El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

Tenía la aterradora sensación de que algo no iba bien. Como si el desastre estuviera esperando a que alguien le diera permiso para desatarse.

—Sonder.

Aunque lo llamó en un susurro, él se sobresaltó de igual manera. Estaba encorvado sobre el escritorio y parecía medio enloquecido.

—Deberías estar durmiendo.

—Lo mismo te digo —replicó ella—. ¿Qué haces?

—Tus pérdidas de memoria, Atta. —A la joven se le encogió el corazón al oír que se le entrecortaba la voz. Debería haber sabido que el tema seguiría reconcomiéndolo.

—Ya hemos hablado de esto. Estaba cansada, nada más.

Sonder se puso de pie con la respiración agitada.

—No. Te ha vuelto a pasar. Has vuelto a olvidar una conversación entera. Una muy importante. La has olvidado. Otra vez.

Atta rodeó el escritorio y le puso una mano en el pecho. Sonder llevaba varios días fuera de sí porque se le había olvidado un fugaz intercambio de palabras entre ellos, aunque ambos sabían que no era algo que debían pasar por alto.

—Ya sabes que he estado muy cansada. Muerta de sueño. —Sonder se estremeció, y ella retiró la mano. Recurrir a aquella expresión había sido una mala, malísima elección—. Ya estoy empezando a recordar algunos detalles. Ha sido cosa del agotamiento, nada más.

«Mentira, mentira, mentiras y espinas, con zarzas te desgarran y te echan a la pira» .

—Tenemos que encontrar la manera de detectar la posesión más temprano. Tenemos que…, que… —Sonder se pasó la mano por el pelo, y Atta volvió a cubrir la distancia que los separaba.

—Que me olvide de ciertas conversaciones y que los huéspedes sufran pérdidas de memoria a corto plazo son dos cosas que no tienen nada que ver la una con la otra.

Sonder le miró los labios con los ojos empañados.

—Necesito comprobarlo, a stór.

—Estoy bien, mi amor, mi vida. —Se puso de puntillas para besarlo—. Ábreme en canal y lo verás.

Aquello hizo que a Sonder se le crispara una de las comisuras de la boca, pero Atta no llegó a oír su respuesta, pues un grito desgarró la noche.

Intercambiaron una mirada de espanto y salieron tan precipitadamente al pasillo que Atta se golpeó el hombro al doblar una esquina.

—¡Es Imogen! —Se encontraron con Gibbs pasada la biblioteca. Tenía las gafas torcidas y un brillo aterrorizado en los ojos.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó Sonder antes de rodearlo y entrar en el dormitorio de la chica.

Gibbs corrió tras él.

—No lo sé. Me he quedado dormido mientras la vigilaba y, al despertarme, me la he encontrado gritando y convulsionando.

Sonder encendió la luz y Atta y él se acercaron sin perder un solo segundo a la cama de la chica, que se sacudía sobre el colchón empapada en sudor. Tenía los ojos en blanco y gritaba a pleno pulmón.

—¿¡Qué coño ha pasado!? —exclamó Emmy, aterrorizada, desde el umbral.

—¡Ve a por un equipo de exorcismos! —gritó Atta—. ¡Rápido!

—¡Y trae mi maletín! —le ladró Sonder a Gibbs por encima del hombro.

Cuando se quedaron a solas con la chica, Sonder miró a Atta y la dejó clavada en el sitio.

—Han sorteado las barreras de contención.

Una risa familiar le correteó por la piel.

—No —susurró ella. Se le estaba empezando a nublar la vista—. El hada debía de estar ya dentro de ella. —El mundo le daba vueltas; Sonder, Imogen y la habitación se convirtieron en un borrón—. Ve a comprobar la bodega.

Entonces se derrumbó y, aunque Sonder se lanzó hacia ella, el suelo se le adelantó.

Olivia apareció ante ella. Allí mismo.

Estaba joven, mucho más joven de lo que la había visto nunca. Iba cantando, bailando por la arboleda de espinos, rodeada de hojas vistosas y llenas de vida. Sus ramas parecían inclinarse y mecerse con ella, como una corte venerando a su reina.

Atta, que se sentía tan serena como asustada, se acurrucó sobre una roca caldeada por el sol y jugueteó con el musgo que la cubría mientras veía a Olivia acercarse al viejo espino de tronco retorcido.

