4 El pacto en Petit-Champlain #3
—Tú me vas a ayudar a comprar las lociones caras.
Tú vas a venir conmigo a cenar a esos restaurantes, y tú vas a ser el ocupante de la segunda habitación en las cabañas de fin de semana que reserve.
—Mark apoyó los codos en la mesa, acorralándome con una lógica aplastante, implacable—.
Si el rastreador de su coche dice que estoy en un hotel en medio de la nada un sábado por la noche, yo estaré allí.
Contigo. Jugando a la consola o bebiendo cervezas o maldiciendo a tu hermana.
Es la coartada perfecta. Sophia jamás buscará en la dirección del chico al que desprecia por usar suéteres de rebajas.
La isquemia transitoria me durmió el brazo izquierdo.
Me estaba pidiendo que fuera su amante de utilería.
Me estaba ofreciendo, en bandeja de plata y bajo la excusa inquebrantable de la venganza familiar, exactamente la puta cosa que mi cerebro reprimido llevaba tres semanas ansiando en la oscuridad de mi habitación: tiempo.
Proximidad. Una burbuja hermética donde pudiéramos existir sin el peso de la etiqueta elitista, riéndonos de la desgracia del mundo mientras mi hermana perdía la maldita cabeza de fondo.
Era un pacto suicida. Y yo estaba deseando firmarlo con mi propia sangre.
—Es... es una locura —mascullé, tragando el nudo de alambre de púas que me obstruía la faringe—. Si nos descubre antes de la fiesta de compromiso, va a usar esto para victimizarse frente a tus padres. Dirá que yo te manipulé. Que todo fue un plan mío para quitarle la vida de rica.
—No nos va a descubrir. —La voz de Mark no dejaba espacio para la duda. Era el tono del CEO tomando el control de la junta directiva, pero filtrado por una lealtad absoluta—. Voy a ser meticuloso, Ryan. Tienes mi palabra.
Nos miramos. El aire cargado de canela y café tostado parecía haberse evaporado de nuestro rincón. Asentí. Un solo movimiento seco de cabeza, sellando el contrato de destrucción mutua asegurada.
—Vamos a volverla loca.
Un camarero con cara de no haber dormido desde el martes apareció de la nada, dejando una pequeña bandeja de metal con el ticket de papel térmico sobre nuestra minúscula mesa.
La ruptura del trance fue inmediata. Moví mi mano derecha hacia el ticket al mismo tiempo que Mark lanzaba la suya.
Nuestros dedos chocaron de lleno sobre el frío metal de la bandeja.
El impacto no fue como el roce accidental de la rodilla, ni como la fricción casual de una manga de traje.
Esta vez fue piel contra piel. La yema de sus dedos, ásperos y sorprendentemente cálidos, se aplastó contra el dorso de mis nudillos.
Una descarga eléctrica de doscientos voltios me atravesó el sistema nervioso periférico, friendo instantáneamente todas mis terminaciones nerviosas.
Retiré la mano con un espasmo tan violento que casi tiro la taza de café al suelo.
Me agarré la muñeca con la mano contraria, sintiendo el pulso latiendo desbocado bajo la piel, incapaz de articular una sola sílaba que no sonara como un gemido de dolor o de pánico.
Mark no parpadeó. Dejó su mano suspendida sobre el ticket durante una fracción de segundo adicional, sus ojos clavados en mis nudillos enrojecidos, antes de deslizar lentamente una tarjeta negra de bordes metálicos sobre el papel.
—Invita el fondo fiduciario.
Su voz sonó más ronca de lo normal. Más baja.
Me puse en pie de un salto, agarrando mi abrigo húmedo con la torpeza de un pulpo en patines, asintiendo espasmódicamente.
Ni siquiera esperé a que el camarero volviera con el datáfono.
Salí disparado hacia la puerta principal de madera de roble, esquivando a tres universitarios y a un perro guía, empujando el tirador de hierro fundido con el hombro para huir de esa puta trampa mortal.
La calle de Petit-Champlain me recibió con una bofetada gélida.
La ventisca había empeorado. El viento helado de Quebec me golpeó la cara, congelando el sudor de mi nuca y obligándome a entrecerrar los ojos contra las ráfagas de nieve.
Inhalé profundamente, llenando mis pulmones de aire a menos veinte grados, intentando sofocar el incendio forestal que se había desatado en mi caja torácica.
La puerta de la cafetería se abrió a mis espaldas, soltando una ráfaga de olor a café y la silueta alta de Mark. Se subió el cuello del abrigo, ocultando la corbata deshecha.
—Te mandaré la dirección del hotel para este fin de semana —dijo, su voz luchando contra el aullido del viento.
Asentí de nuevo, con la mandíbula apretada para que no me castañetearan los dientes.
—Bien. Empieza el juego.
Mark giró sobre sus talones y caminó en dirección contraria, su figura oscura tragada casi de inmediato por la cortina blanca de la tormenta de nieve.
Me quedé de pie junto a un farol de hierro forjado, temblando, y no era por el puto frío.
Miré mis propios dedos, escondiéndolos rápidamente en los bolsillos del abrigo como si estuvieran en llamas. Había aceptado el plan. Había aceptado convertirme en el amante de utilería, el peón en el tablero de ajedrez de su venganza corporativa contra mi hermana.
Pero mientras la nieve se acumulaba en mis pestañas, la negación se desmoronó por completo, aplastada por la hiperconciencia de ese último roce táctil en la mesa.
No estaba haciendo esto por justicia poética.
No lo estaba haciendo para darle una lección de humildad a Sophia ni para equilibrar la balanza kármica de mi familia.
Lo estaba haciendo porque la idea de pasar los fines de semana encerrado con él en una cabaña aislada me producía un terror tan adictivo que estaba dispuesto a dinamitar mi propia vida solo para ver qué pasaba.
La venganza era una excusa. Una coartada perfecta, limpia y justificada para camuflar el hecho irrebatible de que estaba profundamente, irremediablemente y catastróficamente jodido.