El exprometido de mi hermana 5 Sembrando pistas #2
21%

5 Sembrando pistas #2

—Mira esto —su voz me cortó el flujo de pensamientos neuróticos mientras señalaba un frasco de perfume que costaba más que mi coche y probablemente tenía mejor seguro médico—.

Ochocientos dólares por cincuenta mililitros de «esencia de sándalo recolectado por monjes silenciosos».

Es un puto robo a mano armada con música de jazz de fondo.

Me quedé mirando el precio en la pequeña etiqueta de caligrafía perfecta y sentí un síncope financiero.

—Con eso pago mi factura de la luz tres meses, Mark.

Y me sobra para comprar comida que no venga enlatada.

—Me crucé de brazos, intentando recuperar mi máscara de cinismo, aunque por dentro mi cerebro estaba en modo error 404 —.

¿De verdad el plan es que Sophia encuentre una factura de esto?

Va a pensar que te has vuelto loco o que has empezado a invertir en criptomonedas de lujo.

—Sophia piensa que el valor de una persona es directamente proporcional al precio de lo que lleva en el bolso.

Si ve que me gasto esto en «alguien» que no es ella, el cortocircuito será tan épico que podremos verlo desde el espacio.

—Se giró hacia mí y, por un segundo, la máscara de príncipe heredero se le resbaló, revelando un hastío tan real que casi pude tocarlo—.

Créeme, Ryan, pasar toda una vida rodeado de gente que discute el origen de la seda de sus cortinas te fríe las sinapsis.

A veces solo quieres quemarlo todo y ver qué queda entre las cenizas.

Me mordí el labio, evaluando esa grieta en su armadura.

El tipo estaba criticando su propio ecosistema para hacerme sentir menos como un intruso y más como un cómplice.

Era una táctica de manipulación afectiva de manual o, putopeor, era una vulnerabilidad genuina que mi complejo de salvador quería abrazar con la fuerza de una prensa hidráulica.

La dependienta, que seguía orbitando a nuestro alrededor como un buitre con complejo de superioridad, carraspeó, mirándome como si yo fuera una mancha de grasa en un lienzo de lino.

Mark la ignoró de una forma tan olímpica que casi me dio envisión, y luego hizo el movimiento que acabó de dinamitar mi estabilidad neuronal.

Tomó un frasco de prueba de una estantería de ébano, se aplicó una descarga en la parte interna de la muñeca izquierda y, sin soltarme con la otra mano, me atrajo hacia él.

—Huéleme.

Me quedé paralizado. Mi cerebro envió una señal de socorro a mis extremidades, pero mis pies decidieron que estaban echando raíces en la alfombra de cachemira.

—¿Qué? —mi voz salió en un susurro ridículo, una octava por encima de mi dignidad.

—Necesitamos que la historia sea coherente, Ryan.

—Se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude contar las pestañas de sus ojos oscuros, que ahora brillaban con una intensidad que olía a peligro inminente—.

Si Sophia te huele esto el fin de semana, tiene que ser el mismo aroma de la factura.

Acércate. Dime si es «creíble» para una aventura clandestina que te arruina la vida.

Tías, el slow-burn es una tortura china diseñada por alguien que odia la paz mental.

Tuve que inclinarme. No hubo otra opción.

Tuve que invadir su espacio aéreo, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo a través del traje de lana fina, un calor que contrastaba con el frío cortante que seguía pegado a mi abrigo.

Acerqué el rostro a su muñeca. Mark no se movió.

No respiró. De hecho, me di cuenta de que él también estaba conteniendo el aliento, lo cual es una red flag del tamaño de un estadio de fútbol, porque significa que él también es consciente del campo de fuerza estático que nos está friendo los neurotransmisores.

Apoyé mi nariz casi sobre su piel.

Olor a sándalo. Pero no era solo eso. Era el olor de Mark.

Algo limpio, masculino y profundo, mezclado con la calidez natural de su pulso, que yo podía ver latiendo bajo la piel pálida de su muñeca.

Inhalé. Fue una isquemia de sentido común.

Me quedé allí un segundo de más, absorbiendo su aroma como si fuera un narcótico, sintiendo cómo mi corazón iniciaba una arritmia clasista que me golpeaba las costillas.

Estaba tan cerca que podía sentir el roce de su vello del brazo contra mi mejilla, una micro-tensión física que me dejó los cables pelados.

—Es... es demasiado bueno —murmuré, todavía con el rostro pegado a él, incapaz de alejarme—. Huele a problemas federales y a cosas que no puedo permitirme ni en sueños.

