Capítulo 7 #3
El coleccionista alemán no identificado en 1911 había ofrecido al Museo Británico un fragmento de osario de procedencia cuestionada y había aceptado la negativa sin protestar era, según Pembridge consideraba muy probable, aunque no podía demostrarlo por falta de identificación directa, que aquel coleccionista fuera Heinrich Albrecht Müller, el mismo hombre que había adquirido un fragmento en Jerusalén en 1907.
Lo que aquello añadía era importante: si la identificación de Penbridge era correcta, Müller había intentado en 1911 someter nuevamente el fragmento al examen de una institución y había recibido una negativa por problemas de procedencia.
Eso demostraba que, al menos hasta ese año, no había renunciado a buscar una evaluación externa.
—Pembridge tiene algo más —dijo Clara, desde donde estaba.
Elías miró el final del cuarto párrafo. Había una última frase que Pembridge había añadido con el tono casual que usaba cuando quería que pareciera casual.
La frase decía: «Por cierto, el Museo Británico recibió en 1967, mediante una donación de procedencia familiar cuya identidad figura restringida en el expediente, un conjunto de papeles personales y notas de trabajo de un coleccionista europeo activo entre 1895-1925.
El conjunto fue catalogado bajo la referencia de procedencia P-1967-088 y se conserva entre los fondos históricos vinculados a las colecciones del Próximo Oriente.
Según el registro de consulta, no consta una revisión completa del fondo desde 1973.
Si tu investigación lo requiere, puedo indicarte el procedimiento para solicitar acceso como investigadora externa. »
Elías volvió al principio de la frase y la leyó otra vez, con la atención de alguien que necesita comprobar que el texto dice exactamente lo que parece decir.
La coincidencia era sugestiva, pero todavía era solo eso. Un fondo familiar, un coleccionista activo en el periodo adecuado y unos papeles que llevaban décadas prácticamente sin revisar. Ninguno de esos datos bastaba para convertir aquel archivo en el archivo de Müller.
—Encaja con Müller —dijo Elías—. Pero todavía no es Müller.
—No —dijo Clara—. Todavía no.
—1967. —Elías calculó—. Si el fondo fuera suyo, esos papeles habrían permanecido en manos privadas durante cuarenta y cuatro años después de su muerte.
—Si fuera suyo —repitió Clara.
—Y eso es precisamente lo que tenemos que comprobar: quién hizo la donación y que relación tenía con Müller.
—O que hay dentro del fondo.
—Las dos cosas.
Clara fue hacia la silla donde había dejado el cuaderno de trabajo y buscó en las notas de los días anteriores.
Encontró la página de genealogía de la familia Müller que había construido durante la primera semana, con los nombres y fechas que había podido verificar en los registros civiles alemanes y suizos.
—Thomas Hartmann. Es nieto de Georg Brenner por línea materna. Su madre, la única hija de Georg, se había casado con un alemán de apellido Hartmann antes de que Thomas naciera.
Puede que Hartmann conozca la historia de ese fondo.
Puede que no. Y puede que el archivo P-1967-088 tenga alguna relación con Müller o que la coincidencia sea únicamente cronológica.
Lo que si sabían era que Hartmann pertenecía a una rama familiar vinculada a Müller y que el fondo podía consultarse.
—¿Puede acceder a los papeles del Museo Británico?
—Cualquier investigador acreditado puede solicitar acceso con los procedimientos estándar.
—¿Nosotros podemos?
—Pembridge puede facilitarlo. —Clara fue hacia el ordenador—. Pembridge puede facilitar muchas cosas, si se lo pides de la manera correcta y con los argumentos correctos.
Elías miró las cuatro páginas del correo sobre la mesa.
Miró la fotografía del osario de Yeshua junto a ellas.
Miró el café, que llevaba veinte minutos enfriándose, y tomó la taza de todas maneras porque el café frío seguía siendo café y lo que estaba procesando requería algo concreto con qué ocupar las manos mientras los elementos se ordenaban en el sistema que su mente usaba para convertir la acumulación de datos en estructura.
Elías repasó mentalmente lo que si podían sostener: un fragmento adquirido por Müller en 1907; un análisis que había detectado más de un momento de intervención; una posible relación de Müller con el sitio en 1923: y ahora un fondo documental de procedencia familiar que podía —o no— estar relacionado con él.
Entre aquellos datos seguían existiendo huecos importantes.
El archivo P-1967-088 podía demostrar que habían unido piezas que pertenecían a historias distintas.
—Pero si hubo una intervención posterior sobre una superficie que ya contenía inscripciones anteriores, pudo ocurrir algo paradójico —dijo Elías—. La modificación pudo ocultar parte de lo que había debajo y, al mismo tiempo, contribuir a conservarlo.
—Siempre que esas capas pertenezcan realmente al mismo fragmento.
