El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La tumba que ya existía antes de ser descubierta

Contexto histórico de los osarios del siglo I y el problema de los precedentes famosos

La sesión comenzó sin que ninguno de los dos la hubiera convocado formalmente.

Elías llevaba trabajando desde las seis de la tarde en la mesa del apartamento, con tres artículos académicos abiertos en el ordenador y el cuaderno a su izquierda, que se iba llenando de referencias bibliográficas y fechas con la cadencia metódica de quien construye un andamiaje antes de colocar una sola piedra.

Clara había llegado a las ocho con comida comprada de camino al apartamento, dejó los paquetes en la cocina procurando no interrumpir, aunque sin intentar entrar en silencio absoluto, y pasó veinte minutos en su habitación con la puerta entreabierta.

Luego había salió, había llenado dos platos, había dejado uno frente a Elías sin decir nada, y se había sentado en el extremo opuesto de la mesa con el suyo.

Comieron durante diez minutos sin hablar.

Era la clase de silencio que no incomoda a ninguno de los dos porque ambos estaban haciendo algo con el silencio: Elías ordenando, Clara observando.

Las ventanas del apartamento daban a un patio interior donde crecía una higuera que nadie había plantado deliberadamente y que había llegado a esa altura sin que nadie se lo hubiera impedido, la clase de árbol que prospera en los márgenes de los lugares habitados precisamente porque nadie le presta demasiada atención.

—Necesito explicarte algo —dijo Elías finalmente, sin levantar los ojos del artículo.

—Lo sé —dijo Clara.

Elías alzó la vista.

—¿Lo sabes?

—Llevas tres días viendo cosas en esa tumba que no puedes nombrar porque, para nombrarlas necesitas contexto y yo todavía no te he pedido que me lo des.

—Clara dejó el tenedor sobre el plato—. Necesitas decirme dónde estamos parados históricamente.

Sin eso, lo que yo encuentro sobre la cadena de financiación flota en el aire y lo que tú encuentras en las inscripciones también. Las dos cosas necesitan una base.

Era una descripción exacta. Elías tardó un momento en responder, no porque no supiera qué decir, sino porque Clara había descrito con tanta precisión lo que necesitaba hacer que lo dejaba, como ocurría a veces, en la incómoda posición de explicar algo que ella ya ha entendido.

La explicación se parecía entonces, a pensar en voz alta con testigo.

—Bien —dijo—. Entonces déjame explicarte dónde estamos.

Se levantó y buscó entre los papeles de la mesa hasta encontrar el cuaderno. No lo abrió. Lo tuvo en la mano durante un momento, como hacen las personas que usan un objeto como ancla cuando van a decir algo que requiere cierto orden.

—El uso de osarios —comenzó— corresponde a una práctica funeraria característica de un período relativamente breve, aproximadamente entre el 20 antes de nuestra era y el año 70 de nuestra era.

La fecha final no es arbitraria: la destrucción del Segundo Templo por las legiones de Tito en el año 70, coincide aproximadamente con el declive de esa práctica.

Después del 70, el uso de osarios de piedra caliza disminuye de manera drástica y termina desapareciendo como práctica habitual.

La razón exacta de ese abandono no está completamente clara, pero la coincidencia cronológica con la destrucción del Templo se considera más que circunstancial.

—¿Por qué importa el límite cronológico?

—Porque fija un marco. Un osario con las características formales que estamos viendo en esta tumba debería pertenecer, en principio, a ese período. Fuera de ese marco cronológico, su presencia requiere una explicación.

Clara asintió. Elías siguió.

—Durante ese período, y especialmente en Jerusalén y sus alrededores, se han encontrado varios miles de osarios.

La mayoría son anónimos o contienen nombres sin mayor relevancia documental.

Pero hay excepciones que han modificado de manera sustancial lo que sabemos sobre el período, y otras que han generado debates tan intensos que la discusión sobre su interpretación terminó casi tan importante como los propios hallazgos.

Esos son los casos que necesito que entiendas antes de que podamos hablar de lo que estamos viendo en esta tumba.

Se sentó de nuevo. Abrió el cuaderno en la página donde había escrito esa tarde una lista con tres entradas subrayadas.

No la leyó literalmente. La usó como referencia mientras hablaba, el modo en que los conferenciantes experimentados usan las notas: no para leerlas sino para saber que están ahí si las necesitan.

—El primero es el osario de Caifás —dijo—.

En 1990, durante unas obras de construcción en el sur de Jerusalén, una excavadora abrió accidentalmente una cámara funeraria del período del Segundo Templo.

En su interior había doce osarios. El más notable tenía una decoración elaborada y, en dos de sus caras, inscripciones con el nombre Yehosef bar Qaifa.

