Capítulo 7 #2
—Suficiente, al menos, para pasar por auténtica ante compradores que no disponían de los medios ni de la especialización necesarios para examinarla con detalle.
Un epigrafista competente podía detectar anomalías paleográficas, como ocurrió con el fragmento de Müller, pero otra cosa era reconstruir qué significaban esas anomalías en la histórica concreta del objeto.
Clara siguió el razonamiento con la atención de quien ya tiene la estructura completa y está verificando que los elementos individuales encajan en ella.
—Si la atribución al escriba de Belén es correcta, entonces trabajó sobre una pieza que ya llevaba una inscripción anterior —dijo—. El epigrafista de Berlín pudo distinguir al menos dos momentos de ejecución, pero eso todavía no nos dice por qué se hizo ni quién realizó cada intervención.
— Hasta que aparece relacionado con el sitio en 1923—dijo Elías.
—En 1923 —repitió Clara
—El año de su muerte. Y, a partir de entonces, no tenemos constancia de que su familia publicara nada sobre el fragmento, el sitio, el epigrafista de Berlín ni las «complicaciones de interpretación» que habían impedido su presentación en Leipzig.
Clara fue hacia la ventana. Afuera, el patio de la higuera estaba en sombra a esa hora, pero la higuera misma captaba la luz que entraba desde el lado este del edificio con la eficiencia de las cosas que han aprendido a vivir con la poca luz que llega a los lugares donde nadie las plantó deliberadamente.
—¿Qué vio Müller en 1923 —preguntó— para que la historia del fragmento se detuviera allí?
La pregunta tenía una precisión que Elías tardó un momento en reconocer: Clara no estaba suponiendo todavía que Müller hubiera decidido guardar silencio.
Estaba señalando una coincidencia temporal: en 1923 aparecía relacionado con el sitio, ese mismo año moría y, después, la documentación conocida sobre el fragmento se interrumpía.
Si entre esas tres cosas había una relación, todavía tenían que demostrarla.
—Si llegó a examinar el sitio personalmente —dijo Elías—, pudo encontrarse con una parte de lo que nosotros tenemos delante: la cámara, los osarios, quizá las inscripciones.
Pero no sabemos si entró, qué pudo ver ni en qué estado se encontraba entonces la cámara.
Lo que sí tenía era el fragmento y el informe del epigrafista de Berlín, que distinguía al menos dos momentos de ejecución.
—Si Müller llegó a comprender lo que tenía delante, lo hizo con herramientas mucho más limitadas —dijo Clara.
—Pero tenía el fragmento, el análisis del epigrafista y, en 1923, algún tipo de relación con el sitio. Eso es lo que podemos sostener.
—Y después la documentación se interrumpe.
—Si. Lo que no sabemos es por qué.
Clara guardó silencio.
—La familia sigue vinculada al nombre de Müller un siglo después —dijo finalmente—. Y Hartmann financia la excavación.
—Eso también es un hecho. Lo que falta es demostrar que entre una cosa y otra existe una transmisión de conocimiento y no simplemente una continuidad familiar e institucional.
—Entonces seguimos necesitando a Hartmann.
–Más que antes.
Clara permaneció junto a la ventana durante un momento. Luego se giró y miró a Elías con la expresión que tenía cuando estaba una idea había terminado de ordenarse.
—Hay algo que todavía no hemos dicho en voz alta—dijo Clara—. En el fragmento de Müller, el epigrafista distinguió al menos dos momentos de ejecución de las inscripciones. Una escritura anterior y otra posterior. Pero eso no es lo mismo que lo que encontramos en el osario de Yeshua.
Elías la miró.
—No —dijo—. No es lo mismo.
—En el osario de Yeshua tenemos indicios de más de un momento de intervención —dijo Clara—. Una inscripción anterior y otra posterior. Y en el fragmento de Müller, el epigrafista de Berlín distinguió también más de un momento de ejecución.
Clara fue hacia la mesa.
—Lo que todavía no sabemos es si estamos viendo dos fenómenos independientes o parte de una misma historia.
—El fragmento —dijo Elías.
—exactamente. Si pudiéramos demostrar que el fragmento adquirido por Müller procedía de esta cámara, entonces la secuencia cambiaría por completo.
Tendríamos una inscripción antigua, una intervención posterior y, mucho más tarde, otra modificación realizada antes de que la pieza apareciera en el mercado.
—Pero todavía falta demostrar que el fragmento salió de allí.
—Si. Y eso es precisamente lo que necesitamos encontrar.
Elías permaneció unos segundos mirando el papel.
Si el fragmento de Müller procedía realmente de aquella cámara, entonces podían estar ante una secuencia de intervenciones separadas por siglos.
Pero el condicional seguía siendo imprescindible.
Sin la procedencia del fragmento, las semejanzas podían ser sugerentes; no eran todavía una cadena histórica.
