Atta
S onder y Gibbs prepararon una copiosa comida compuesta de ensalada, gambas, cordero y patatas asadas.
Se habían reunido en el comedor, alrededor de la enorme mesa de madera de roble pulido, para decidir cómo proceder a continuación.
Decir que a Imogen no le convencía la situación era quedarse cortos, pero no podían dejarla deambulando por la casa, por si se topaba con algo que no le convenía, ni tampoco andarse con rodeos delante de ella para que no se enterara más de lo justo y necesario.
Tras un postre de café expreso y magdalenas, Gibbs repartió unos cronogramas bien detallados mientras Sonder hablaba:
—Emmy y Gibbs se encargarán de los huéspedes en estadio i y de los que acaben de entrar en estadio ii .
Marguerite se encargará de los casos avanzados de estadio ii , pero nunca sola.
Atta y yo nos iremos turnando para ayudarla, y además nos encargaremos de los huéspedes en estadio iii y iv .
—Clavó la mirada en Imogen—. Y tú te quedarás aquí.
—Cuando la chica abrió la boca para responder, él levantó una mano—.
Protesta todo lo que quieras, di que te hemos secuestrado, pero ten muy presente que estarás muerta en una semana si decides hacer alguna idiotez.
Imogen lo contempló estupefacta.
—Debería llamar a la Garda para que os encierren, panda de psicópatas.
Después de llevar dos días aguantándola y de haber frustrado un intento de huida, Sonder estaba tan harto de ella que se levantó, salió de la estancia hecho una furia y regresó de la cocina con el teléfono; a juzgar por la tapa del enchufe y los pedacitos de yeso que colgaban del cable, debía de haberlo arrancado de la pared. Lo dejó con un golpetazo sobre la mesa.
—Adelante. No soy yo quien va a perder la puta vida.
Imogen se quedó boquiabierta con una magdalena todavía en la mano.
—No, gracias —dijo con resignación.
Sonder la ignoró y regresó a su silla.
—Pasemos al siguiente cronograma, Gibbs, por favor.
—El chico dejó otro papel delante de cada uno de los presentes, aunque se saltó a Imogen—.
Aquí veréis los turnos que hemos preparado para disfrutar del grandísimo honor de vigilar a Imogen durante la noche, pues creemos que será entonces cuando las hadas intenten poseerla.
Imogen le quitó su horario a Gibbs y resopló indignada. Emmy, que estudiaba la primera hoja, arrugó la nariz.
—No sé si estoy preparada para esto. Aquí dice que realizaremos nuestro primer exorcismo mañana, y hace solo dos días que empecé a aprender cómo se hacen.
—No son tan complicados como parecen —la tranquilizó Atta—. Puedo aislar la bodega con más barreras de contención y soltar a una de las hadas para que practiques con ella si quieres.
Enseguida supo, por la expresión de Sonder, que la idea no le hacía ninguna gracia, pero tampoco se opuso a ella.
—Vale. —Emmy asintió y miró a Gibbs—. Me parece buena idea.
—Sí, supongo.
—Pues luego en un rato bajamos —decidió Atta.
—Yo tengo trabajos que corregir esta noche. —Marguerite se puso de pie y se limpió la boca con una servilleta de tela, con delicadeza, antes de dejarla sobre la mesa—. Nos vemos mañana para nuestra primera cita, Sonder.
Gibbs se puso a recoger los platos, pero Sonder lo interrumpió con un movimiento de la mano.
—Ve con ellas a la bodega, yo me encargo de limpiar.
—¿Puedo ver la tele o los prisioneros ni siquiera tenemos ese privilegio? —preguntó con retintín Imogen al tiempo que se cruzaba de brazos.
Sonder se pellizcó el puente de la nariz.
—Que alguien se encargue de ella, por favor. Necesito fumar.
Gibbs se llevó a Imogen a su habitación, le proporcionó todo lo necesario para que se quedara allí el resto de la tarde y se reunió con Emmy y Atta en la bodega.
Cuando no estaban estudiando a las criaturas, las mantenían encerradas allí abajo, rodeadas de todo tipo de barreras de contención que, combinadas con distintas mezclas de fluido embalsamador, habían demostrado ser todo un éxito.
Emmy se acercó a la tercera hada que habían atrapado con vida; para ello, habían utilizado una mezcla especial compuesta de una parte de fluido embalsamador y dos de milenrama, ruda, hipérico, hierro y agua infusionada bajo la luz de la luna.
La criatura había quedado suspendida en el aire, pero seguía teniendo pulso y parpadeando.
De vez en cuando, incluso lograba lanzar alguna dentellada.
Emmy siguió avanzando por la estantería y se detuvo ante una de las dos únicas hadas a las que apenas habían tocado.
—¿Por qué las tenéis aún aquí? Parece peligroso.
—Y lo es —confirmó Atta—, pero necesitamos entenderlas. Ya te he contado por qué creemos que nos están poseyendo, pero todavía no sabemos a ciencia cierta de dónde vienen.
«Mentira, mentira, mentiras y espinas, con zarzas te desgarran y te echan a la pira».
El hada se abalanzó contra el cristal de su jaula y le dio un susto de muerte a Emmy. Atta habría jurado que la había oído reír. El sonido de sus carcajadas resonaba en el interior de su cabeza.
