El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 3 #4
23%

Capítulo 3 #4

—Si la Fundación Müller tiene documentación sobre el sitio —dijo— y si Hartmann sabe lo que esa documentación contiene, entonces la excavación de Brenner no es un descubrimiento. Es una confirmación de algo que alguien ya sabía.

—Eso es lo que he estado pensando desde esta mañana.

—Lo que me preocupa —dijo Elías— es que, si eso es verdad, Brenner puede ser parte de la operación o tan solo el arqueólogo que alguien eligió para hacer el trabajo. Y que esas dos posibilidades tienen consecuencias muy distintas sobre cómo tratamos lo que encontramos.

Clara lo miró durante un momento.

—¿Por qué?

—Porque, si Brenner sabe todo, la forma en que se nos presenta el sitio puede haber sido diseñada para conducir nuestra lectura. Si Brenner no sabe todo, entonces lo que vemos es lo que hay, más un nivel de significado que él desconoce y no controla.

—¿Y cuál de las dos opciones te parece más probable?

Elías pensó en la fluidez de las respuestas de Brenner el primer día, en las cuarenta respuestas a preguntas que nadie había formulado, en los registros duplicados que Miriam llevaba por instrucción directa del director del proyecto.

Pensó en la manera en que Brenner le había entregado la documentación estratigráfica sin vacilar, con la tranquilidad de alguien que no teme lo que esa documentación puede revelar, o que ya sabe hasta dónde llega lo que revela.

— No lo sé todavía —dijo finalmente—. Y eso es más importante que cualquiera de las dos respuestas.

Esa noche, Elías pasó dos horas leyendo sobre el mercado de antigüedades del Levante en el período otomano tardío: los grandes comerciantes de Jerusalén, Jaffa y Damasco que habían abastecido a coleccionistas europeos y americanos de finales del siglo XIX con piezas legítimas, falsificaciones de calidad variable y, en los casos más complejos, objetos auténticos con procedencias fabricadas para aumentar su valor o disimular su verdadero origen.

Era un mercado con su propia economía, su propia ética y su propio lenguaje, un lenguaje en el que «procedencia privada» significaba a menudo que nadie había preguntado con suficiente insistencia, y en el que «colección familiar desde el siglo XIX» era, en muchos casos, una forma elegante de poner el punto final antes de que comenzaran las preguntas.

Lo que ese mercado producía, además de piezas arqueológicas de valor variable, era archivos.

Cartas de compraventa, catálogos privados, correspondencia entre coleccionistas, notas de viaje de los agentes que viajaban por cuenta de los grandes compradores europeos para identificar y adquirir piezas en origen.

Esa documentación existía, estaba dispersa en colecciones privadas y públicas de media Europa, y en casos excepcionales, cuando alguien la había conservado con suficiente cuidado, decía cosas sobre objetos y sitios que los registros oficiales no decían, porque había sido escrita en el tiempo anterior a que los registros oficiales existieran en el sentido contemporáneo del término.

Si Heinrich Albrecht Müller había operado en ese mercado, había dejado ese tipo de documentación.

Y si Thomas Hartmann la tenía, sabía más sobre lo que estaba pagando que cualquier descripción pública del proyecto de Brenner sugería.

Elías cerró el ordenador pasada la medianoche. En el cuaderno, añadió tres líneas que no eran anotaciones técnicas sino preguntas, el tipo de preguntas que uno escribe no para responderlas inmediatamente sino para que no desaparezcan durante el tiempo que lleva encontrar la respuesta.

¿Qué sabía la familia Müller —o que conservaba en sus archivos — para que, más de un siglo después, una fundación vinculada a ella financiara, a través de tres niveles de distancia institucional, la excavación de este sitio?

¿Qué podía haber en la tumba para justificar semejante persistencia de interés y recursos?

¿Y qué sabía Brenner cuando aceptó el proyecto?

Debajo de las tres preguntas, después de un momento de quietud, añadió una cuarta que no era técnica ni metodológica pero que era, en ese momento, la más honesta de todas.

¿Cuánto de lo que no dicen las inscripciones está guardado en los archivos de quien que lleva décadas esperando a que alguien haga las preguntas correctas?

Cerró el cuaderno.

La investigación había comenzado con una anomalía paleográfica de medio milímetro y una nota de procedencia en la base de un osario.

Había llegado, en tres días, a una cadena de financiación con tres niveles de distancia institucional y un nombre del siglo XIX que todavía no podía medir con precisión.

No eran la misma cosa. Pero tampoco eran, con lo que sabía en ese momento, cosas completamente distintas.

La distancia entre ellas era precisamente el espacio en el que tendría que trabajar durante los días siguientes, con la paciencia de quien sabe que las respuestas importantes no llegan solas: sino que hay que ir a buscarlas allí donde alguien las dejó, hace mucho tiempo, esperando a que apareciera quien supiera formular las preguntas correctas.