El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Clara apareció en la puerta de la cocina con dos tazas.

—¿Una inscripción con una letra del siglo III en un osario del siglo I no te parece motivo suficiente?

—Es un motivo para investigar la procedencia de los osarios dentro del marco arqueológico del sitio. No para construir hipótesis sobre quién financia el proyecto y por qué.

—Elías —dijo Clara, con una paciencia que no era exasperación, sino algo más cercano a la precisión; eligió las palabras con más cuidado de lo habitual porque sabía que iban a importar—, las inscripciones no caen del cielo.

Los sitios arqueológicos no se financian por generosidad abstracta.

Alguien decide que esta tumba, en este lugar merece ser excavada ahora, y alguien pone el dinero para que eso ocurra.

Esas dos decisiones, la de excavar y la de financiar, no son independientes de lo que hay en la tumba.

Pueden tomarse antes de conocer su contenido, pueden ser consecuencia de algo que alguien ya sabe sobre él o ambas cosas a la vez.

Lo que no pueden ser, por definición, es irrelevantes para entender por qué esta tumba se está excavando ahora.

Dejó una de las tazas en el extremo de la mesa donde Elías tenía espacio para recogerla sin mover los papeles.

Elías tomó la taza. Miró la cadena de hojas sobre la mesa. Miró la taza. Volvió a mirar la cadena.

—La Fundación Müller —dijo— lleva el nombre de un hombre que murió en 1923.

—Sí.

—Un hombre que, según tu hipótesis, estuvo activo en el mercado de antigüedades del Levante.

—Eso infiero del patrón. No está documentado directamente en lo que tengo aquí.

—¿Puedes documentarlo?

Clara pensó un momento.

—Con acceso a registros de compraventa del período sí, probablemente.

Los grandes coleccionistas alemanes del cambio de siglo dejaron rastro en los mercados de El Cairo, Beirut, Jerusalén.

Parte de ese rastro está en archivos públicos, otra parte en colecciones privadas que en algunos casos han sido digitalizadas parcialmente.

—¿Cuánto tiempo?

—Depende de lo que haya. Unos días, si hay suerte. Más, si no.

Elías asintió lentamente, con el gesto de quien que estaba cambiando de posición, no porque lo hubiera decidido consciente, sino porque la anterior ya no le resulta sostenible con lo que sabía.

—Entonces lo verificamos —dijo—. Dentro del marco del análisis contextual del sitio, que es legítimo y forma parte del expediente.

—¿Dentro del marco? —repitió Clara, con una precisión que era también una forma de pregunta.

—Paralelo al análisis epigráfico. Sin subordinar uno al otro hasta que tengamos motivos para hacerlo.

Era una concesión que Elías formuló en el lenguaje de la metodología, el único en que podía permitirse hacerla sin sentir que cedía más de la cuenta.

Clara lo reconoció en el tono y no lo señaló, esa discreción era una de las formas de inteligencia que Elías había aprendido a valorar en ella, sin haberlo dicho nunca en esos términos.

Pasaron la tarde siguiente repartiendo el trabajo.

Elías volvió al yacimiento para una segunda sesión con los registros estratigráficos, que Brenner le había autorizado a consultar en el área de documentación del proyecto.

Clara se quedó en el apartamento con el ordenador y los contactos que había acumulado durante años en museos, archivos y bibliotecas del circuito arqueológico mediterráneo, contactos que funcionaban con la lógica específica de las redes académicas donde el favor y la información se intercambian con la misma moneda.

A las seis de la tarde, Elías volvió al apartamento con una nota adicional en el cuaderno: los registros estratigráficos del sector sur confirmaban que la distribución de los osarios en la pared del fondo era original, como ya había establecido el día anterior, pero además mostraban algo que se le había escapado había en la primera lectura.

La cuadrícula donde habían sido encontrados los dos osarios separados mostraba, en el registro de Avi, una anotación marcada con asterisco: suelo removido antes de la deposición de los osarios.

Era una observación de campo sin mayor desarrollo, el tipo de nota que los técnicos hacen cuando perciben algo que no encaja pero que no tiene peso suficiente para detener el trabajo.

El suelo debajo de los dos osarios separados había sido movido antes de que los osarios fueran depositados allí.

Lo que eso significaba, en el vocabulario de la arqueología de campo, era que aquel espacio podía haber sido preparado antes de recibir los osarios.

No parecía un espacio que hubiera quedado disponible de manera natural en la configuración de la cámara.

Parecía un espacio preparado para recibir algo que había llegado después que el resto.

Elías lo anotó en el cuaderno, debajo de todo lo demás, con la letra más pequeña que usaba cuando registraba algo que todavía no sabía cómo nombrar, pero que no quería perder.

Cuando Clara entró en el salón a las siete, Elías estaba con el cuaderno abierto y el café frío a su lado, mirando las hojas que ella había extendido por la mañana como si la cadena de financiación y los registros estratigráficos fueran dos documentos del mismo expediente que todavía no habían encontrado la manera correcta de encajar.

—¿Encontraste algo? —preguntó Elías.

Clara se sentó frente a él.

—Encontré a alguien que conoce los archivos de compraventa del mercado de Jerusalén de principios del siglo XX —dijo—.

Trabaja en el Museo de Israel, en el departamento de colecciones del período otomano tardío.

Le he pedido que busque el nombre Müller en cualquier registro de transacciones del período 1890-1925.

—¿Te ayudará?

—Me debe un favor desde 2017. Le pasé una referencia bibliográfica que terminó contribuyendo a su tesis doctoral. El mundo académico funciona con una contabilidad que nunca prescribe.

—¿Cuándo tendrás respuesta?

—Mañana o pasado. Depende de si los archivos están digitalizados o requieren consulta física.

Elías asintió. Miró de nuevo las hojas sobre la mesa y luego miró a Clara, con la expresión de alguien que estaba a punto de decir algo que ha estado postergando porque postergarlo era más cómodo que decirlo.