Era la lógica de los archivos: cada época deja sus rastros sobre los anteriores sin saber necesariamente qué está ocultando, y quien investiga después tiene que reconstruir el orden en que fueron apareciendo.
—Si la atribución es correcta —dijo Elías—, quien modificó el fragmento pudo haber dejado oculta, sin saberlo, la información más importante de la pieza.
—El epigrafista de Berlín detectó la inconsistencia paleográfica, pero no tenía el contexto arqueológico que nosotros tenemos ahora—dijo Clara—. Examinaba un fragmento aislado, sin saber de qué lugar procedía realmente ni con que otros objetos podía estar relacionado.
—Y nosotros tenemos el problema contrario —dijo Elías—. Tenemos el contexto, pero no tenemos el fragmento.
—Exactamente.
—Por eso necesitamos demostrar que ambas cosas pertenecen a la misma historia.
Elías se levantó. Fue hacia la estantería donde había dejado el maletín de trabajo y buscó la fotografía de la cara principal del osario de Yeshua, en la que se veían las dos líneas de la inscripción. La puso sobre la mesa junto a las cuatro páginas de Pembridge.
Dos registros distintos: una correspondencia de principios del siglo XX que describía un fragmento adquirido en 1907 y una pieza arqueológica con más de un momento de intervención en su inscripción.
Si ambos pertenecían a la misma historia, por primera vez podían superponer dos líneas de investigación que hasta entonces habían avanzado por separado.
—El fragmento que compró Müller podría pertenecer al osario número cuatro —dijo Elías—. Al de la pared del fondo, el que estaba sellado con mortero.
—¿Puedes sostenerlo?
—Todavía no. Pero hay coincidencias suficientes para comprobarlo: la descripción de Müller en la carta de 1908, el informe del epigrafista de Berlín sobre más de un momento de intervención y la mención de una inscripción anterior cuyo nombre no coincide con los visibles...
todo eso es consistente con el osario cuatro.
El que tiene la anomalía del calcio. El que tiene el mortero del siglo III.
El que tiene la inscripción de la cara lateral sobre los que guardaron en un ángulo que requiere el espejo para leer.
—Si el fragmento es del osario cuatro —dijo Clara— y si la inscripción anterior contenía un nombre distinto de los nombres visibles actualmente, ese nombre podría ser una pista sobre la identidad asociada originalmente a la pieza.
Pero antes tendríamos que demostrar que el fragmento salió de ese osario y establecer qué relación tenía esa inscripción anterior con las intervenciones posteriores.
—Sí.
—Y quizá ese nombre figure en algún lugar del informe del epigrafista de Berlín de 1908.
—O quizá en documentación posterior de Müller que todavía no hemos localizado —dijo Elías—. Si continuó investigando el fragmento después de 1909, esos papeles podrían contener lo que nos falta.
—Hartmann —dijo Clara.
Era la tercera vez en tres días que pronunciaba aquel nombre, pero esta vez tenía un peso distinto. Hasta entonces Hartmann había sido alguien relacionado con la custodia y la financiación del sitio. Ahora podía ser, además, la persona con acceso a los documentos que ellos necesitaban.
Elías se sentó.
Había algo en lo que sabían aquella mañana que era cualitativamente distinto de lo que habían sabido la semana anterior.
No era una diferencia de cantidad, sino de estructura.
Antes tenían indicios que convergían hacia una hipótesis.
Ahora tenían constancia de que, en 1908, otra persona había detectado una anomalía en un fragmento posiblemente relacionado con el sitio y había considerado necesario seguir investigándola antes de hacerla pública.
No demostraba que Müller hubiera llegado a la misma conclusión que ellos.
Pero significaba que la anomalía no había empezado con su investigación.
—Pembridge dice algo en la última página —dijo Clara, señalando el cuarto párrafo que Elías había leído menos atentamente que los tres anteriores porque la nota de Müller sobre el nombre original había absorbido toda su atención.
Elías tomó el papel. Leyó el cuarto párrafo completo.
Pembridge escribía que en el transcurso de su búsqueda había encontrado en los registros de correspondencia relacionados con las colecciones de antigüedades del Próximo Oriente del Museo Británico, una referencia de 1911 a un fragmento de osario de procedencia cuestionada que un coleccionista alemán, no identificado en la ficha había ofrecido al Museo para su examen.
El museo no había aceptado estudiarlo porque la procedencia del objeto no podía verificarse suficientemente y el coleccionista no había insistido.
La referencia incluía una nota del conservador señalaba, que el fragmento había sido devuelto al propietario con una explicación técnica sobre los requisitos de procedencia y que el propietario había aceptado la devolución «sin protestar y con una ecuanimidad que sugería que la negativa del Museo no le resultaba completamente inesperada».