5 Sembrando pistas
Si alguna vez habéis sentido la imperiosa necesidad de que la tierra se abra y las engulla en un despliegue de placas tectónicas misericordiosas solo porque han cometido el error táctico de entrar en un sitio donde el aire huele a esperanzas de millonarios y a aceites esenciales de plantas que probablemente solo crecen en el jardín privado del Papa, entonces entienden mi estado mental actual.
Porque a ver, caminar por el Vieux-Québec bajo una luz de invierno que parece diseñada por un director de fotografía con depresión clínica es una cosa, pero entrar en una boutique de la Rue Saint-Jean de la mano (metafóricamente, por favor, que mi corazón no está para sustos) de un tipo que lleva un reloj que podría financiar tres doctorados en literatura francesa es, directamente, un deporte de riesgo.
Puto frío. Puta nieve. Puto Mark y su insistencia en que para que nuestra pequeña "operación de demolición emocional" funcione, necesitamos que el rastro de migas de pan huela a exclusividad y a derechos sucesorios.
Empujé la puerta de cristal, que pesaba más que mi conciencia después de una noche de carbohidratos prohibidos, y el ecosistema interior me golpeó con la sutileza de una auditoría de Hacienda.
El aire estaba saturado de un aroma abrumador a cuero nuevo, a maderas exóticas importadas de alguna isla que probablemente no aparece en Google Maps y a una limpieza tan aséptica que me hizo preguntarme si mis propios pulmones, acostumbrados al smog y al moho de mi departamento, estaban autorizados para filtrar ese oxígeno de alta gama.
La iluminación era clínica, una luz blanca y perfecta que no dejaba lugar a secretos ni a imperfecciones, destacando cada hilo suelto de mi abrigo —comprado en una liquidación que ahora me parecía un acto de terrorismo estético— y cada mancha de café invisible para el ojo humano pero que aquí brillaba como un faro de mi propia mediocridad.
De fondo, un jazz tan suave y lánguido que parecía que los músicos se estaban quedando dormidos sobre el contrabajo intentaba convencerme de que la vida era bella, porque claro, la vida siempre es bella cuando no tienes que mirar el saldo de tu cuenta corriente antes de pedir un café.
—Ryan, deja de mirar el techo como si esperaras que te cayera una viga encima.
Me sobresalté, o más bien, mis neurotransmisores sufrieron un micro-infarto de miocardio, y me encontré con la mirada de Mark, que estaba allí de pie, perfectamente integrado en la decoración como si fuera un busto neoclásico pero con mejor corte de pelo.
Él no parecía un intruso. Él era el puto dueño del tablero.
Se movía con esa seguridad perezosa de la gente que ha nacido sabiendo que el mundo es un autoservicio gratuito para ellos.
—Solo estoy evaluando las rutas de escape por si el sistema de seguridad detecta que mi balance bancario es inferior al coste de la alfombra —me crucé de brazos, sintiendo cómo el sudor frío empezaba a bajarme por la espalda porque la calefacción estaba puesta a una temperatura que solo los reptiles o la gente muy rica puede disfrutar sin desmayarse—.
¿De verdad tenemos que hacer esto aquí? Sophia usa lociones que huelen a ambientador de coche de lujo, con algo de la sección de ofertas de Sephora bastaría para volverla loca.
—No se trata de la loción, Ryan. Se trata de la factura.
Él no me miró mientras hablaba; sus dedos largos y absurdamente cuidados acariciaban un frasco de cristal oscuro que parecía contener el alma embotellada de un aristócrata.
Yo me mordí el labio, evaluando el ángulo de su mandíbula y esa forma irritante que tiene de tener siempre razón, y fue entonces cuando la vi.
El obstáculo menor. O más bien, la encarnación humana del clasismo sistémico de Quebec.
Una dependienta con un traje negro tan entallado que me pregunté si podía respirar o si se alimentaba por fotosíntesis se materializó desde las sombras de una estantería de ébano.
Llevaba el cabello recogido en un moño tan tenso que sus cejas parecían estar permanentemente sorprendidas por nuestra audacia, y su sonrisa era una línea fina y gélida que se detuvo exactamente a dos metros de mí.
—Bonjour. ¿Necesitan ayuda con algo... específico?
Su mirada me recorrió de arriba abajo con la velocidad de un escáner de alta resolución.
Noté cómo sus ojos se detenían en mis botas, todavía húmedas por la nieve, dejando un rastro patético en su suelo de mármol impoluto.
Luego pasaron por mis vaqueros desgastados y finalmente llegaron a mi cara con una expresión que gritaba "estamos a punto de llamar a seguridad si pides una muestra gratuita".
Me puse rígido. Mis hombros subieron hasta mis orejas en una postura de defensa instintiva, esa que perfeccionas cuando eres el hermano invisible de una "Golden Child" y has aprendido que la mejor forma de no salir herido es volverte de piedra.
