El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

S e había dejado la voz llamándola, pidiéndole a gritos que no lo hiciera, pero no había conseguido llegar hasta ella.

«La enterraste bajo el espino equivocado».

Había tardado demasiado en entenderlo, en asimilar la gravedad de sus palabras.

Su madre había traído a las hadas a Dublín. No sabía cómo, pero en lo más profundo de su ser sabía que era así. Y Atta había descubierto la manera de detenerlas.

Dejó a los demás en la habitación, luchando por salvarle la vida a Imogen, y recorrió la casa entera buscándola, llamándola a pleno pulmón. Pero, en cuanto comprobó que el libro no estaba en su habitación, supo a dónde había ido.

Sonder sentía que le iba a explotar la cabeza, que se le iba a salir el corazón del pecho, que los pulmones le iban a colapsar. Se había perdido en un bosque, un bosque distinto al de los terrenos de su casa, y llevaba deambulando por allí lo que se le antojaba una eternidad.

—¡Atta! —gritó otra vez, aunque se le quebró la voz por haberla forzado demasiado.

Y entonces un estallido de luz blanca lo envolvió todo, seguido de una explosión atronadora que sacudió la tierra y lo tiró al suelo de rodillas. Sonder se cubrió los oídos y cerró los ojos, cegado por la repentina claridad.

Otra explosión precedió al estrépito de las piedras al chocar, de los árboles al astillarse, del cristal al romperse, de las ramas al caer y del mundo al ser destruido. Y no cualquier mundo. Su mundo.

Y entonces todo se quedó en silencio.

—¡Atta! —gritó. Se puso de pie y avanzó con torpeza, dando tumbos a través del bosque caído.

Encontró su cuerpo bajo el espino derribado, inmóvil. Demasiado inmóvil.

A Sonder se le llenaron los ojos de lágrimas y se le formó un nudo en la garganta al caer al suelo junto a ella para tratar de quitarle el árbol de encima. Cuando por fin logró apartarlo, descubrió que su pecho no se movía.

Entonces se fijó en el frasquito abierto que le pendía del cuello.

— A stór, no…

Sonder apoyó la cabeza sobre el pecho de Atta y se echó a llorar.