—Entonces es perfecto —su voz vibró contra mi frente, grave, áspera, cargada de un subtexto que mi sistema de defensa prefirió catalogar como «alucinación por falta de glucosa».

Me aparté bruscamente, recuperando la distancia focal con la torpeza de un ciervo recién nacido.

Mark me miraba de una forma extraña, una mezcla de triunfo y algo que se parecía sospechosamente a la necesidad, pero antes de que yo pudiera procesar el trauma, la dependienta volvió a la carga, interponiéndose con su presencia de «estatua de sal».

—Señor, esa fragancia es una edición limitada.

Solo para clientes platino. —Miró mi abrigo con una condescendiencia tan afilada que me hizo sentir que mi ropa se estaba desintegrando por pura vergüenza—.

Quizás su amigo prefiera algo de la sección de aguas de colonia de la entrada.

Son más... accesibles para el uso diario.

Sentí el impacto del insulto en la boca del estómago, un golpe seco que me recordó mi lugar en la cadena alimenticia de Quebec.

El cinismo estaba listo para saltar, para escupir una respuesta ácida sobre cómo su "uso diario" consistía en juzgar a la gente para no enfrentarse a su propia vacuidad existencial, pero Mark fue más rápido.

No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Se limitó a poner una mano en la base de mi espalda —un contacto que me provocó un fallo valvular instantáneo— y a mirar a la mujer con una frialdad ejecutiva que me heló la sangre.

—Él no es solo mi amigo. Es la razón por la que voy a comprar tres frascos de este perfume ahora mismo.

Y si vuelve a dirigirse a él con ese tono de superioridad barata, me encargaré personalmente de hablar con el dueño del grupo sobre la calidad de su atención al cliente.

¿He sido lo suficientemente claro o necesito usar palabras de menos de tres sílabas?

La mujer retrocedió, palideciendo hasta alcanzar un tono de blanco hospital.

—Lo... lo siento, Monsieur. Por supuesto. Lo prepararé todo de inmediato.

Se retiró casi corriendo, dejándonos en un silencio que solo era interrumpido por el jazz pretencioso de fondo.

Mark no me quitó la mano de la espalda. La mantuvo allí, un peso sólido y protector que me hacía sentir como si, por primera vez en treinta años, alguien hubiera decidido que yo valía la pena el esfuerzo de una pelea.

Me sentí blindado. Protegido. Una sensación tan ajena y peligrosa que mi cerebro intentó auto-sabotearse de inmediato pensando que esto solo era parte de la «actuación».

No es real, Ryan. Solo está protegiendo su inversión táctica. Eres un accesorio en su venganza, no te pongas delulu.

—No tenías que hacer eso —murmuré, mirando mis botas mojadas sobre la alfombra impoluta.

—Sí tenía. —Se inclinó hacia mí, obligándome a sostenerle la mirada—. Nadie te trata así cuando está conmigo. Nunca.

Me quedé mudo, con el pulso errático y la certeza absoluta de que el plan de venganza contra mi hermana se había convertido en el vehículo más eficiente para mi propia destrucción emocional.

Si creéis que mi estabilidad mental era precaria antes de entrar en ese templo del capitalismo salvaje, deberían haber visto el estado de mis funciones vitales cuando la puerta de cristal se cerró tras nosotros y el aire gélido de Quebec me golpeó la cara como una bofetada de realidad necesaria, porque lo que acababa de pasar ahí dentro no era normal, ni sano, ni remotamente seguro para un corazón que ya tiene suficiente con lidiar con el precio de los alquileres y la existencia de mi hermana.

Caminábamos por la Rue Saint-Jean, y yo sostenía la bolsa de papel grueso, color crema y con un logo dorado tan elegante que sentía que el simple hecho de tocarla con mis manos de clase trabajadora estaba depreciando el valor del objeto.

Me sentía como un extra en un heist de alto presupuesto, pero en lugar de robar diamantes, habíamos comprado armas de destrucción masiva embotelladas.

Me detuve en seco junto a una farola de hierro forjado, ignorando el viento que intentaba arrancarme la piel a tiras, y saqué el pequeño rectángulo de papel térmico que asomaba por el borde de la bolsa.

—A ver, Mark, detén las máquinas un puto segundo —bufé, sintiendo cómo mis pupilas se dilataban hasta alcanzar el tamaño de platillos volantes mientras escaneaba las cifras—. Mil doscientos cuarenta y dos dólares.

