El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

A lo lejos, todavía oía los gritos de Imogen, cargados de miedo y dolor, así como las bruscas órdenes de Sonder.

Había llegado la hora. Sabía lo que tenía que hacer y, aunque estaba aterrorizada, también estaba decidida a no fallar.

No sabía qué era lo que la había vinculado con Olivia, con las hadas, con ese mundo ajeno al suyo, pero todo la había conducido hasta este momento. Lo tenía tan claro que la horrorizaba.

Ella era una tragedia, y él, su sosiego.

Atta se guardó la foto y un frasquito de sal negra en el bolsillo de la camisa de Sonder sin molestarse en cambiarse de ropa. No tenía sentido hacerlo, y además Sonder no tardaría en percatarse de lo que ocurría; estaba demasiado enredado en su alma como para no darse cuenta.

Las hadas se llevarían a Imogen, luego a Gibbs y, por último, a ella y a Sonder. Allí, en el epicentro de todo.

Olivia Murdoch había empezado a abrir un portal hacia otro mundo con su libro de cuentos, Hacia el Bosque de las Hadas. Su muerte, junto con la de su marido, habría concluido el proceso. Pero Sonder, el dulce Sonder, había enterrado a sus padres bajo el espino equivocado.

Aquella que había llamado a Olivia ahora también llamaba a Atta, mostrándole el camino hasta el viejo espino de tronco retorcido, el que las liberaría y sentenciaría el mundo a muerte.

Se trataba de la misma hada que le correteaba bajo la piel, que canturreaba rimas sin sentido y que estaba transformando su sangre en lodo.

Pero nada de eso sucedería si Atta cerraba la puerta. Si echaba la llave y la tiraba bien lejos de allí.

Se miró por última vez en el espejo para estudiar las venas negras que se le habían empezado a marcar en el cuello. Luego cogió el libro que tenía en la mesita de noche y dejó que las canciones feéricas la condujeran hasta el espino.

El bosque neblinoso creció a su alrededor, expandiéndose, rodeándola con una infinidad de árboles.

Cuando el miedo se adueñó de su corazón, oprimiéndolo con fuerza, Atta echó a correr por temor a arrepentirse y dar media vuelta.

Entonces alguien la llamó desde atrás. Aquella voz sonaba mucho más asustada que ella misma. Atta sentía las lágrimas heladas cayéndole por las mejillas, el nudo en la garganta, el escozor en los ojos.

«No —pensó—. No me sigas. Vete».

—¡Atta! —aulló la voz de nuevo. Era grave y sonora, conocida.

Las lágrimas caían y caían, ella corría y corría.

—¡¡Atta, no!! —Fue un grito gutural, rebosante de tormento.

Unas luces parpadearon entre la niebla. Eran azules, como la parte más caliente de una llama.

«Fuegos fatuos —oyó decir a su propia mente fragmentada—. Las llamas de los difuntos».

Se adentró en la bruma persiguiendo a uno a toda prisa. Con la respiración entrecortada, sacó un frasquito de sal negra y aceleró.

Un grito ensordecedor desgarró el cielo nocturno y Atta se dio la vuelta para enfrentarse a ellas, a las hadas que no podía ver. Destapó el frasquito con una mueca desafiante. El alarido se repitió, como el de una banshee decidida a escapar.

Con el frasquito agarrado con fuerza en una mano y el libro en la otra, Atta siguió adelante sin amedrentarse.

Todavía oía los gritos de Sonder, pidiéndole desesperadamente que se detuviera, pero sabía que no sería capaz de alcanzarla.

El Bosque de las Hadas ya la había engullido y había tejido un muro impenetrable de ramas retorcidas.

Se detuvo cuando el viejo espino de tronco retorcido entró en su campo de visión.

«Acércate, hija de más de un mundo».

Atta obedeció, y una calma peculiar y aterradora se adueñó de ella. Se plantó ante el árbol, abrió el libro y leyó el último cuento, el único al que no habían llegado.

Trataba sobre una doncella que buscaba algo más para su hijo. Buscaba la magia, y un mundo donde se idolatraran la pureza y la aventura. Un mundo que, en realidad, no era más que una mentira. Un efecto óptico. Una ilusión de las hadas. Una trampa.

La doncella abrió los ojos demasiado tarde.

Atta habló en el idioma de las hadas. Tan pronto como la última palabra abandonó sus labios, la lluvia comenzó a caer y un espejismo de luz y neblina se materializó ante ella.

La puerta.

«Crúzala», canturrearon demasiadas voces, incluyendo la que residía en sus pulmones.

Atta dio un paso adelante y el bosque contuvo el aliento mientras la arboleda de espinos de la Mansión Murdoch asomaba a lo lejos.

Pero Atta tenía otro frasquito. Hacía semanas que lo llevaba alrededor del cuello. Y es que había visto aquel momento en un sueño. Al principio no lo había entendido. Pero ahora sí.

Le quitó el tapón a la diminuta botella y tragó. El contenido le quemó la garganta, le revolvió el estómago e hizo que le lloraran los ojos, pero Atta siguió tragando. Y entonces cruzó la puerta.