Capítulo 7
El archivo de colecciones comprometidas
Sobre falsificaciones del siglo XIX, procedencias inventadas y un coleccionista que sabía demasiado
El contacto en el Museo Británico de Clara se llamaba David Pembridge, y su característica más relevante, desde el punto de vista operativo, era que respondía los correos electrónicos a las tres con la mañana con la misma exhaustividad y el mismo aparente buen humor que a las tres de la tarde.
Aquello sugería o bien que tenía un trastorno del sueño documentable o bien que vivía en una zona horaria que sus colegas habían dejado de intentar calcular.
Clara nunca se lo había preguntado. La disponibilidad de Pembridge era un hecho del mundo que ella utilizaba sin necesidad de comprenderlo del todo, del mismo modo en que se usa una biblioteca sin necesidad de conocer al bibliotecario.
La respuesta llegó a las siete y cuarenta y dos minutos de la mañana, hora de Jerusalén, en un correo de cuatro páginas que Clara imprimió antes de que Elías se levantara porque sabía que Elías leía documentos importantes en papel y no en pantalla, que era una preferencia que nunca había discutido con él pero que había observado durante el tiempo suficiente de trabajo compartido como para no necesitar ya confirmación.
Cuando Elías llegó a la mesa del salón con el café, encontró las cuatro páginas impresas en el lado de la mesa que él solía ocupar, con un lápiz encima: la señal de Clara de que aquello requería anotaciones durante la lectura.
Clara estaba en la cocina, de espaldas a él.
—Léelo de principio a fin antes de decir nada —dijo, sin girarse.
Elías tomó el lápiz. Leyó.
El primer párrafo de Pembridge era introductorio y podía resumirse así: el mercado de antigüedades del Levante entre 1880 y 1930 era, desde el punto de vista de la investigación de procedencias contemporánea, el equivalente a una escena del crimen sobre la que hubiera llovido durante décadas.
No porque todo lo que circuló en ese mercado fuera ilícito, no porque todo lo que circuló en aquel mercado fuera ilícito, sino existía porque las fronteras legales, administrativas y documentales eran mucho menos nítidas de lo que serían después.
El período otomano tardío tenía sus propias regulaciones sobre excavación de antigüedades, aunque su aplicación distaba mucho de ser uniforme y dejaba amplios espacios para intermediarios, permisos ambiguos y prácticas que hoy resultarían difíciles de defender.
Y el auge de la arqueología bíblica entre coleccionistas europeos y estadounidenses había creado una demanda que el mercado satisfacía con objetos cuya procedencia resultaba, en demasiados casos, bastante más flexible que el material del que estaban hechos.
El segundo párrafo era el que importaba.
Pembridge escribía con una precisión adquirida tras años de trabajo en la frontera entre el rigor académico y la investigación forense.
Describía una figura bien conocida por los especialistas en procedencias: un qué habría trabajado en la región de Belén entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuya identidad real seguía siendo desconocida.
En algunos expedientes aparecía bajo el apodo de «el escriba de Belén».
Se le atribuían diversos osarios y fragmentos con inscripciones arameas y griegas que habían circulado posteriormente por colecciones europeas.
El escriba de Belén no era una figura mítica ni una exageración retrospectiva de la investigación forense.
Su existencia había sido reconstruida parcialmente a partir de la comparación paleográfica de varias inscripciones conservadas en colecciones europeas.
Distintas piezas compartían rasgos de trazado suficientemente particulares como para atribuirlas, con distintos grados de certeza, a una misma mano o a un mismo taller.
Esos rasgos no encajaban limpiamente en un único periodo paleográfico, sino que combinaban formas propias de momentos distintos de la escritura aramea.
A ello se añadía una notable habilidad en el trabajo y preparación de la piedra, compatible con una formación artesanal especializada.
Elías dejó de leer durante un momento. Tomó el lápiz y subrayó la última frase del segundo párrafo.
Clara estaba ahora en el umbral de la cocina, con su propia taza de café, observando a Elías leer con la atención de quien había puesto en marcha un proceso y esperaba comprobar que funcionara como había previsto.
El tercer párrafo de Pembridge respondía directamente a la pregunta sobre Müller.
Pembridge había consultado los registros de correspondencia privada que el Museo Británico conservaba de varios coleccionistas europeos del período, incluida una serie de cartas de Heinrich Albrecht Müller dirigidas, en 1908 y 1909, a uno de los conservadores responsables de las colecciones de antigüedades del Próximo Oriente.
