicidad que me devolvió el ritmo cardíaco a la normalidad.

—Ryan. Qué bien que llegas. La red está caída otra vez y ya sabes que Sophia no soporta que Netflix se detenga —su voz era un bálsamo de control ejecutivo, tan convincente que casi me creí que de verdad venía a arreglar el Wi-Fi.

Me hizo un gesto para que pasara.

El apartamento era exactamente como lo había imaginado: un templo al minimalismo frío y al vacío existencial caro.

Los techos eran altísimos, las paredes de un gris cemento que costaba una fortuna, y los ventanales insonorizados amortiguaban el rugido de la ciudad hasta convertirlo en un murmullo lejano y elegante.

El aire olía a limpieza quirúrgica y a un difusor de aromas de cien pavos que intentaba convencerme de que el pino y el eucalipto eran fragancias naturales y no una construcción social para ricos.

Y allí, en el centro de un sofá de cuero blanco que parecía que te iba a pedir el pasaporte antes de dejarte sentar, estaba ella.

Sophia llevaba un conjunto de seda color esmeralda y sostenía una copa de vino con una uña impecablemente manicurada. Me miró como si fuera una mancha de humedad persistente que el servicio de limpieza no había logrado eliminar.

—¿Ryan? —sus cejas subieron tanto que casi se pierden en el nacimiento del cabello—. Mark, amor, ¿me estás diciendo que no hemos podido contratar a un técnico de verdad de la compañía y tenemos que traer a mi hermano para que toque el router con sus manos de profesor de secundaria?

Bufé, dejando la mochila en el suelo con un golpe que sonó demasiado fuerte en ese silencio de mausoleo. El ácido clorhídrico empezó a burbujear en mi esófago, un recordatorio somático de que mi hermana siempre sabía qué botón apretar para inducirme una isquemia emocional instantánea.

—A ver, Sophia, si quieres puedo irme ahora mismo y dejas de ver tu serie de reformas de casas en alta definición, pero teniendo en cuenta que Mark dice que tu capacidad técnica se limita a apagar y encender el microondas, yo que tú me guardaría el veneno para el próximo cóctel de caridad —me crucé de brazos, sintiendo el sudor frío en la nuca y la adrenalina del "amante falso" dándome una audacia que no me correspondía.

Ella estrechó los ojos. Sus fosas nasales se dilataron. El aire en la sala se volvió tan denso y eléctrico que casi pude sentir el ozono crujiendo entre mis muelas.

—¿Desde cuándo eres experto en redes, Ryan? —se puso de pie con la lentitud de una cobra real—. Porque la última vez que revisé tu currículum, apenas sabías configurar el proyector de tu aula sin causar una crisis de ansiedad a tus alumnos.

Mark dio un paso hacia adelante, interponiéndose sutilmente en mi línea de visión. Su presencia era una masa de gravedad que atraía toda mi atención, obligándome a recordar por qué estaba allí.

—Ryan es el único que entiende el sistema de domótica que instalaron aquí —la voz de Mark era gélida, cortante, un escudo que me envolvió y me hizo sentir, por un segundo, que yo tenía el control de la habitación—.

Y teniendo en cuenta que tú te pasaste la mañana gritándole al servicio al cliente porque no podías conectar tu altavoz inteligente, yo no cuestionaría su presencia.

Sophia bufó, hundiendo de nuevo su cuerpo de seda en el sofá, pero su mirada se quedó fija en la bolsa de la boutique que Mark acababa de quitarme de las manos con una naturalidad pasmosa.

—¿Y eso qué es? —apuntó con el dedo hacia el logo dorado.

Sentí un síncope cardíaco inminente. El plan. El rastro de migas de pan. El puto ticket de mil dólares.

—Nada que te interese, Sophia —Mark dejó la bolsa sobre la encimera de la cocina americana con una indiferencia magistral—. Un encargo para la oficina. Ryan me ayudó a elegirlo porque, a diferencia de algunos, él sabe distinguir entre lo elegante y lo simplemente caro.

La bofetada verbal de Mark dejó a mi hermana muda durante tres segundos gloriosos. Tres segundos en los que yo pude respirar, procesando el hecho de que Mark acababa de validar mi existencia frente a la persona que llevaba toda la vida intentando borrarla.

