4 El pacto en Petit-Champlain
Si los panfletos turísticos del gobierno provincial tuvieran una sola gota de integridad moral, dejarían de vender la ciudad de Quebec en invierno como un puto globo de nieve mágico sacado de una película de Hallmark, y empezarían a advertir a la población civil que caminar por el barrio de Petit-Champlain a mediados de febrero es el equivalente biológico a someterse a una criogenización sin anestesia.
Llevaba quince minutos luchando contra una ventisca que me estaba exfoliando la epidermis del rostro con microcristales de hielo a cincuenta kilómetros por hora, maldiciendo mi propia existencia, mis decisiones vitales y, sobre todo, el puto complejo de héroe defectuoso que me había sacado de mi departamento caliente para cruzar media ciudad.
Mi instinto de conservación me gritaba que diera media vuelta, que me metiera en la cama bajo tres edredones y dejara que la alta sociedad se devorara a sí misma, pero mi cerebro —ese órgano traicionero y delulu que había decidido adoptar los problemas de un millonario como si fueran gatitos huérfanos— seguía empujando mis botas contra la nieve acumulada.
Llegué frente a la fachada de piedra de la cafetería. El letrero de madera crujía amenazadoramente sobre mi cabeza, a punto de decapitarme.
Agarré el tirador de hierro forjado de la pesada puerta de roble y empujé con el hombro, usando todo mi peso corporal.
La puerta cedió. Una campanilla dorada tintineó histéricamente en algún lugar sobre mi cabeza, y el ecosistema interior me golpeó con la fuerza de un puto camión de mercancías sin frenos.
El choque térmico fue tan brutal que sentí mis capilares faciales estallar en una vasodilatación periférica dolorosísima.
El aire dentro del local era espeso, sofocante, saturado hasta niveles tóxicos por el aroma a granos de café tostado oscuro, leche vaporizada y una cantidad de canela tan agresiva que casi me provoca un broncoespasmo.
Los cristales de los inmensos ventanales estaban completamente opacos, empañados por el vaho de la respiración colectiva de docenas de personas que se habían refugiado de la tormenta, convirtiendo la cafetería en una puta incubadora de ansiedad social.
Me quedé quieto en el umbral, sacudiéndome la nieve de los hombros de mi abrigo barato mientras el calor del radiador de hierro fundido más cercano empezaba a derretir el hielo de mis botas, creando un charco patético a mis pies.
Parpadeé, intentando que mis retinas se ajustaran a la luz ámbar de las lámparas colgantes, y escaneé el campo de minas.
Estaba lleno. Abarrotado. Ni una sola mesa libre, ni un taburete en la barra, ni siquiera un hueco en los sofás de cuero gastado donde grupos de estudiantes universitarios tecleaban en sus MacBooks fingiendo que el fin del mundo no estaba ocurriendo ahí fuera.
Y entonces lo vi.
Mark estaba en el rincón más oscuro y asfixiante del local, encajado entre una columna de ladrillo visto y un perchero desbordado de abrigos mojados.
El miocardio me dio un vuelco tan violento que tuve que tragar saliva para asegurarme de que no me había fracturado una costilla desde dentro.
No llevaba la armadura completa. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un maniquí de escaparate a punto de cerrar una fusión corporativa.
Llevaba el abrigo de lana oscura abierto, y debajo, el nudo de su corbata de seda estaba deshecho, colgando a ambos lados del cuello de una camisa blanca que tenía los dos primeros botones desabrochados.
Su cabello, normalmente una obra de ingeniería aerodinámica, estaba desordenado, como si se hubiera pasado las manos por la cabeza cien putas veces a lo largo del día.
Se veía exhausto. Se veía como un hombre que había pasado las últimas dieciséis horas sosteniendo el peso de su propia farsa con los músculos de la mandíbula, y que acababa de llegar al límite de su resistencia estructural.
Caminé hacia él, sorteando sillas y esquivando a un camarero con una bandeja de croissants con la agilidad de un cirujano en un campo de batalla.
Él levantó la vista de la taza de cerámica blanca que tenía entre las manos.
El contacto visual fue un electroshock directo a mi sistema nervioso central.
Sus ojos oscuros estaban rodeados por unas ojeras violáceas, profundas, pero al verme aparecer entre la multitud, la tensión homicida de sus hombros pareció desinflarse una fracción de milímetro.
Un micro-gesto de alivio tan puro, tan jodidamente vulnerable, que me hizo apretar los dientes hasta que me dolió el esmalte.
Llegué a la mesa. O, mejor dicho, a la superficie circular de madera que la gerencia de este local tenía la absoluta desvergüenza de llamar "mesa". Era del tamaño de un tapacubos de coche. Una puta moneda gigante diseñada para que los clientes no se quedaran más de veinte minutos.
Mark movió su taza y su teléfono móvil hacia su borde, encogiéndose físicamente para hacerme espacio.
