El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 7 #4
62%

Capítulo 7 #4

Si una parte del osario había permanecido separada durante un periodo prolongado, la diferencia de exposición a la humedad, la temperatura y el aire podía contribuir a explicar aquel valor anómalo.

Pero el dato admitía otras explicaciones.

Por si solo no demostraba que hubiera faltado un fragmento ni mucho menos, que ese fragmento fuera el que Müller había adquirido en 1907.

Lo único que permitía afirmar era que el osario número cuatro había sufrido una historia de deterioro distinta a la de los otros cinco.

El destino del fragmento seguía siendo desconocido.

No sabían si había permanecido entre los materiales de Müller, si había pasado después a otras manos o si se había perdido en algún momento posterior a 1911.

El archivo P-1967-088 podía contener alguna pista.

Y Pembridge podía ayudarles a averiguar qué había allí.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó Clara.

Elías miró el reloj.

—Dos horas y media desde que empezaste a leer el correo.

—¿Y en el sitio?

—Diecinueve días.

Clara asintió. Diecinueve días parecían muchos más después de todo lo que había cambiado desde que llegaron.

—Hace diecinueve días —dijo— viniste a estudiar inscripciones en una tumba que parecía ordinaria.  Y yo vine porque sabía que no iba a quedarme al margen.

—Eso es una descripción precisa.

—Y ahora tenemos varias intervenciones posibles sobre una misma historia, un fragmento cuya procedencia todavía no hemos demostrado y un archivo que podría aclarar parte de lo ocurrido.

—Y la pregunta de qué hay en ese archivo —dijo Elías.

—Y, si el fragmento realmente pertenece al osario, qué decía la inscripción anterior a las intervenciones visibles.

—Que es la pregunta que el tercer documento podría responder.

—Si existe en el archivo.

El ordenador de Clara emitió el sonido de notificación de correo nuevo.

Ambos miraron hacia la pantalla al mismo tiempo, con el movimiento sincronizado de las personas que llevan suficiente tiempo trabajando juntas como para que sus reacciones a los estímulos importantes sean simultáneas sin que ninguno de los dos lo haya decidido.

Clara fue hacia el ordenador.

Leyó el correo de pie, con la pantalla a la altura de los ojos, y Elías la observó leer con la atención de quien no puede leer el texto, pero puede leer la expresión de quien lee.

La expresión de Clara durante los cuarenta segundos que tardó en leer el correo de Pembridge pasó por tres estados distintos: primero la concentración neutra de quien está recibiendo información, luego algo más lento y más cargado que Elías reconoció como el momento en que la información produce una comprensión que supera las expectativas, y finalmente la quietud específica de quien ha llegado a algún lugar y necesita un momento antes de decir dónde.

Se giró.

—Pembridge tiene acceso al inventario detallado del archivo P-1967-088 —dijo—. Lo consultó esta mañana mientras esperaba nuestra respuesta.

—¿Y?

—El inventario tiene cuarenta y ocho carpetas. Cuarenta y cuatro son notas de trabajo, correspondencia y documentación de compraventa del período 1895-1923. Las otras cuatro son carpetas separadas, catalogadas con una etiqueta diferente de las demás.

—¿Qué etiqueta?

—La etiqueta dice, en alemán, «Sobre el asunto del osario de Belén y sus consecuencias para la cuestión de procedencia: notas personales reservadas, 1908-1923».

—Clara hizo una pausa de exactamente la duración necesaria para que lo que venía después tuviera el peso que tenía—.

Quince años de notas personales de Müller sobre el fragmento, sobre el epigrafista de Berlín, sobre el rechazo del Museo Británico en 1911, sobre sus visitas al área del sitio, y sobre lo que él llamó en algún momento, según el inventario, «la cuestión del nombre que no debería estar donde está».

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Era el silencio que producen las cosas que han estado esperando mucho tiempo por ser encontradas cuando finalmente alguien las encuentra: no el silencio del vacío sino el silencio de algo que ha estado contenido durante demasiado tiempo y que de pronto tiene el espacio para respirar.

—El nombre que no debería estar donde está —dijo Elías.

—El nombre de la inscripción anterior —dijo Clara—. El que no coincide con ninguno de los nombres visibles. El que quedó debajo de las intervenciones posteriores.

—Y que Müller llegó a identificar como un problema —dijo Elías—. Quince años de notas. El epigrafista de Berlín. El intento de 1911. Sus visitas al área del sitio. Y una carpeta dedicada a «la cuestión del nombre que no debería estar donde está». Eso ya no parece una curiosidad pasajera.

—Pero todavía no sabemos qué concluyó.

—No. Ni cuánto de lo que descubrió llegó después a su familia. Lo que sí sabemos es que existe una continuidad familiar hasta Hartmann y que Hartmann financia hoy la excavación. La continuidad está ahí. Lo que falta demostrar es la transmisión del conocimiento.

Elías fue hacia la silla. Se sentó. Abrió el cuaderno en la última página escrita y añadió, debajo de todo lo que había escrito durante diecinueve días, una sola línea que no era técnica ni metodológica sino el tipo de nota que se escribe cuando se ha llegado a algún lugar que requiere ser nombrado antes de seguir.

El archivo que podría contener el tercer documento existe.

Está en el Museo Británico, bajo la referencia P-1967-088.

Cuatro de sus carpetas están separadas del resto y llevan una etiqueta relacionada directamente con el asunto que hemos estado siguiendo durante diecinueve días.

Fueron depositadas allí en 1967 como parte de una donación anónima.

Todavía no sabemos qué contienen exactamente.

Cerró el cuaderno.

La investigación había comenzado con una anomalía paleográfica de medio milímetro en el trazo de una letra ayin.

Había pasado por una cadena de financiación con tres niveles de distancia, por un valor anómalo en una tabla de control de laboratorio, por una fotografía de 1923, con la sombra de un hombre mirando hacia una cámara funeraria, por el rastro de un artesano activo entre 1885 y 1915 cuyas inscripciones imitaban formas antiguas, y por cuatro páginas de un correo que habían terminado conduciéndolos hasta un archivo que nadie esperaba encontrar.

Y había llegado a cuatro carpetas en un archivo del Museo Británico de las que no constaba una revisión completa desde 1973, esperando con la indiferencia específica de los archivos a que alguien con las preguntas correctas llegara al lugar correcto.

El nombre que no debería estar donde está podía estar en aquellas carpetas.

Si estaba allí, no resolvería por sí solo todo lo ocurrido, pero les daría por primera vez un punto firme desde el que ordenar las capas que habían ido apareciendo durante diecinueve días; la piedra, las inscripciones, los documentos y las decisiones de personas separadas entre sí por siglos.

Clara cerró el ordenador.

—Pembridge puede tener copias de algunos documentos digitalizados esta tarde —dijo—. Si solicitamos acceso ahora.

Elías la miró.

—Solicítalo.

Y mientras Clara abría de nuevo el ordenador, Elías pensó en Müller visitando el sitio en 1923, el año de su muerte. Sabían que había estado allí. Sabían que había dedicado años a aquel asunto. Todo lo demás seguía abierto: qué había visto, qué había comprendido y que había decidido hacer después.

Quizá las cuatro carpetas contuvieran la respuesta.