El exprometido de mi hermana 4 El pacto en Petit-Champlain #2
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4 El pacto en Petit-Champlain #2

Mark no movió un solo músculo de la cara. El nivel de control facial de este hombre habría aterrorizado a los interrogadores de la KGB.

—Demasiado rápido.

Fruncí el ceño, apretando la taza caliente hasta que me dolieron las yemas de los dedos.

—¿Demasiado rápido? Mark, te está poniendo los cuernos en un puto motel de mala muerte durante su supuesta clase de vinyasa. La destrucción termonuclear inmediata es la única respuesta lógica.

—Si corto el cable ahora, la explosión será enorme, sí.

Llorará, me suplicará, y luego empacará sus cosas de diseñador, adoptará el papel de víctima incomprendida frente a su círculo social y me hará quedar como el villano controlador que revisaba su teléfono.

—Inclinó el torso hacia adelante. La mesa era tan minúscula que el movimiento comprimió nuestro espacio aéreo hasta anularlo.

Tuve que contener la respiración para no inhalar el oxígeno que él acababa de exhalar—.

No quiero que sea rápido, Ryan. Quiero que sea una agonía.

Quiero que pruebe exactamente el mismo veneno de paranoia e inseguridad que me ha estado inyectando a mí en las últimas semanas.

Un escalofrío me bajó por la columna vertebral, helándome el líquido cefalorraquídeo.

Amigas, la furia de los callados, la ira calculada de los que siempre han sido perfectos y contenidos, es mil veces más aterradora y secretamente atractiva que cualquier rabieta.

Ver a este androide corporativo desatar su villano interior me provocó un cortocircuito en los neurotransmisores que me dejó absolutamente mudo.

—Guerra psicológica —murmuré, mi voz rozando una textura rasposa.

—Exactamente. —Mark apoyó los codos en la mesa, su rostro a centímetros del mío para no tener que elevar la voz por encima del repiqueteo de la máquina de vapor del café—.

Hace días que me acusa de estar distante.

De estar frío. Vamos a darle la razón. Voy a empezar a llegar tarde.

Voy a cambiar la contraseña de mi teléfono, a sonreír a la pantalla mientras escribo mensajes, y a esconder facturas de restaurantes a los que no he ido con ella.

Voy a actuar exactamente como el infiel que ella es.

Tragué saliva. La acústica de la cafetería, con docenas de conversaciones superponiéndose, nos obligaba a mantener esa inclinación antinatural.

—Se va a volver putamente loca. Sophia tiene un ego patológico. Si siente que está perdiendo el control sobre su posesión más valiosa —tú y tu cuenta bancaria, no te ofendas—, entrará en una espiral de paranoia que la hará cometer errores estúpidos.

—No me ofendo. Es la jodida realidad. —Su voz era un susurro denso, oscuro.

Levanté la vista de la mesa, dispuesto a soltar otro comentario sarcástico sobre cómo mi hermana era la reencarnación de Maquiavelo con fillers en los labios, pero las palabras se desintegraron en mis cuerdas vocales.

La luz ámbar de la lámpara que colgaba sobre nosotros, filtrada por el vaho de los cristales, incidía directamente sobre el rostro de Mark.

Y yo, el gilipollas hipervigilante que se enorgullecía de notar todos los detalles, me di cuenta por primera vez de que sus ojos no eran simplemente "oscuros".

Eran de un marrón denso, profundo, pero tenían unas vetas minúsculas, casi invisibles, de un color obsidiana brillante que se expandían desde la pupila como la onda expansiva de una explosión solar.

El descubrimiento fue tan inútil, tan fuera de lugar en medio de una planificación táctica de destrucción mutua asegurada, que mi sistema nervioso central declaró un estado de excepción.

Mis rodillas cedieron bajo la mesa. En mi intento inconsciente de retroceder, mi pierna izquierda chocó de lleno contra la suya. Esta vez no fue un roce sutil. Fue un golpe sordo, un encaje físico de rótula contra rótula que nos dejó a ambos paralizados.

El ruido del local pareció desvanecerse bajo el agua.

Mark detuvo su monólogo sobre facturas falsas. Sus pupilas, esas putas pupilas llenas de esquirlas de obsidiana que me estaban arruinando la estabilidad mental, se dilataron un milímetro. La comisura de su labio derecho sufrió un microespasmo.

Y entonces, en el puto apogeo de la tensión táctil, física y emocional, un estudiante de primer año en la mesa contigua tropezó con su voluminosa mochila, golpeando el respaldo de la silla de Mark con la fuerza de un meteorito.

Mark se fue hacia adelante por la inercia. Su mano, en un acto reflejo para no estamparse contra mi taza de café, se aferró al borde de la mesa, y sus dedos largos y fríos se superpusieron directamente sobre los míos.

Retiré la mano como si la cerámica estuviera a seiscientos grados centígrados, golpeándome el codo contra la pared de ladrillo con un crujido asqueroso.

