El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 3
17%

Capítulo 3

El árbol genealógico del dinero

Sobre quién paga una excavación y por qué eso nunca es irrelevante

El restaurante estaba en la calle Jaffa, a diez minutos a pie del apartamento, y tenía la virtud principal de los restaurantes que Clara elegía cuando quería pensar con tranquilidad: mesas lo suficientemente separadas, ruido de fondo constante que absorbía las conversaciones sin amplificarlas, y una carta lo bastante breve para no obligar a decidir durante demasiado tiempo cosas que no importaban.

Elías llegó primero, como hacía siempre que acordaban encontrarse a una hora concreta, y pidió agua y pan mientras esperaba.

Clara llegó ocho minutos después, con la mochila colgada del hombro izquierdo y un fajo de papeles que depositó sobre la mesa antes de sentarse, con el cuidado específico de quien había pasado la mañana organizando algo que no quería que se desorganizara en el tránsito de la calle a la silla.

—Necesito que mires esto con paciencia —dijo, antes de saludar.

—Buenos días —dijo Elías.

—Buenos días. Necesito que mires esto con paciencia.

Elías apartó el pan y miró el fajo de papeles.

Eran unas doce hojas impresas en A4, con texto en inglés y algunos encabezados en hebreo, además de anotaciones a lápiz de Clara en los márgenes.

La primera hoja era la página de inicio de un proyecto de registro de fundaciones sin ánimo de lucro del Ministerio de Justicia israelí.

La segunda era un extracto de registral de una entidad llamada Jerusalén Heritage Trust, con sede declarada en Tel Aviv.

La tercera empezaba a enumerar los patrocinadores del proyecto.

Elías puso las hojas en orden y las leyó mientras el camarero llegaba con la carta y Clara pedía café y algo con huevos casi sin mirarla, porque estaba pendiente de los papeles y de la reacción de quien los leía por primera vez.

La cadena era la siguiente: el proyecto de excavación dirigido por Yosef Brenner estaba adscrito académicamente a la Universidad Hebrea de Jerusalén, que actuaba como institución de respaldo.

La financiación operativa, sin embargo, no provenía de la universidad ni de fondos públicos, sino de una serie de donaciones canalizadas a través del Jerusalén Heritage Trust, que era la entidad registrada en la primera hoja.

El Trust, a su vez, declaraba recibir sus fondos de tres fuentes principales: dos fundaciones con nombres genéricos y una tercera fundación cuyo nombre, en el tercer nivel de la cadena, era Fundación Heinrich Albrecht Müller para el Estudio del Patrimonio Cultural Mediterráneo, con sede registrada en Ginebra.

Elías leyó el nombre de la tercera fundación.

Lo leyó de nuevo.

—Es un nombre alemán —dijo.

—Sí —dijo Clara.

—Del siglo XIX.

—Probablemente.

—Las fundaciones que llevan el nombre de una persona del siglo XIX suelen llamarse así porque esa persona las fundó.

—O porque alguien creó una fundación más tarde en honor de un miembro de la familia —dijo Clara—.

Eso es lo que ocurre en este caso. La Fundación Müller fue establecida en 1987 por Thomas Hartmann, ciudadano alemán vinculado por matrimonio a la familia de Heinrich Albrecht Müller.

Müller murió en 1923 sin descendencia directa.

Su sobrino heredó el capital. El capital pasó después al hijo del sobrino, que años después se convertiría en el suegro de Hartmann.

—Clara hizo una pausa—. Es un árbol genealógico del dinero, no de la sangre, pero funciona con la misma lógica.

—¿Cómo encontraste esto?

—El registro de la fundación en Suiza es público.

El nombre de Hartmann aparece en los estatutos como director fundador.

El resto es buscar nombres en bases de datos digitalizadas de registros civiles alemanes y suizos desde los años noventa.

—Clara tomó el café que el camarero había dejado mientras Elías leía.

—Tardé dos horas. No es difícil si sabes dónde buscar.

—¿Y qué hace esa fundación habitualmente, además de financiar excavaciones en Jerusalén?

—Publica una revista académica de acceso limitado sobre arqueología del Levante.

Subvenciona dos o tres tesis doctorales por año en universidades alemanas y suizas.

Organiza seminarios por invitación en Ginebra sobre patrimonio cultural en zonas de conflicto.

En términos generales, hace exactamente lo que hacen las fundaciones privadas de patrimonio cultural: produce legitimidad académica alrededor de un nombre y de un interés que alguien quiere mantener activo.

Elías dejó las hojas sobre la mesa.