Me acerqué al mueble de la televisión, fingiendo interés por los cables, pero mi sistema nervioso era una maraña de cortocircuitos.

Estaba en el territorio enemigo. Estaba a punto de sembrar las pruebas de una aventura con el prometido de mi propia hermana, y el olor a sándalo que emanaba de la bolsa parecía estar impregnando cada molécula de mi propia piel.

Iba a ser una tarde de agonía.

Y lo peor, es que sentía una excitación retorcida y peligrosa latiéndome en las sienes, una necesidad de ver hasta dónde podíamos estirar la farsa antes de que todo saltara por los aires.

Porque a ver, amigas, una cosa es pactar un «plan de ataque psicológico» en una cafetería mugrienta y otra muy distinta es tener que ejecutarlo en el salón de un piso que parece una página del catálogo de Vogue Living , bajo la mirada de una hermana que te analiza de arriba a abajo.

Me arrodillé junto al mueble de la televisión, un bloque de madera negra tan caro que probablemente tenía su propio sistema de seguridad social, y empecé a hurgar en la maraña de cables del router con la desesperación de un cirujano intentando detener una hemorragia en medio de una zona de guerra.

El suelo de cemento pulido estaba helado, enviando una señal de hipotermia directa a mis rodillas, pero era un alivio comparado con el incendio forestal que sentía en la base de la nuca.

—De verdad, Mark, no sé para qué pagas este ático si ni siquiera podéis tener una señal estable —mascullé, clavando las uñas en el plástico del aparato para no girarme y ver cómo Sophia nos diseccionaba desde el sofá.

Sentí el desplazamiento del aire antes de que ocurriera el impacto.

Mark se acercó. Y cuando digo que se acercó, me refiero a que invadió mi espacio personal con la misma sutil autoridad con la que el Imperio Británico invadía colonias en el siglo diecinueve.

Se detuvo justo detrás de mí. Pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo atravesando mi suéter de lana, un contraste térmico que me provocó una vasodilatación periférica instantánea.

Olía a ese perfume de mil pavos, a sándalo y a una seguridad económica que me hacía sentir como si mis propios pulmones estuvieran cometiendo un fraude fiscal solo por respirar el mismo oxígeno que él.

—Es frustrante, ¿verdad? —La voz de Mark vibró directamente en mi coronilla, una frecuencia grave y pastosa que me cortocircuitó el sistema límbico—.

Pero supongo que Ryan y yo tenemos eso en común: nos gusta que las cosas funcionen bajo la superficie, aunque por fuera parezca que todo está bajo control.

Sophia soltó una carcajada que sonó como cristal roto en un callejón oscuro, entornando sus ojos perfectamente delineados mientras jugaba con el tallo de su copa de vino.

—Por favor, Mark. No me digas que ahora tú también vas a ponerte metafórico con los cables.

Ryan solo tiene "cosas en común" con la gente que no tiene aspiraciones reales.

Mi hermano vive en un bucle de mediocridad académica y tú.

.. bueno, tú eres el que paga las facturas de este mausoleo, como él lo llama.

Mark no se movió. No retrocedió ni un milímetro. De hecho, se inclinó un poco más sobre mí, obligándome a encogerme hacia el mueble.

—Quizás es que Ryan es la única persona en esta ciudad que no intenta venderme una versión de sí mismo con filtro de Instagram, Sophia —soltó Mark, y el tono de desprecio gélido en su voz fue tan afilado que me dolió el esternón por pura simpatía—.

Pasamos el otro día horas hablando de hardware y te aseguro que me sentí más estimulado intelectualmente que en los últimos seis meses de galas de compromiso y pruebas de catering.

Tías, sentí una punzada de necrosis tisular en mi orgullo.

Por un lado, Mark me estaba usando como un mazo para golpear la autoestima de mi hermana —un movimiento táctico brillante, diez de diez en el manual de Maquiavelo—, pero por otro lado, escucharlo decir que se sentía "estimulado" conmigo hizo que mi cerebro lanzara una alerta de error 404: Dignidad no encontrada .