Atta
N otaba una lluvia cálida sobre la clavícula y el soplo del viento helado en las mejillas, pero estaba entumecida. Oía a alguien llorar.
«Pobrecillo —pensó—. No llores aquí. En el Más Allá no hay lugar para las lágrimas».
En el Más Allá no hay lugar para las lágrimas.
Abrió los ojos de golpe y jadeó en busca de aire.
—¿Sonder? —graznó.
Pero él se puso a llorar con más ganas, a reír, a abrazarla, a reprenderla, a estrujarla, a apartarle el pelo de la cara y estrecharla de nuevo contra su pecho.
—Has bebido fluido embalsamador —la acusó.
—Solo un poquito.
Él se rio entre lágrimas.
—Madre mía, Atta. Pero ¿qué has hecho?
Ella se retiró un poco para mirarlo a la cara y le acarició la frente con la yema de los dedos.
—Nada especial. Solo me he exorcizado a mí misma y he cerrado de una vez por todas un portal que comunicaba este mundo con otro.
Sonder se volvió a reír y la estrechó con tanta fuerza que Atta pensó que le partiría las costillas si no las tenía rotas ya.
—Puede que necesite ir al hospital —se las arregló para decir a pesar de que apenas la dejaba respirar.
—¡Ay, Dios! Sí, por supuesto.
Sonder se apartó de ella, se puso de pie y la cogió en brazos.
Ambos ahogaron una exclamación al ver lo que los esperaba detrás. La Mansión Murdoch había quedado reducida a escombros. Piedras y hierros retorcidos, humo y destrucción.
Sonder echó a correr, sorteando los árboles caídos, los cascotes, los cristales rotos, la vegetación aplastada del invernadero y los huesos de sus padres. Atta permaneció agarrada a su pecho mientras él esquivaba cada obstáculo, mientras ambos llamaban a sus amigos.
—¡Gibbs! —sollozó Atta cuando lo vio sentado entre los escombros de lo que debía de haber sido la cocina, frotándose una herida en la cabeza—. ¿Cómo? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular. Era un milagro que hubiera sobrevivido a aquel desastre.
Sonder dejó a la joven sobre una viga y fue a echarle un vistazo a Gibbs.
—Estoy bien. Busca a Emmy y a Imogen —le pidió el chico con voz ronca.
Atta oyó un quejido no muy lejos de donde se encontraban.
—¡Ahí! —exclamó.
Sonder se abrió camino entre los restos de la casa y, cuando llegó al lugar que ella había señalado, levantó un trozo del tejado y encontró a Emmy.
—Creo que tengo la pierna rota —se quejó la chica—, pero, por lo demás, estoy bien.
Un grito atrajo su atención desde la otra punta de los escombros, y Gibbs y Sonder corrieron con torpeza hacia allí. Atta apenas alcanzaba a distinguir la melena rubia de Imogen y su mano de manicura perfecta sobresaliendo entre los cascotes, como un muerto viviente escapando de su tumba.
—¡Ayuda! ¡Se me ha caído una casa encima! ¡Me muero! ¡Me han secuestrado!
—Virgen santa —masculló Sonder con acidez cuando la liberó y descubrió que estaba de una pieza, que apenas había sufrido un solo rasguño.
Atta se rio con ganas mientras las lágrimas le caían por el rostro. Lo habían conseguido. Todo había acabado.
Uno a uno, Sonder y los demás se unieron a ella con carcajadas alegres, nerviosas o una mezcla de ambas.