—Solo estamos mirando —solté, con un tono más agresivo de lo que pretendía, sintiendo el calor de la vergüenza subiéndome por el cuello como una urticaria social.
La mujer arqueó una ceja, dirigiendo su atención a Mark, que seguía de espaldas, evaluando perfumes con la parsimonia de un emperador.
—Señor, si su... asistente necesita esperar fuera, tenemos un área con calefacción en el pórtico para los acompañantes de servicio. No queremos que la humedad de la nieve dañe el acabado del mobiliario.
Tías, sentí que el diafragma se me subía a la garganta.
¿Área de servicio? ¿Acabado del mobiliario?
Era el puto colmo. Iba a abrir la boca para soltarle una de mis ráfagas de sarcasmo letal, algo que la dejara tan confundida que necesitara terapia de grupo para recuperarse, pero me quedé mudo.
El síndrome del impostor me había anudado la lengua.
Ella tenía razón en su cabeza de estatus: yo no pertenecía aquí. Yo era el error en la foto.
Me di la vuelta para irme, sintiendo la necrosis social en cada paso, cuando una mano grande y cálida se cerró sobre mi antebrazo, justo por encima de la muñeca.
El contacto fue un cortocircuito.
Mark se había girado. No me soltó. Su mano ejercía una presión firme, constante, un anclaje que me impidió salir huyendo como el cobarde neurótico que soy.
Me obligó a quedarme allí, atrapado entre su cuerpo y la mirada de desprecio de la dependienta, y por primera vez en la tarde, lo vi de verdad.
No al Mark de la "venganza", sino al Mark que posee el puto aire que respira.
—Él no es mi asistente —la voz de Mark bajó una octava, volviéndose algo denso, oscuro y peligrosamente tranquilo—.
Él es el que tiene el gusto que nos falta a todos en esta sala.
Y si vuelve a sugerir que espere en el pórtico, tendré que recordarle a su gerente por qué mi familia tiene una cuenta abierta aquí desde antes de que usted aprendiera a deletrear la palabra exclusividad.
La dependienta palideció tanto que pensé que se iba a mimetizar con las paredes de estuco. Sus manos, que antes se entrelazaban con soberbia, empezaron a temblar ligeramente contra su falda.
—Lo siento mucho, Monsieur... no pretendía... la nieve...
—Traiga la línea de maderas nobles. Todas —Mark no la dejó terminar. Ni siquiera le concedió el honor de una mirada airada; la borró con la indiferencia con la que uno quita una mota de polvo de la solapa.
Él se giró hacia mí. No retiró la mano de mi brazo. De hecho, sus dedos se deslizaron unos centímetros hacia abajo, rozando la piel desnuda de mi muñeca en el espacio donde terminaba la manga de mi suéter barato y empezaba mi propia ansiedad.
Sentí su pulso, o quizás era el mío, martilleando contra la base de mi sistema nervioso.
Mark me miraba con una intensidad que no tenía nada que ver con el clasismo o el dinero; era una mirada de "te veo", y por un segundo ridículamente largo, el jazz aburrido y la luz clínica desaparecieron.
Solo quedaba el calor de sus dedos y el hecho aterrador de que me había defendido.
—Ryan, respira. No dejes que la gente con traje de poliéster caro te intimide. Estás conmigo.
Me mordí el labio, incapaz de articular palabra, sintiendo cómo mi armadura de cinismo se desmoronaba bajo la presión de su lealtad no solicitada. Era el putopeor momento para darme cuenta de que me sentía seguro.
Mark me soltó, pero el fantasma de su toque se quedó allí, vibrando.
—Ahora —su tono volvió a ser ligero, casi burlón, mientras señalaba la hilera de frascos que la dependienta empezaba a colocar con manos temblorosas—. Ayúdame a elegir el olor de tu supuesta traición.
El pánico interno no se fue, pero mutó. Ya no era miedo a la dependienta. Era miedo a lo que acababa de sentir en ese microsegundo de protección.
Puto Mark. Puto desastre.
No sé en qué momento exacto de mi cuestionable existencia decidí que era una buena idea meterme voluntariamente en una película de Sofía Coppola pero sin el presupuesto de vestuario ni la banda sonora melancólica.
Ahí estaba yo, de pie en medio de una boutique que olía a «herencia no reclamada» y «evasión fiscal», sintiendo cómo mi sistema inmunológico emocional intentaba lanzar una alerta de nivel cinco porque, a ver, amigas, una cosa es odiar a los ricos desde la comodidad de tu sofá del IKEA y otra muy distinta es tener a uno de ellos defendiéndote frente a una dependienta que tiene el nivel de empatía de un bloque de nitrógeno líquido.
Mark no me soltaba la muñeca. De hecho, su agarre era firme, una isquemia sensorial que me recordaba que, por mucho que yo quisiera fingir que era un observador externo en esta farsa, mis capilares estaban respondiendo a su calor con una vasodilatación periférica que me estaba poniendo la cara del color de un tomate cherry hipertenso.