Caifás, en su forma aramea. El sumo sacerdote Caifás es un personaje histórico documentado por Flavio Josefo y mencionado en los evangelios.

La identificación del osario con el Caifás histórico fue debatida y cuestionada, aunque muchos especialistas terminaron considerándola plausible, con las reservas propias de una identificación de ese tipo.

Lo que ese hallazgo produjo, además de debate académico, fue algo que los arqueólogos del período habían aprendido a anticipar como una segunda onda después de cada descubrimiento significativo en Jerusalén: la atención mediática, la presión teológica, la intervención de grupos religiosos con intereses en la interpretación del hallazgo, y la politización inmediata de lo que debería haber sido una cuestión de paleografía y datación.

Clara escuchaba con esa atención que no era pasiva, sino activa en el sentido más preciso: no la de quien acumula información, sino la de quien la conecta con lo que ya sabe mientras la recibe.

—La segunda ola—repitió.

—La segunda ola siempre llega —dijo Elías—.

Y en Jerusalén llega más deprisa y con más fuerza que en cualquier otro sitio del mundo porque en Jerusalén no hay descubrimiento arqueológico que pertenezca solo al pasado.

Todo lo que se desentierra aquí pertenece también al presente de alguien.

Puede pertenecer a la identidad nacional israelí, a la teología cristiana, la tradición islámica, a la herencia judía en sentido religioso, cultural o en ambos.

Eso significa que excavar en Jerusalén, independientemente de lo que encuentres, implica necesariamente intervenir en conversaciones que llevan siglos abiertas y que no esperaban tu opinión para seguir existiendo.

—¿Y el osario de Caifás generó esa segunda ola?

—El osario de Caifás generó un debate académico razonablemente contenido, porque la identificación era significativa pero no teológicamente explosiva en el sentido más inmediato.

Caifás es una figura histórica de peso, pero su osario no desafía ningún dogma central.

Lo que ocurrió con algunos hallazgos posteriores fue diferente.

Elías se levantó de nuevo. No porque necesitara moverse, sino porque lo que iba a explicar parecía manejar mejor de pie, cuando el cuerpo podía acompañar al pensamiento con algo más que el movimiento de los ojos sobre un papel.

Fue hacia la ventana. La higuera del patio seguía ahí, inmóvil en la noche, con esa indiferencia de los árboles que crecen en los márgenes de las cosas.

—El segundo caso es el osario de Santiago —dijo—.

En 2002 salió a la luz un osario de piedra caliza perteneciente al coleccionista israelí llamado Oded Golan.

Ese mismo año fue exhibido en el Royal Ontario Museum de Toronto.

Llevaba una inscripción aramea que decía, en traducción directa: Ya'akov bar Yosef akhui deYeshua: Santiago hijo de José, hermano de Jesús.

La inscripción contenía tres de los nombres más frecuentes del período del Segundo Templo en la misma pieza.

En condiciones normales, eso no habría sido extraordinario.

Pero la combinación de los tres nombres en esa relación específica, si la inscripción era auténtica, apuntaba hacia una identificación no solo arqueológicamente extraordinaria, sino enorme repercusión histórica y teológica: Santiago el hermano de Jesús de Nazaret, figura histórica central en los orígenes del cristianismo y en el debate sobre la naturaleza de la familia de Jesús que ha dividido tradiciones teológicas durante veinte siglos.

Clara dejó el plato a un lado.

—¿Era auténtico?

—Esa es la pregunta más cara que ha producido la arqueología del siglo XXI —dijo Elías, con el tono seco que reservaba para las ironías enteramente justificadas—.

En 2003, la Autoridad de Antigüedades de Israel concluyó que la inscripción era una falsificación.

El caso terminó convirtiéndose en una investigación penal y Golan fue acusado de falsificación.

Tras años de proceso judicial, en 2012 fue absuelto de los cargos de falsificación.

Pero una absolución penal no autentica una inscripción: significa únicamente que la acusación no logró demostrar la falsificación con el grado de certeza exigido por un tribunal.

La discusión científica, por tanto, siguió abierta.

—¿Y qué piensan los especialistas?

—Los especialistas están divididos. Es la respuesta honesta y también la más frustrante.

Algunos consideran auténtica la primera parte de la inscripción, pero sostienen que la referencia al ⟪hermano de Jesús ⟫ fue añadida posteriormente.

Otros defienden que toda la inscripción es antigua.

Y también hay quienes consideran la inscripción completa, o al menos una parte sustancial de ella, es una falsificación moderna.

Después de años de análisis y controversias, ninguna de esas posiciones ha conseguido cerrar definitivamente el debate.

Clara permaneció quieta durante un momento.

—¿Y cuál es tu posición?