—Que una fundación privada financie una excavación arqueológica es absolutamente ordinario —dijo, con el tono deliberadamente ecuánime que adoptaba cuando su propia hipótesis empezaba a convencerlo demasiado deprisa.

— Es así como funciona buena parte de la arqueología de campo en Israel y en todo el Mediterráneo.

Los fondos públicos no cubren todo, las universidades tampoco, y las fundaciones privadas llenan el espacio intermedio. A veces con agenda. A veces sin ella.

—A veces con agenda que se llama interés intelectual legítimo —dijo Clara—. Y a veces con agenda que se llama saber de antemano lo que vas a encontrar.

—No puedes demostrar lo segundo.

—Todavía.

Elías tomó un sorbo agua. Afuera, en la calle Jaffa, tenía el ruido ordinario de una mañana de martes en una ciudad que había aprendido a convivir con su propia historia sin dejarse paralizar por ella, lo cual era una hazaña que merecía más reconocimiento del que recibía.

Un autobús. Un grupo de estudiantes con mochilas.

Alguien discutiendo por teléfono en un idioma que desde la distancia no era identificable.

—Hay una segunda fundación en la cadena —dijo Clara—, antes de que llegue el dinero al Trust. Se llama Mediterranean Antiquities Research Initiative y está registrada en Chipre.

Es más pequeña, más nueva, y aparece en los registros de la Fundación Müller como una de sus entidades asociadas.

—Buscó entre las hojas y sacó la que correspondía—.

Ese nombre tampoco aparece de manera directa en ninguna lista de alerta.

Pero cuando buscas el nombre de uno de sus directores en el registro de Chipre y lo cruzas con bases de datos de noticias internacionales, aparece una referencia en un artículo del Financial Times de 2009.

—¿Qué clase de referencia?

—De esas que los periódicos financieros usan cuando quieren decir algo sin decirlo completamente.

El artículo trataba sobre el mercado de antigüedades en los años posteriores al inicio de las guerras de Afganistán e Irak, un período de circulación especialmente intensa de objetos arqueológicos de procedencia cuestionable.

Uno de los párrafos mencionaba a varios coleccionistas europeos que habían sido investigados por las autoridades italianas y griegas en ese contexto.

Ninguno fue condenado. Varios cerraron sus operaciones o las reorganizaron bajo estructuras distintas.

Uno de los nombres en ese párrafo es el mismo que aparece como director fundador de la Mediterranean Antiquities Research Initiative de Chipre.

Elías no dijo nada durante un momento.

—Investigado —repitió finalmente—. No condenado.

—No condenado —confirmó Clara, con el tono de alguien que reconoce la distinción porque es importante y no porque le parezca suficiente—.

Hay una diferencia sustancial entre ser investigado y ser condenado, y yo la respeto.

También hay una diferencia sustancial entre reconocer que un coleccionista investigado por tráfico de antigüedades dirige una fundación que financia una excavación en Jerusalén y considerar que ese hecho es una coincidencia sin peso interpretativo.

—La diferencia es demostrable.

—En un tribunal, sí. En un análisis de contexto, la diferencia es menos clara.

—El análisis de contexto no es un instrumento jurídico.

—No —dijo Clara—. Es un instrumento de comprensión. Eso es lo que estamos haciendo aquí, por si has olvidado para qué vinimos.

Era la primera vez, en tres días de trabajo compartido, que el tono de Clara adquiría ese borde específico, que no era hostilidad sino la fricción que producen dos superficies metodológicamente distintas cuando se rozan con suficiente fuerza.

Elías lo reconoció y decidió, de manera deliberada, no responder al tono sino a la pregunta que el tono contenía.

—No lo he olvidado —dijo—. Vine a estudiar inscripciones. Tú viniste a estudiar el contexto en el que esas inscripciones existen. Son dos trabajos distintos y exigen estándares de evidencia diferentes.

—Compatibles —dijo Clara.

—Complementarios, quizás.

—Que es una forma de decir compatibles con más distancia.

El camarero llegó con los platos. Huevos revueltos para Clara, una ensalada y pan para Elías, que había pedido casi sin recordar cuándo.

Hubo una pausa mientras el camarero colocaba los platos y preguntaba si necesitaban algo más.

La interrupción cumplió la función habitual en las conversaciones tensas: no resolver la tensión, sino darle tiempo para asentarse lo suficiente como para poder continuar.

—Explícame la cadena completa —dijo Elías cuando el camarero se fue—. Desde el principio. Como si no hubiera visto los papeles.

Clara ordenó las hojas.