Capítulo 3 #2
—Alguien quiere financiar una excavación en un sitio específico de Jerusalén —dijo—.
Ese alguien no quiere —o no puede— aparecer directamente como financiador, por razones que pueden ser múltiples: reputación, discreción, cuestiones regulatorias sobre financiación extranjera de excavaciones en Israel, o simplemente el deseo de que nadie pueda trazar una línea directa entre el financiador y el resultado.
Crea o utiliza una estructura de tres niveles.
En el primer nivel, una fundación con nombre histórico y respetabilidad académica acumulada durante décadas: la Fundación Müller.
En el segundo nivel, una entidad instrumental más pequeña y más reciente que actúa como intermediaria: la Mediterranean Antiquities Research Initiative.
En el tercer nivel, la entidad local, el Jerusalén Heritage Trust, que aparece como patrocinador directo del proyecto de Brenner.
Cada nivel añade distancia y legitimidad.
Al final de la cadena, el dinero llega a Brenner como una donación ordinaria de una entidad local registrada.
Nada en esa cadena es ilegal, en principio.
Todo en esa cadena está diseñado para que no sea visible desde el otro extremo.
—¿Y si es simplemente una cadena de buenas intenciones bien organizadas? —preguntó Elías—. Una fundación que financia a través de organismos intermediarios porque eso optimiza la gestión fiscal o la distribución geográfica de los fondos.
—Es posible —dijo Clara—. También es posible que Thomas Hartmann, que dirige la Fundación Müller desde hace doce años y está vinculado por matrimonio a la familia de Heinrich Albrecht Müller, sepa algo sobre ese sitio específico que justifique financiar esa excavación específica en ese momento.
Y que eso que sabe venga de más lejos de lo que cualquier artículo académico sobre el sitio sugeriría.
Elías cortó el pan.
—¿Por qué Thomas Hartmann sabría algo sobre una tumba en Jerusalén que los arqueólogos israelíes no saben?
—Porque las familias con dinero y colecciones de antigüedades acumulan también documentación sobre el origen de esas piezas durante generaciones.
—Clara pinchó los huevos con el tenedor—.
El mercado de antigüedades del Levante en el siglo XIX y principios del XX era extraordinariamente activo y estaba muy poco documentado en el sentido contemporáneo del término.
Los objetos circulaban, los coleccionistas los compraban, y la documentación de procedencia que existía quedaba en manos privadas, no en registros públicos.
—¿Estás diciendo que Hartmann tiene documentación sobre la tumba?
—Estoy diciendo que si el Heinrich Albrecht Müller original adquirió algún objeto relacionado con ese sitio hace más de un siglo, es razonable suponer que habría documentación de esa adquisición en algún lugar del archivo familiar.
Y si esa documentación existe, Hartmann la tiene o sabe que existe.
Y si sabe que existe y financia una excavación en el sitio al que se refiere, está haciendo algo con esa información.
Elías dejó de cortar el pan.
La lógica de lo que Clara estaba diciendo era completamente lineal y estaba construida sobre premisas que, individualmente, eran razonables.
El problema era el salto entre las premisas y la conclusión: que la cadena de financiación fuera intencionalmente opaca no significaba que tuviera relación con el yacimiento de Brenner.
Había demasiados eslabones que Clara estaba saltando con la seguridad de quien ya ve el destino antes de haber recorrido el camino.
Al mismo tiempo, Elías llevaba tres días mirando osarios con inscripciones que no cuadraban con su entorno y registros de extracción que confirmaban separaciones inexplicables.
El sitio tenía algo. Y si el sitio tenía algo, la pregunta de quién había decidido excavarlo y por qué dejaba de ser una pregunta periférica.
—La segunda fundación de la cadena —dijo Elías—. El nombre del director. ¿Tienes el artículo del Financial Times ?
Clara sacó la última hoja del fajo. Era una impresión en blanco y negro de un artículo con fecha de marzo de 2009.
Elías lo leyó con la velocidad de alguien que lee mucho y sabe dónde buscar lo que importa.
El párrafo relevante estaba en el tercio inferior de la segunda columna.
Daba cuatro nombres de coleccionistas europeos que las autoridades italianas habían incluido en una investigación amplia sobre flujos de antigüedades de procedencia iraquí y afgana en el período 2003-2008.
Los cuatro figuraban como objeto de investigación.
Ninguno había sido imputado formalmente.
El artículo señalaba que dos de ellos habían reorganizado sus actividades de adquisición bajo nuevas estructuras societarias en los años siguientes.
El tercer nombre de la lista coincidía con el del director de la Mediterranean Antiquities Research Initiative.
Elías dobló el artículo y lo dejó sobre la mesa.