—¿Qué es lo que buscas? —La voz que Atta solía oír en su mente reverberó entre las copas de los árboles.

—Magia y grandeza —dijo Olivia Murdoch, hablándole al hueco abierto en el tronco—. Y más para mi hijo.

Atta no alcanzó a oír el resto de la conversación. Entonces el cielo se oscureció y la brisa se volvió gélida. Olivia se alejó.

Atta se incorporó y se giró hacia la casa, pero todo estaba distinto.

Era otoño. Hacía frío y la niebla envolvía el paisaje.

Sonder discutía con alguien en el exterior.

Movida por la curiosidad, Atta se acercó para escuchar mejor.

Su padre lo acompañaba. Habrían sido como dos gotas de agua si Sonder no hubiera tenido los ojos de su madre.

Discutían sobre ella, sobre su estado. Había enfermado y Sonder no lograba que mejorara, así que su padre había contactado con la Agamenón.

Atta se adentró en la casa y subió flotando como un espectro por la escalera. Fue directa a su habitación, a la de Olivia. Tocó la puerta y la abrió con un empujoncito. Estaba allí postrada, enredada con las sábanas, tan pálida como un cadáver y con heridas en forma de luna creciente bajo los ojos.

—Hola, Olivia —susurró Atta, y se sentó a su lado para tomarla de la mano.

La mujer abrió los ojos y los posó en los de Atta un segundo antes de agarrarle la muñeca con fuerza.

—Tienes que cerrarla. Cierra la puerta.

Atta profirió un horrible jadeo y se descubrió a sí misma tirada en el suelo. Imogen seguía gritando y Gibbs y Emmy estaban lanzando puñados de sal y rociando el preparado de milenrama por toda la estancia.

Sonder le sostenía el rostro entre las manos.

—¿Qué has visto?

Entonces Atta lo comprendió.

Todos los cabos sueltos se unieron en un lazo macabro.

Comprendió demasiadas cosas.

Todas de golpe.

Como si le hubieran introducido un mundo entero de información en el cerebro y el excedente le rezumara por los ojos, las orejas, la boca. Porque Sonder había hecho bien en tener miedo. Alguien se había colado en su interior. Estaba siendo poseída. Pero no dejaría que se adueñaran de Sonder.

—¿Qué has visto? —insistió él, con la voz entrecortada por el temor.

—A la paciente cero —dijo ella, también con un graznido.

Sonder se quedó inmóvil mientras el caos seguía campando a sus anchas a su alrededor. No había esperanza para Imogen. Ya no. No conseguirían erradicar a las hadas con sus exorcismos. Pero ahora Atta sabía con una escalofriante certeza lo que tendrían que hacer para librarse de ellas.

—¿Quién fue la paciente cero, Sonder?

Al ver que los ojos se le llenaban de lágrimas, Atta supo que había estado en lo cierto. Lo suyo era una tragedia.

Ἀμαρτἰα.

Hamartía.

El error fatal.

Aquiles y Patroclo.

—El cuerpo de la paciente cero no fue incinerado, ¿verdad?

Mirándolo desde su regazo, envuelta en sus brazos y oyendo de fondo los gritos de sus amigos, Atta vio a Sonder tragar saliva con fuerza.

—No, no lo fue. Le di el cambiazo a su cadáver por uno que teníamos en la morgue de la Aquiles antes de que lo hicieran.

Atta se zafó de él. Quería odiarlo. Odiar a su madre.

Pero ¿cómo podrían haberlo sabido? Sonder ignoraba que su madre era la llave.

Que ella había desbloqueado la puerta. Sin embargo, no había llegado a abrirla porque Sonder nunca supo lo que se ocultaba en el interior de su madre y no había respetado la verdadera forma en que ella había querido ser enterrada.

Atta le tocó la mejilla a Sonder.

—La enterraste bajo el espino equivocado. —Y eso había evitado el fin del mundo. Al menos por un tiempo.

Sonder la miró con la boca entreabierta y el ceño fruncido en una expresión confundida.

—No lo entiendo.

—Te lo explicaré. —Mentira—. Ahora céntrate en ayudar a Imogen. Vuelvo en un segundo. —Otra mentira.

Sonder lo leyó en sus ojos, Atta lo sabía. Y ella vio cómo el miedo le surcaba la mirada a él.

—Vuelvo en un segundo —volvió a mentir.

Y Sonder la dejó ir.