—Siempre que pertenezcan al mismo fragmento. Por eso necesitamos el documento que establezca la procedencia.
—Si todo esto pertenece a la misma historia—dijo Elías—, entonces estamos viendo decisiones tomadas en momentos distintos sobre un mismo objeto. Pero todavía no sabemos si esas decisiones forman realmente una cadena ni qué llegó a comprender Müller de ella.
Clara escribía en el cuaderno mientras Elías hablaba, con la velocidad de quien está transcribiendo algo que no quiere perder.
Cuando Elías terminó, ella no levantó los ojos inmediatamente.
Siguió escribiendo durante unos segundos más, añadiendo algo que no era transcripción sino observación propia.
Luego levantó los ojos.
—El patrón de deterioro del calcio que Rachel Stern confirmó puede ser importante —dijo—.
Una de las explicaciones posibles es que algunas partes de la superficie haya estado sometida a condiciones ambientales distintas durante cierto tiempo.
Si además existió un fragmento separado del conjunto, esa diferencia podría ayudarnos a reconstruir la historia.
Elías la miró.
—Pero no demuestra que el fragmento de Müller saliera de ahí.
—No. Para eso seguimos necesitando la procedencia. Lo que hace es darnos otra coincidencia que podremos contrastar si encontramos documentación del fragmento.
—Y tampoco sabemos cuándo se habría separado del conjunto, suponiendo que perteneciera a él —dijo Elías—. Pudo ocurrir antes de la intervención del siglo III, después, o incluso en un contexto que todavía no hemos identificado.
—Entonces la fecha de la separación también forma parte del problema.
—Si. Y antes de preguntarnos quién pudo tener acceso a la cámara, necesitamos demostrar que el fragmento estuvo allí.
Elías tomó el papel de Pembridge y lo leyó una última vez, de principio a fin, luego lo dejó sobre la mesa.
—Necesito ver los papeles del archivo P-1967-088 —dijo.
—Lo sé.
—No mañana. Hoy.
—Pembridge puede averiguar qué parte del fondo está digitalizada y solicitar copias de consulta. Si explica la investigación, quizá puedan adelantarnos algunos documentos.
—¿Cuánto tardaría?
—Si hay material ya digitalizado, podríamos recibir algo hoy. Si no, tendremos que esperar.
—Hazlo.
Clara ya estaba frente al ordenador. Elías observó durante un momento sus manos sobre el teclado, el movimiento preciso y sin vacilaciones de alguien que ha escrito suficientes correos importantes como para saber cómo formular una petición urgente de manera que pareciera completamente ordinaria.
Era una habilidad que él no tenía y que había aprendido a valorar.
Fue hacia la ventana mientras Clara escribía. La luz de la tarde alcanzaba apenas las hojas superiores de la higuera y dejaba el resto del patio en sombra.
Pensó en el escriba de Belén, el artesano que Pembridge situaba activo en la región entre aproximadamente 1885 y 1915, produciendo inscripciones que imitaban formas antiguas con suficiente habilidad para resultar convincente a los compradores de la época.
Su destreza técnica parecía fuera de duda conocía la piedra y dominaba suficientemente los rasgos paleográficos que imitaba.
El escriba de Belén, si Pembridge tenía razón, había trabajado con los conocimientos y los recursos disponibles en su tiempo.
Su habilidad técnica podía explicar la calidad de las inscripciones, pero no permitía atribuirle conocimiento alguno de lo que pudiera haber debajo de ellas.
Para Elías, eso bastaba. No necesitaban convertirlo ni en custodio ni en conspirador: bastaba con considerarlo una intervención posterior cuya relación con el fragmento todavía debía demostrarse.
—Lo envié —dijo Clara, desde el ordenador.
Elías se giró.
—Pembridge responde rápido por la mañana.
—Por la mañana responde en minutos. —Clara se levantó—.
Mientras esperamos, quiero que revisemos juntos la tabla de control del informe del laboratorio con lo que sabemos ahora.
La anomalía del calcio podría tener otro significado si una parte del osario estuvo separada del conjunto durante algún periodo.
En ese caso, algunas superficies habrían podido quedar expuestas a condiciones ambientales distintas.
—¿Y eso afectaría al patrón de deterioro?
—Podría afectarlo. Una superficie más expuesta a la humedad, al aire o a cambios de temperatura no necesariamente se alteraría igual que otra protegida durante el mismo periodo. Pero el patrón por si solo no nos dice por qué ocurrió ni demuestra que faltara precisamente el fragmento de Müller.
Elías asintió lentamente. Formulado así, el límite de la evidencia quedaba mucho más claro.
Tomó el informe del laboratorio de la mesa. Lo abrió en la página de la tabla de control. Miró el valor del osario número cuatro, el valor que se apartaba del rango de los otros cinco en diecisiete puntos porcentuales.