Atta
Habían expulsado al hada (una sílfide, para ser exactos) del cuerpo de Anne Flannery justo después de que la llegada del año nuevo desatara el caos por las ruidosas calles de Dublín.
A pesar de que llevaban semanas desarrollando una clasificación para las hadas e identificando los síntomas tempranos asociados a cada tipo de criatura y estadio, todavía no habían tenido oportunidad de entrevistarse con un superviviente.
—Pareces nerviosa, a stór. Emocionada.
Y no se equivocaba. Tal vez aquello la convirtiera en una persona horrible, pero el ansia de conocimiento era como una droga y el subidón que estaba a punto de experimentar hacía que se le acelerara el pulso.
—Es la primera vez que hablamos con una superviviente. ¿Cómo no iba a estarlo?
Sonder perdió la sonrisa y la miró frunciendo el ceño.
—No, no es la primera vez.
Se volvió hacia ella y Atta hizo lo propio, confundida.
—¿Qué quieres decir?
—Que hablamos con la señorita Larson hace tres días.
Atta parpadeó e intentó disimular su sorpresa.
—Ay, es verdad. —Se rio con un resoplido—. Tengo que plantearme en serio lo de empezar a dormir más.
Se oyeron unos pasos al otro lado de la puerta, acercándose apresuradamente.
—Tomaste un montón de notas —le dijo Sonder, con una mirada extraña—. A lo mejor te refrescan la memoria.
—Sí, las revisaré luego.
Una mujer de mediana edad con el rostro ruborizado abrió la puerta y los saludó con una amplia sonrisa.
—Doctor Murdoch. —Extendió la mano, y Sonder le dio un rápido apretón antes de que se volviera hacia Atta—. Señorita Morrow. Es un placer verlos de nuevo. Adelante, adelante.
La señora Flannery volvió a entrar en el recibidor, y Sonder y Atta la siguieron hasta la sala de estar.
—¿Les apetece una tacita de té? —les preguntó la mujer por encima del hombro. Se había detenido ante un aparador, donde descansaba un precioso juego de porcelana.
—Sí, gracias —contestó Atta mientras se sentaba en un pequeño sofá.
Sonder, que seguía sin quitarle el ojo de encima y mantenía una expresión adusta, no respondió. Atta carraspeó y desvió la mirada hacia la señora Flannery.
—Está usted estupenda —le dijo con total sinceridad. Aunque tampoco era difícil que tuviera mejor aspecto. Al fin y al cabo, la última vez que había visto estaba macilenta, retorciéndose de dolor y con sangre negra manando de la boca.
La señora Flannery dejó escapar una risita, trajó una bandeja a la mesita y les sirvió a Atta y a Sonder una humeante taza de té a cada uno.
—Me alegro de poder ver los rostros que se ocultaban tras las máscaras. —Volvió a sonreír y se sentó frente a ellos con la tercera taza en las manos—. Es una suerte que el HPSC se haya decidido por fin a revelar la identidad de sus héroes secretos.
Atta dio un sorbito de té para aliviar la incomodidad que le causaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
Habían hecho pública su identidad para perjudicar a la Agamenón, pero, como no podía ser de otra manera, los muy cabrones habían hecho todo cuanto había estado en su mano para llevarse el mérito.
Tampoco tenía demasiada importancia. Ni Sonder ni ella buscaban reconocimiento alguno, y estaban encantados de no romper a sudar en mitad de cada exorcismo por culpa de la máscara.
Atta esperaba que fuera Sonder quien iniciara la conversación con la señora Flannery para explicarle por qué habían ido a hablar con ella; pero él se limitó a quedarse allí pasmado, mirando a Atta, sin probar siquiera el té.
Conteniéndose para no poner mala cara, Atta tomó la palabra:
—Le agradecemos mucho que haya accedido a reunirse con nosotros. Queremos entender mejor la peste y, para ello, necesitamos averiguar cuáles son los síntomas tempranos, los que aparecen antes de que el paciente descubra que se ha contagiado.