—¡Hostia puta! —mascullé, encogiéndome sobre mí mismo, acunando mi articulación destrozada mientras el estudiante balbuceaba disculpas en francés.

Mark se acomodó en su silla. Parpadeó un par de veces, mirando mi codo, luego mi cara roja por el dolor y el pánico, y luego la mesa minúscula.

Un sonido extraño brotó de su garganta. Un bufido. Luego, una exhalación temblorosa. Y, finalmente, el androide de Wall Street se echó hacia atrás, apoyó la cabeza contra la pared desconchada, y empezó a reírse.

No era una sonrisa torcida. Era una carcajada grave, ronca, genuina, que le sacudía el pecho bajo el abrigo y desarmaba cada puta línea de tensión de su rostro.

Era el sonido de un hombre al que el absurdo de la situación —la traición, la mesa de juguete, el estudiante torpe y mi codo magullado— le acababa de romper el dique de contención.

Me froté el brazo, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas a una velocidad supersónica, y, contra toda la lógica de mi programación defensiva, el sarcasmo se me evaporó.

Una risa floja, incrédula e involuntaria se me escapó de los labios, mezclándose con la suya en medio del ruido blanco de la cafetería.

Y por un segundo que pareció suspender las leyes de la termodinámica, Sophia, la venganza, el motel y el puto Château Frontenac dejaron de existir, aplastados por el puro, simple y aterrador alivio de saber que, bajo los escombros de este desastre, nos habíamos encontrado.

El eco de nuestra risa compartida se disolvió lentamente en el ruido blanco de la máquina de espresso y el repiqueteo de la vajilla de porcelana, y fue como si la gravedad volviera a encenderse de golpe en la habitación.

Amigas, la vulnerabilidad post-carcajada es un fenómeno clínico que debería estar tipificado en el manual de psiquiatría, porque la cantidad de ácido láctico que se acumula en tus defensas emocionales después de bajar la guardia durante tres malditos segundos es suficiente para provocarte un fallo sistémico.

Me aclaré la garganta, sintiendo un calor abrasador subiéndome por el cuello de la camisa, y desvié la mirada hacia un expositor de muffins resecos con una fascinación digna de un crítico de arte renacentista.

Tenía que recomponer la armadura. Tenía que volver a poner la cinta adhesiva sobre las grietas de mi escepticismo antes de que este tipo se diera cuenta de que mi pulso estaba compitiendo con el ritmo de una rave ilegal en Berlín.

Mark se frotó la mandíbula, borrando los últimos vestigios de su sonrisa con la palma de la mano, pero la tensión en sus hombros no regresó. El traje de Tom Ford seguía desabrochado. El androide corporativo seguía desconectado.

—Entonces. —Tamborileó con los dedos índice y medio sobre la madera de la mesa, a un milímetro de mi taza de café—.

Si voy a empezar a dejar pistas falsas por todo el departamento para que la paranoia de Sophia haga implosión, necesito utilería.

Recibos de cenas para dos en restaurantes que a ella le daría un ictus no poder postear en Instagram.

Cargos de tarjetas de crédito en hoteles boutique a las afueras.

Alineé el asa de mi taza de espresso para que quedara perfectamente paralela al borde de la mesa, asimilando la logística del desastre con la frialdad de un sociópata aficionado.

—La vía del rastro de migas de pan. Es brillante, maquiavélico y letalmente pasivo-agresivo.

Apropiado para alguien que no soporta el enfrentamiento directo.

—Levanté la vista, clavando mis ojos en los suyos—.

Pero hay un agujero en tu guion de Ocean's Eleven de descuento.

Sophia revisará las fechas, las horas y los kilómetros del coche.

Si vas a fingir que tienes un amante clandestino con el que te gastas el fondo fiduciario, necesitas invertir el tiempo real.

Necesitas estar físicamente fuera del radar.

Mark ladeó la cabeza. Las minúsculas motas de obsidiana en sus pupilas parecieron tragar toda la luz ámbar del local.

—Lo sé. Por eso no voy a fingir el tiempo. Voy a usarlo.

Mi cerebro, procesando la información a través de una conexión de internet por línea conmutada de 1998, se quedó atascado en la barrera de peaje.

—¿Vas a buscarte un amante falso de alquiler en una aplicación? Porque te advierto que la gente cobra carísimo por el roleplay de infidelidad de alta gama.

Mark suspiró. Un suspiro denso, exasperado, como si estuviera lidiando con un estudiante que no sabe sumar fracciones.

—No voy a contratar a nadie, Ryan. No necesito un extraño. Te necesito a ti.

Piiiiiiii . Línea plana en el monitor cardíaco.

Me quedé completamente paralizado, con la espalda pegada a la madera de la silla y los pulmones negándose a procesar el oxígeno.

La proposición flotó en el espacio de treinta centímetros que separaba nuestras caras, densa, pesada e irradiando niveles de peligro biológico que harían saltar los contadores Geiger de toda la provincia de Quebec.