Capítulo 2 #4
—Si alguien supiera de antemano lo que esas inscripciones contienen, o lo que podrían contener, querría tener sus propios registros antes de que los registros oficiales circularan entre más personas. —Clara cerró el cuaderno—. ¿Encontraste algo nuevo esta mañana?
Elías le habló del Yosef de la pared del fondo y de las dos palabras debajo del nombre.
Le habló de la cara lateral del osario de Salomé y de la expresión «los que guardaron».
Le habló, por tercera vez, pero con mayor detalle, de la anotación en la base con la procedencia alternativa que había encontrado el primer día.
Y le habló de la letra del siglo III en la fórmula de lamento, con el dibujo de las tres formas de la ayin que sacó del cuaderno y extendió sobre la mesa junto a las tazas de café.
Clara escuchó todo sin interrumpir, como hacía cuando la información que recibía necesitaba espacio para organizarse antes de dar lugar a preguntas. Cuando Elías terminó, ella miró el dibujo de las letras durante un momento.
—El que escribió la segunda línea —dijo— cometió un error que solo alguien con conocimientos muy específicos puede detectar.
—Sí.
—¿Y qué dice eso sobre quién escribió la segunda línea?
—Dice que sabía perfectamente lo que hacía, que tenía la formación suficiente para imitar con gran fidelidad la epigrafía de un período anterior, pero que, en un momento, trazó esa letra de la manera en que la había aprendido; la propia de su tiempo, no la del tiempo que estaba imitando.
—Como un actor muy bueno que, en un momento de cansancio, usa su propio acento en lugar del de su personaje.
—Es una analogía que no usaría en un artículo académico —dijo Elías—, pero sí.
—¿Y cuándo lo haría? ¿En qué circunstancias alguien añade, en el siglo III, una segunda línea a una inscripción existente imitando el estilo del siglo I?
—Cuando quiere que parezca que siempre estuvo ahí.
—¿Por qué querría eso?
Elías guardó el dibujo en el cuaderno. Fuera, en la calle, pasaba una familia con niños y una guía que hablaba en alemán sobre la arquitectura del barrio armenio con un entusiasmo que los niños no compartían.
—Porque la segunda línea dice algo que alguien consideró necesario añadir después —dijo—. Algo que no estaba en la inscripción original pero que, más tarde, se quiso incorporar sin que pareciera un añadido.
—Finalmente encontró su lugar —repitió Clara—. El que aquí descansa encontró finalmente su lugar.
—Sí.
—Es una cosa muy concreta de decir sobre alguien que acaba de ser enterrado. Quien acaba de serlo está en su lugar por definición. —Clara tomó su café—. A no ser que lleve tiempo sin estarlo. A no ser que haya estado en otro lugar antes.
Elías no respondió. Era uno de esos momentos en que callaba porque Clara acababa de decir exactamente lo que él estaba pensando. Ponerlo en palabras antes de tener la documentación que lo sostuviera habría sido lo contrario de la cautela metodológica.
No lo dijo. Clara tampoco lo dijo. Pero en el espacio entre las dos tazas de café y el dibujo de las tres formas de la ayin sobre la mesa, la hipótesis que todavía no tenía nombre empezó a tomar la forma específica que toman las cosas cuando pasan de ser posibles a ser probables: el momento en que dos personas que piensan de maneras completamente distintas miran la misma cosa y ven lo mismo.
Esa tarde, Elías envió una consulta a tres colegas especialistas en paleografía aramea tardía.
La consulta era técnica y específica: pedía ejemplos documentados de la forma del trazo inferior de la letra ayin en el corpus epigráfico del siglo III del Levante, con referencias bibliográficas.
No mencionaba el contexto. No era necesario.
Las respuestas llegaron en el transcurso de las veinticuatro horas siguientes, y las tres confirmaban lo que ya sabía: la forma que había encontrado en el osario de Yeshua era característica del siglo III y estaba bien documentada, sin precedentes en el corpus del siglo I.
Guardó las respuestas en la carpeta del expediente con la misma etiqueta que había usado para el resto de la documentación: preliminar. No concluyente. Pendiente de verificación adicional.
Pero por primera vez desde que había llegado al sitio, la palabra «preliminar» había empezado a pesar menos que las cosas que señalaba.
Esa noche, Elías pasó dos horas revisando bibliografía sobre las fórmulas de lamento en la epigrafía funeraria aramea del período intertestamentario.
Lo hizo en el apartamento, con el ordenador y tres libros de referencia que había traído en el equipaje, porque era el tipo de investigador que viajaba con bibliografía de y consideraba que el espacio de la maleta era un recurso que debía distribuirse entre ropa limpia y libros según criterios de prioridad que no siempre favorecen a la ropa limpia.
Clara estaba en su habitación. Elías escuchaba, de vez en cuando, el sonido de su teclado.