—Por supuesto. —La señora Flannery se cruzó de piernas, se recostó contra el sofá y extendió los brazos—. Soy un libro abierto. Pero les advierto que apenas recuerdo nada de los días antes de caer enferma.
—Podemos ir poco a poco —la tranquilizó Atta mientras sacaba una libreta y un bolígrafo—. La niebla mental es algo normal después de un suceso tan traumático.
—No. —La señora Flannery se inclinó hacia delante—. No me ha entendido. Digo que durante aquellos días me fallaba mucho la memoria.
Sonder se giró repentinamente hacia la mujer, y a Atta le empezaron a sudar las manos.
—Explíquese —le pidió él con tono seco.
—Ay, pues a ver, es que a veces no era capaz de recordar qué iba a hacer o para qué entraba a una habitación.
Cosas así. Por lo general tengo una memoria excelente.
—Se dio un golpecito en la sien con un dedo—.
Pero mi marido dice que los días previos a caer enferma estuve muy despistada.
Repetía cosas una y otra vez, guardaba las llaves en el frigorífico o incluso me olvidaba de llevar al perro conmigo cuando lo sacaba a pasear.
¡Cogía la correa y todo, pero me dejaba a Pepinillo en casa!
La señora Flannery se rio, y la mirada abrasadora de Sonder volvió a caer sobre Atta, que tomaba notas concienzudamente.
—¿Y qué más? —espetó Sonder, haciendo que la mujer dejara de reírse de sí misma en el acto.
—Ay, cielos. —Se colocó el pelo detrás de las orejas—. P-pues no sé…
—¡Piense! —ladró él de nuevo, y ella dio un respingo—. ¡Es importante!
Atta se puso de pie a toda prisa e hizo lo posible por esbozar una sonrisa.
—Por favor, discúlpenos. Tengo que hablar en privado con el profesor Murdoch.
La señora Flannery asintió con nerviosismo y Atta sacó a Sonder a rastras al pasillo. Casi alcanzaba a oír el rechinar de sus dientes.
—Controla un poco el tonito a lo Frankenstein —le ordenó en un siseo al doblar una esquina—. La estás agobiando.
—Esto es importante, Atta. —Sonder se pasó una mano por el pelo y se lo dejó todo revuelto antes de echar a caminar de un lado a otro.
—Ya lo sé, pero la pobre no podrá ayudarnos si la espantas con tus intentos de sacarle información.
Sonder se detuvo en seco y se volvió para mirarla.
—Te falla la memoria.
—Solo necesito dormir —replicó ella, cruzándose de brazos—. Estoy bien.
—Si te acordaras de la conversación que tuvimos con la señorita Larson, sabrías que esta no es la primera persona que nos comenta lo de las pérdidas de memoria asociadas a la posesión.
Joder, no era la rabia lo que teñía sus palabras. Era miedo.
—Sonder —le dijo Atta con delicadeza—, estoy bien. Cuando lleguemos a casa, repasaré mis notas y volveré a acordarme de todo. Luego me echaré un ratito y todo irá bien.
Él no respondió, pero le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia sí para apretarla contra su cuerpo.
—No puedo perderte —susurró, apoyando su frente en la de ella.
—No me vas a perder.
Sonder la besó apasionadamente y le prometió que se portaría bien durante el resto de la conversación.
Atta, a su vez, se mantuvo fiel a su palabra y se puso a revisar sus notas tan pronto como regresaron a la Mansión Murdoch.
Los síntomas que había mencionado la señora Flannery eran casi los mismos que los de la señorita Larson.
Sin embargo, Atta no recordaba haber hablado con esta última.
Tras ahondar en las profundidades de su cerebro, lo único que fue capaz de recordar fueron los fragmentos inconexos de un poema, desgastados y despedazados como los huesos ante el paso del tiempo:
… ojos tallados y dientes de espino
… hojas por dedos y ramas por huesos
… la tala maldita de la Morada del Espino