En ellas, Müller describía sus adquisiciones recientes en el mercado de Jerusalén con el entusiasmo de un coleccionista con dinero, tiempo y curiosidad suficientes para adquirir objetos antes de comprender del todo por qué le interesaban.
Lo que Pembridge había encontrado en esa correspondencia era lo siguiente: en una carta de marzo de 1908, Müller mencionaba haber adquirido un fragmento de osario el año anterior, en 1907, que había enviado para análisis a un epigrafista de Berlín cuyo nombre Pembridge había podido identificar en el registro.
El análisis del epigrafista había señalado algo que Müller describía en la carta con el tipo de eufemismo propio de un hombre culto de principios del siglo XX cuando quería decir algo sin formularlo de manera explícita: «una inconsistencia paleográfica que sugiere que la inscripción fue ejecutada en más de un momento y que al menos una de esas intervenciones es posterior a la fabricación original de la pieza».
Dos momentos de intervención sobre una misma pieza. En un fragmento de osario comprado en el mercado de Jerusalén en 1907 a través de un intermediario que aparecía también en otros expedientes relacionados con piezas atribuidas al escriba de Belén.
El cuarto párrafo era el que Pembridge llamaba, con el tono ligeramente más informal que adoptaba cuando estaba siendo generoso con una colega a quien debía una referencia bibliográfica, «la parte que te va a interesar más».
Pembridge había encontrado, en el mismo fondo de correspondencia del Museo Británico, una segunda carta de Müller fechada en septiembre de 1909.
En esa carta, Müller explicaba al conservador con quien mantenía correspondencia que había decidido no presentar el fragmento al congreso de arqueología bíblica de Leipzig de ese año, al que había sido invitado a contribuir.
La razón que daba era que el análisis adicional que había encargado había producido «complicaciones de interpretación que requieren más tiempo del que permite el calendario del congreso».
En la misma carta, Müller añadía una nota que Pembridge había transcrito literalmente porque, según escribía, le parecía «relevante para el propósito de tu investigación, aunque no estoy seguro de en qué sentido exactamente».
La nota decía, en alemán, que Pembridge había traducido al inglés y Clara había traducido al español en el margen con lápiz antes de que Elías leyera el documento: «La inscripción más antigua, anterior a las inscripciones actualmente visibles contiene un nombre que no corresponde a ninguno de los nombres que aparecen hoy en la pieza.
Las inscripciones visibles producen algunos rasgos de aquella escritura anterior, pero fueron ejecutadas por una mano distinta y, según el análisis disponible, en un momento posterior.
Lo que esto significa para la historia del objeto es algo que prefiero no consignar por escrito hasta haber podido visitar personalmente el lugar al que se atribuye la procedencia del fragmento y comprobar si esa procedencia puede sostenerse.
En el estado actual de mi análisis, no puedo afirmarla con certeza, pero tampoco descartarla. »
Elías leyó esa nota tres veces.
Luego dejó el papel sobre la mesa y permaneció un momento mirando al frente, con el lápiz en la mano y el café enfriándose en la taza sin que ninguna de las dos cosas recibiera su atención.
Clara se sentó frente a él. No dijo nada. La mañana de Jerusalén entraba por la ventana con la claridad específica del otoño avanzado, una luz que no era ni la generosidad del verano ni la austeridad del invierno sino algo intermedio y más honesto que ambas.
—La inscripción más antigua —dijo Elías, finalmente.
—Anterior a las inscripciones visibles.
—En el fragmento comprado en Jerusalén 1907, a través de un intermediario que aparece también relacionado con piezas atribuidas al escriba de Belén.
—Y con una procedencia que Müller ya no estaba dispuesto a aceptar sin comprobarla.
Elías puso el lápiz sobre la mesa.
—Si la atribución al escriba de Belén e correcta—dijo— trabajó sobre un fragmento que ya tenía una inscripción anterior.
Después se añadieron otras inscripciones, ejecutadas por una mano distinta y en un momento posterior.
Algunas de sus formas parecen reproducir rasgos de escrituras más antiguas, pero no sabemos todavía con que propósito.
—Una posibilidad es comercial —dijo Clara—. Hacer que la pieza pareciera más antigua, más singular o más atractiva para determinado comprador.
—Una posibilidad—repitió Elías.
Tomó de nuevo el papel y buscó el segundo párrafo.
—Lo que sí sabemos es que las piezas atribuidas al escriba de Belén muestran suficiente habilidad artesanal y conocimiento de formas paleográficas como para producir inscripciones convincentes a primera vista.
—Que era suficiente para engañar a muchos compradores de la época —dijo Clara.