Revisé el ticket tres veces. No era un error de impresión. No era una alucinación por hipotermia. Eran tres frascos de perfume y una maldita vela de edición limitada que costaba más que mi primera computadora.

—Mil doscientos pavos por agua con olor a sándalo y una factura que brilla más que mi futuro —el corazón me inició una arritmia tan violenta que pensé que me iba a fracturar el esternón desde dentro—.

Mark, esto es una isquemia cerebral financiera.

Con esto mi padre podría haberse jubilado dos meses antes o yo podría haber pagado la ortodoncia que nunca tuve, pero no, aquí estamos, financiando el estilo de vida de los monjes silenciosos que recolectan maderas exóticas.

Me pasé la mano libre por la cara, sintiendo el calor de la boutique todavía pegado a mis mejillas.

La sensación de sus dedos en mi espalda —esa puta mano que me había blindado frente a la dependienta estirada— seguía vibrando bajo mi ropa, una marca de calor residual que mi cerebro intentaba archivar como «accidente táctico» mientras mis nervios gritaban «error de sistema».

Mark se detuvo a un par de metros y se giró. Se subió el cuello de su abrigo de lana, ocultando la mandíbula, pero no pudo ocultar el brillo en sus ojos.

Y entonces, ocurrió el putopeor de los escenarios.

Mark soltó una carcajada. Una risa corta, ronca y tan genuinamente divertida que el sonido pareció rebotar en las paredes de piedra de los edificios antiguos.

—¿Te estás riendo? —alcé las cejas, agitando el ticket frente a su cara como si fuera una prueba judicial—. Te acaban de atracar legalmente y tú te ríes. Definitivamente el dinero os fríe las sinapsis de forma irreversible.

—Me río de tu cara, Ryan —se acercó un paso, invadiendo de nuevo mi espacio aéreo con esa facilidad pasivo-agresiva de los que están acostumbrados a mandar—.

Pareces un ciervo deslumbrado por los faros de un camión.

Es solo una factura. El precio de la paranoia de Sophia es mucho más alto que mil dólares, créeme.

—Para ti es «solo una factura». Para mí es un trauma generacional —mascullé, aunque la rabia se me estaba desinflando ante la visión de Mark así, con el pelo alborotado por el viento y esa expresión que ya no tenía nada que ver con el androide del Château Frontenac.

Me quedé mirándolo. Puto Mark. Puto traje. Puta forma de ser ridículamente atento cuando no hay nadie de su mundo mirando.

—Quédate con la bolsa —él señaló el paquete con un movimiento de cabeza mientras empezaba a caminar de nuevo hacia el coche—.

El rastro tiene que empezar en tu casa. El fin de semana vendrás al departamento de Sophia y dejas esto «olvidado».

Quiero que ella sienta el olor en el pasillo antes de ver la factura.

Asentí, pero el peso de la bolsa se duplicó de repente.

—Tengo que irme, mis padres esperan que les ayude con la compra —mentí descaradamente, porque necesitaba alejarme de él antes de que mi síndrome del impostor se convirtiera en un síncope—. Mañana... mañana te mando las fotos del «altar de la traición» que monte con los perfumes.

—Perfecto. Mañana.

Se dio la vuelta y se alejó hacia su coche negro, dejándome allí plantado en medio de la nieve acumulada.

Tías, el aftermath es la parte donde mi cerebro debería estar celebrando que tenemos la munición necesaria para destruir a la Niña Dorada, pero en lugar de eso, mi sistema límbico decidió jugarme una mala pasada.

Empecé a caminar hacia la parada del autobús, apretando la bolsa contra mi pecho, y entonces lo noté.

El fantasma del olor.

No era el perfume de la bolsa. Era el aroma que se había quedado pegado a mi abrigo, a mi piel, a la base de mi nariz cuando acerqué el rostro a su muñeca.

Era sándalo, sí, pero mezclado con el calor de su pulso, con el olor metálico del frío de Quebec y con algo que olía exclusivamente a Mark.

Se me instaló en las neuronas, una infección sensorial que no podía purgar por mucho que inhalara el aire helado de la calle.

Iba a pasar días con ese olor en la cabeza. Iba a cerrar los ojos para dormir y mi hipocampo iba a reproducir en bucle el momento en que me defendió de la dependienta, convirtiendo este pacto de venganza en una trampa mortal de la que no tenía ninguna intención de escapar.

Subí al autobús, me senté al fondo junto a la ventana empañada y apoyé la frente contra el cristal vibrante, sintiendo cómo el frío exterior intentaba, sin éxito, apagar el incendio que Mark había provocado en mi caja torácica.