Hubo un silencio. No el silencio de las personas que no tienen nada que decir, sino el de las que tienen demasiado y están calculando qué parte de lo que tienen merece ser dicho en voz alta y en qué orden.
—Pide la cuenta —dijo finalmente.
Clara lo miró.
—¿Te vas?
—Volvemos al apartamento. Necesito ver los papeles completos en una superficie donde pueda extenderlos todos a la vez, no en una mesa de restaurante.
Clara llamó al camarero. Mientras esperaban, Elías recogió las hojas y las organizó con el mismo criterio que aplicaba a los documentos de archivo cuando llegaba material nuevo: primero por fecha, después por relevancia, reservando un espacio al margen para las que todavía no sabía cómo clasificar.
Dejó la hoja del Financial Times encima de todo.
Pagaron y salieron a la calle Jaffa, que a mediodía alcanzaba el punto más caluroso y congestionado del día. Caminaron durante cinco minutos en silencio, un silencio que no necesitaba llenarse porque los dos pensaban en lo mismo desde ángulos distintos y lo sabían.
Fue Clara quien habló primero.
—¿Sabes lo que es un árbol de procedencia? —preguntó, sin dejar de caminar.
—En arqueología, sí. El historial documentado de un objeto desde su origen hasta el presente.
—En el mercado de antigüedades, los árboles de procedencia tienen una característica particular —dijo Clara—.
Se pueden fabricar. No completamente: no puedes inventar que algo estuvo en el Museo Británico en 1920 si no estuvo.
Pero puedes, si tienes los recursos y los contactos, construir una procedencia parcial que sea suficientemente sólida para que el objeto pase los controles básicos.
Una carta aquí, un recibo de compraventa allá, una referencia en el catálogo de una colección privada.
Lo suficiente para que, si alguien investiga, encuentre algo y se conforme con ello.
—¿Y si alguien investiga más a fondo?
—Entonces el árbol de procedencia tiene agujeros.
Períodos sin documentación, propietarios intermedios sin registro, saltos en la cadena que se explican como pérdidas de archivo.
—Clara se detuvo en un semáforo—. Lo que estás viendo en la cadena de financiación de Brenner es el equivalente institucional de un árbol de procedencia fabricado.
No es ilegal en ningún punto. Pero tiene exactamente el mismo diseño: distancia, intermediarios y suficiente legitimidad en cada nivel para que quien investigue superficialmente se conforme con lo que encuentra.
El semáforo cambió. Cruzaron.
—Estás diciendo que la cadena de financiación del proyecto de Brenner fue diseñada para que resulte difícil reconstruirla desde fuera. —dijo Elías.
—Estoy diciendo que funciona de esa manera, independientemente de si fue diseñada así o terminó adoptando esa forma por acumulación. El resultado es el mismo.
—El resultado es una cadena de financiación opaca con un elemento de procedencia cuestionable en el segundo nivel.
—Y en el primer nivel, una fundación que lleva el apellido de un coleccionista alemán del siglo XIX que operó activamente en el mercado de antigüedades del Levante. —Clara se detuvo ante la puerta del edificio y buscó la llave en la mochila—. Puede ser coincidencia. Müller no es un apellido raro.
—No lo son.
—Pero tampoco abundan en las cadenas de financiación de excavaciones en Jerusalén.
Subieron las escaleras. El apartamento olía a café de la mañana y a los libros que Elías había dejado abiertos sobre la mesa antes de salir.
Elías despejó la mesa con movimientos metódicos, apilando los libros en el suelo junto a la silla, y extendió las doce hojas de Clara en dos filas de seis y las ordenó primero por fecha y después por relevancia, hasta encontrar una disposición que permitiera leer la cadena de manera lineal, de arriba abajo, desde la Fundación Müller de Ginebra hasta el nombre de Brenner en el registro del proyecto.
Leyó la cadena completa de esa manera, de pie, con las manos en los bolsillos, durante cuatro minutos que Clara empleó en hacerse otro café y preparar uno para Elías sin preguntarle si Elías, porque Elías siempre quería uno, aunque nunca lo pedía.
—Hay un problema fundamental con este análisis —dijo Elías, sin moverse del sitio—.
Y no es que la cadena sea sospechosa ni que el nombre del director de la segunda fundación aparezca en un artículo de 2009.
El problema es que no tenemos ninguna conexión entre esta cadena de financiación y lo que hay en la tumba.
Tenemos dos cosas que son interesantes por separado y que pueden o no estar relacionadas.
La metodología correcta es mantenerlas separadas hasta que haya evidencia de que están conectadas.
—La metodología correcta en arqueología —dijo Clara, desde la cocina.
—La metodología correcta en cualquier disciplina que aspire a producir conclusiones verificables.
—¿Y cuándo esperas que aparezca la evidencia de que están conectadas?
—Cuando haya motivos para buscarla activamente.