Era un hombre grande, de hombros anchos, y verlo intentar hacerse pequeño, intentar no estorbar en un rincón minúsculo después de que mi hermana lo hubiera tratado como un mueble prescindible, encendió esa rabia protectora y territorial que me venía consumiendo desde la madrugada.
Me quité el abrigo cubierto de aguanieve, lo colgué en el respaldo de la única silla vacía, y me dejé caer en el asiento de madera.
—Dime que ya pediste algo con suficiente cafeína como para resucitar a un muerto, porque siento que la isquemia cerebral es inminente —murmuré, frotándome las manos engarrotadas y soplando aire caliente sobre mis propios nudillos.
Mark me observó durante un segundo, procesando mi entrada caótica.
—Un espresso doble para ti. Está en la barra, lo traen en un minuto.
Me detuve, con las manos suspendidas cerca de mi boca.
—¿Cómo sabías que bebo espresso doble?
Una media sonrisa, cansada pero extrañamente genuina, tiró de la comisura de sus labios.
—En la cena del Château Frontenac. Cuando Sophia pidió champán y tus padres pidieron vino, el camarero te preguntó si querías algo de la carta de licores. Lo miraste como si te hubiera insultado y le pediste un espresso doble, sin azúcar.
El fallo multiorgánico fue instantáneo.
Mi cerebro, que acababa de recibir la confirmación de que este hombre —que estaba a punto de casarse con mi hermana narcisista— me había estado observando y archivando mis preferencias en medio del caos social de aquella maldita cena, decidió simplemente apagar los motores y declarar estado de emergencia.
Me removí en la silla, incómodo, cruzando los brazos sobre el pecho para construir una barrera física frente a esa revelación.
Pero la mesa era tan ridículamente pequeña, y el rincón tan estrecho, que al cruzar los brazos, mi rodilla derecha golpeó directamente contra su rodilla izquierda bajo la madera.
El impacto no fue fuerte, pero la fricción de la tela de mis vaqueros húmedos contra la lana de su traje mandó una descarga estática directamente a mi espina dorsal.
Inmediatamente intenté apartarme, echando la pierna hacia atrás, pero la pata de mi propia silla me bloqueaba el movimiento.
No había espacio. Estábamos encajados. Nuestros cuerpos estaban atrapados en una proximidad tan claustrofóbica que podía sentir el calor que irradiaba su pierna a través de la tela, y percibir el olor a sándalo de su loción mezclándose con el aroma enfermizo de la canela del local.
Levanté la vista de golpe, sintiendo el pánico subirme por la tráquea.
Mark no se apartó. No movió su rodilla ni un puto milímetro. Mantuvo la mirada fija en mí, el rostro tallado en una seriedad tan intensa, tan focalizada, que sentí que todo el ruido de la cafetería se desvanecía en un zumbido de fondo intrascendente.
Tragué saliva, mi escudo de sarcasmo resquebrajándose ante el peso de ese contacto sostenido, preguntándome en qué momento exacto de las últimas veinticuatro horas la venganza había dejado de ser el objetivo principal para convertirse en una puta excusa.
El universo, en un raro e infrecuente acto de piedad, decidió enviarnos a una camarera con un delantal manchado de espuma de leche justo en el milisegundo en el que mi corteza prefrontal estaba a punto de declararse en quiebra.
El golpeteo de la pequeña taza de cerámica contra el platito de loza rompió el campo de fuerza estático que nos tenía paralizados.
Parpadeé, rompiendo el contacto visual como quien se arranca una tirita incrustada en la piel, y me incliné hacia adelante, agarrando la minúscula asa de mi espresso doble con ambas manos como si fuera el santo grial de la estabilidad emocional.
Le di un sorbo. El líquido hirviendo, negro y amargo como mi propia alma, me bajó por el esófago, quemándome el tejido epitelial en un recordatorio doloroso y muy necesario de que seguía siendo un ser humano de carne y hueso, y no un charco de hormonas disueltas en el suelo de una cafetería aesthetic .
—A ver. —Apoyé los antebrazos sobre la circunferencia ridícula de la mesa, obligándome a adoptar una postura táctica, militar, alejando mi rodilla de la suya con la sutileza de un elefante en una cacharrería—.
He estado estructurando el esquema de operaciones en mi cabeza durante el trayecto, y creo que tenemos un par de opciones viables.
Mark entrelazó sus dedos sobre la madera. La manga de su abrigo rozó mi codo.
—Te escucho.
—Opción A. Nos saltamos la sutileza, compramos una cabeza de caballo de atrezo por Amazon Prime, la metemos entre sus sábanas de seda egipcia y dejamos que el trauma psicológico haga su magia al estilo Coppola.
—Me humedecí los labios, notando el sabor a café—.
Opción B. La vía del true crime millennial.
Clonamos su cuenta de iCloud, proyectamos sus mensajes con el imbécil de su oficina en la televisión inteligente de la sala justo cuando esté viendo su reality de reformas de casas, y grabamos su reacción para chantajearla de por vida.