A las once de la noche, Clara abrió la puerta del salón y se asomó con la expresión de alguien que había encontrado algo y estaba calculando si era el momento adecuado para decirlo.
—¿Sabes qué área dirige Miriam en el departamento de archivo de la universidad? —preguntó.
—No lo sé —dijo Elías, sin levantar los ojos del libro.
—Del área de objetos con procedencia cuestionada.
Elías levantó los ojos del libro.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo busqué en la página web de su departamento cuando me dio el apellido completo.
—¿Te dio el apellido completo?
—Le pregunté cómo se escribía para asegurarme de que lo anotaba bien.
—Clara se apoyó en el marco de la puerta—.
Miriam Katz es la persona que en su universidad evalúa los objetos arqueológicos cuya procedencia no puede documentarse con total claridad.
Es la especialista en determinar si algo fue adquirido legalmente.
Y Brenner la trajo a este sitio para llevar registros duplicados de las inscripciones.
Elías cerró el libro.
El teclado de la habitación de Clara había dejado de sonar. La noche de Jerusalén era silenciosa en ese barrio, con el silencio específico de los lugares que habían tenido muchos siglos para aprender a guardar sus propias confidencias.
—Eso tiene varias lecturas posibles —dijo Elías, con el tono de alguien que estaba siendo deliberadamente ecuánime porque la alternativa era ser precipitado.
—Tiene exactamente tres lecturas posibles —dijo Clara—.
La primera es que Brenner quiere que alguien con experiencia en procedencias cuestionadas documente el sitio para protegerse de cualquier acusación futura de irregularidad.
La segunda es que Brenner sabe que el sitio tiene algún elemento de procedencia cuestionada y quiere tener a alguien cerca que pueda evaluarlo discretamente.
La tercera es que hay algo en ese sitio que alguien necesita evaluar antes de que llegue a manos de la Autoridad de Antigüedades.
Elías no dijo nada durante un momento.
—Las tres implican que Brenner sabe algo que no está en los informes oficiales —dijo finalmente.
—O que sospecha algo. Que no es lo mismo, pero se le parece lo suficiente como para tomar precauciones.
Clara se apartó del marco de la puerta.
—Mañana voy al yacimiento —dijo—. No me lo impidas.
—No te lo iba a impedir.
—Bien. —Hizo una pausa—. ¿Encontraste algo más en los libros?
—Encontré que la fórmula de la segunda línea tiene un único precedente en el corpus documentado.
Una sola inscripción, en una tumba de Bet Shearim del siglo IV, que usa una estructura gramatical análoga para referirse a alguien que había sido enterrado en otro lugar y cuyos restos fueron trasladados posteriormente.
La fórmula de lamento, en ese caso, celebra que el difunto haya llegado finalmente al lugar que le correspondía.
Clara guardó silencio durante un largo momento.
—Traslado de restos —dijo.
—Sí.
—¿Del siglo IV?
—Del siglo IV. Eso que significa que la fórmula documentada entonces probablemente recogía una práctica anterior.
Quien añadió la segunda línea al osario de Yeshua conocía esa práctica y utilizó una fórmula semejante para decir algo análogo sobre alguien que, en su tiempo, había sido trasladado de otro lugar a este.
—Finalmente —dijo Clara.
—Finalmente —repitió Elías.
Se miraron desde los dos extremos del salón durante un momento imposible de medir, porque los momentos de esa clase no se miden: se constatan.
—Buenas noches —dijo Clara.
—Buenas noches —dijo Elías.
La puerta de la habitación de Clara se cerró.
Elías volvió al libro abierto sobre la mesa, aunque tardó varios minutos en retomar la lectura.
Había algo en la suma de todo lo que sabía esa noche que era mayor que cada una de sus partes, y las cosas así requieren un momento de quietud antes de que uno pueda seguir trabajando con normalidad.
En el cuaderno, añadió una última anotación antes de cerrar la sesión del día: la inscripción anómala de la segunda línea no era un error del artesano original.
Era el texto de alguien que añadió información más tarde, en el siglo III, usando una fórmula conocida en su propio tiempo para registrar algo específico sobre el contenido de ese osario: que llegó de otro lugar, que tardó en llegar, y que quien lo trasladó hasta allí consideró necesario dejar constancia de que había llegado finalmente, después de mucho tiempo sin estar donde debía estar.
El osario no registraba un entierro. Registraba un traslado.
Y eso cambiaba de manera fundamental la pregunta que había que hacerse: no quién estaba enterrado en esa tumba, sino quién había sido movido hasta ella, desde dónde, y por qué alguien en el siglo III había considerado que ese movimiento merecía ser registrado en piedra, con la discreción suficiente para que solo lo leyera quien se agachara a buscarlo y la permanencia suficiente para que sobreviviera más de dieciséis siglos esperando a que alguien lo hiciera.