III. «El pequeño salvaje» en el cine #2
En una de las primeras secuencias de la película, Truffaut muestra al chico trepando a lo alto de un árbol enorme y bamboleándose en una rama mientras contempla el bosque.
Se trata de un plano inolvidable del chico en su entorno «salvaje».
Pero si, a fin de conservarlo, Truffaut cambió la acrofobia por la claustrofobia en la escena posterior de la terapia de choque, sacrificó la autenticidad en el momento equivocado.
Hay otra diferencia importante entre la crónica de Itard y la película.
Itard deja muy claro que una de las razones principales por las que la formación de Victor no pudo continuar fue que el chico no supo dirigir sus respuestas sexuales incipientes hacia ningún objeto en particular.
No tenía noción alguna del «otro sexo», e Itard tampoco encontró la forma de instruirlo.
Con discreción, pero también con énfasis, Itard nos cuenta que la impudicia del chico y el arranque de la pubertad plantearon unos problemas insuperables que nadie había previsto de forma adecuada.
Truffaut pasa por alto toda la cuestión. En la película no existe el sexo.
Pese a que Truffaut usa detalles y escenas de ambos informes de Itard, organiza su material para que abarque únicamente los nueve primeros meses de la educación del chico.
Casi al final de la película, vemos a Itard escribir las últimas palabras de su primer informe.
Por tanto, el tono es de esperanza. En la película, cuando Victor regresa por voluntad propia tras escaparse (un regreso espontáneo que se inventó Truffaut), Itard puede referirse con una sonrisa emocionada a las «grandes expectativas» del chico.
Las palabras finales de la película sugieren más trabajo por delante y un final feliz.
«Pronto volveremos a empezar los ejercicios.»
Terminar la crónica con esta nota optimista, sin referirse para nada al parón de resultados que se produciría en los cinco años siguientes, distorsiona el esquema básico de lo que sucedió realmente.
Transforma una narración auténtica de valentía y de humanidad ante unos obstáculos insuperables en una semificción amputada. No nos cuenta toda la verdad.
Creo que vale la pena citar íntegramente la meditada respuesta que dio Truffaut tras leer el párrafo anterior en el manuscrito del presente libro.
No me arrepiento de haber terminado la película con una nota de esperanza, porque es cierto que Victor aprendió bastantes cosas y palabras.
Pero admito libremente que, después de la escena final, igual que hice en Diario íntimo de Adela H.
, debería haber añadido una narración ilustrada de lo que les pasó a los personajes tras despedirnos de ellos en la pantalla.
Carta con fecha del 26 de abril de 1979
Pese a sus defectos, la adaptación de Truffaut juega en una liga completamente distinta a la de las diversas adaptaciones horrorosas que se han hecho en los últimos tiempos para la televisión.
El director de la nouvelle vague no tuvo reparos en transmitir el mensaje fundamental de Itard: sin otros seres humanos a su alrededor durante sus años de formación, el ser humano se queda en nada, no despega de la abyección.
Truffaut también hizo hincapié en otros dos puntos.
La cuestión de que, para desarrollar lazos sociales, es esencial alguna forma de comunicación lingüística.
Y el hecho de que, para ayudar a otra persona, a menudo hay que causarle dolor, como cuando usamos la disciplina.
El pequeño salvaje es una película hermosa y conmovedora.
Contiene muy buenos planos de la luna llena llamando a Victor en plena noche y del chico retozando bajo una lluvia intensa que cualquier persona civilizada evitaría.
Pero la imagen más inolvidable de todas es la que muestra al chico huyendo por un campo cultivado y bañado en luz, en dirección a una lóbrega e intimidante zona boscosa que gradualmente va llenando la pantalla como un muro impenetrable.
Esta vez, a diferencia del arranque de la película, la naturaleza se ve ominosa, y el tema básico de la historia es retratado en una imponente composición en blanco y negro.