—¿Os importa si no soltamos a esa? —preguntó Emmy con voz chillona.
Atta coincidió, y eligieron a la más tranquila de las tres que aún seguían vivas.
A la que había permanecido sentada en actitud estoica mientras Sonder inmortalizaba su sinuosa figura en un boceto y Atta documentaba sus hábitos de sueño.
Al principio no habían sabido muy bien cómo alimentarlas para mantenerlas con vida, pero al final tuvieron cierto éxito con una dieta a base de tubérculos y pequeños roedores.
Sin embargo, las tres hadas habían dejado sus respectivos recipientes hechos un desastre después de comer, y Atta sabía que pronto habría que embalsamarlas.
La que había permitido que la estudiaran sin inmutarse, la que había comido con mucho decoro pese a la evidente aversión que le habían causado los alimentos y todavía no había hecho ni un solo ruido, observó a Atta con atención a medida que se acercaba.
Había algo elegante en ella. Solemne. Atta barajaba un par de teorías sobre ella: o estaba más evolucionada que las demás u ocupaba una posición más alta en la jerarquía feérica.
Tal vez ambas opciones fueran ciertas. La habían expulsado del sexto paciente en estadio iv , cuando estaba a punto de completar la posesión con éxito.
El hada permaneció quieta en su jaula de cristal, y Atta descubrió fascinada que había entrelazado sus diminutas manitas a la espera de que se detuviera ante ella.
—Preparaos —les pidió a Emmy y a Gibbs—. Coged sal negra, palo santo y la solución de ajenjo y turmalina.
Oyó movimiento a su espalda, acompañado del tintineo de los frasquitos, pero no apartó la vista del hada, que había retorcido su amplísima boca en una sonrisa.
«Hola, hija de más de un mundo».
Atta retrocedió con torpeza. No. Había imaginado aquella voz. Estaba agotada, nada más. Sin embargo, una carcajada resonó en su interior y le sacudió las entrañas.
—¿Cómo se las obliga a salir del cuerpo? —preguntó Atta a sus amigos.
—Con un cántico feérico —respondió Gibbs.
—Bien.
—Vale, volvamos a encerrar a esta cabrona —dijo Emmy.
Atta tomó aire profundamente por la nariz y la soltó por la boca. Acto seguido, borró la barrera que había dibujado con tiza en la puerta de la jaula, abrió el pestillo y dio un paso atrás.
«Bendita seas». El eco de aquellas palabras surcó sus pensamientos justo antes de que el hada saliera disparada hacia delante, empujara la puertecilla y echara a volar por la húmeda bodega.
—Daos prisa —instruyó Atta a sus amigos mientras la criatura revoloteaba, incapaz de atravesar las barreras que habían trazado con tiza en el centro de la estancia—.
Esta ya está atrapada y no tiene mucha energía, pero no podéis permitiros perder ni un segundo en un exorcismo normal.
¿Qué utilizaríais para contenerla llegados a este punto?
—La sal —respondió Gibbs, que había flexionado las rodillas, listo para atacar.
—Luego, el palo santo —añadió Emmy mientras lo encendía. Cuando el humo y su aroma terroso flotaron hacia el techo, la criatura siseó.
—Bien —los animó Atta—. ¿Y después?
Pero Emmy ya se le había adelantado y había llenado una jeringuilla.
—Toca embalsamar.
—Espera. —Atta levantó una mano—. ¿Qué mezcla vas a usar?
La chica hizo una pausa con el ceño fruncido. El hada dio una voltereta en el aire, siseando y soltando vapor, pero Atta aún sentía su risa en la sangre.
—Es un estadio iv —recitó Gibbs de memoria—, pero, como ha estado contenida en fluido embalsamador de grado iv , eso la convierte…
—Se detuvo a pensar por un segundo—. En un estadio iii .
¡Así que necesita la mezcla de grado iii !
—le dijo a Emmy, que cambió de jeringuilla con dedos temblorosos.
La chica todavía temblaba cuando entró en el círculo de tiza y se acercó al hada, que revoloteaba enfadada y llena de vida a la altura de sus ojos. A Atta le latía el corazón a toda velocidad, y sabía que sus amigos debían de estar experimentando una sensación similar.
—¡El bote! —le pidió Emmy a Gibbs, y Atta sintió una chispa de orgullo en el pecho.
El chico ya tenía el bote preparado, lleno de sal negra, así que Emmy se lanzó a por el hada y, aunque falló en su primer intento y la criatura le lanzó una dentellada que la hizo retroceder, volvió a la carga con un rugido y le clavó la aguja en el abdomen.
—Hija de puta —siseó.
Gibbs corrió en su ayuda, metió al hada en el bote antes de que cayera al suelo y cerró la tapa.
Emmy gritó emocionada y Atta dio un respingo.
—¡Lo hemos conseguido!
—¡Genial! —Atta dio una palmada—. Ahora tenéis que meterla en un receptáculo protegido.
Gibbs asintió más veces de la cuenta, y los dos llevaron al hada hasta su jaula, donde Emmy dibujó una barrera de contención con bastante acierto.
—Vale, a la de tres —dijo Gibbs.
—Una…
—Dos…
—¡Tres! —exclamaron al unísono.
Gibbs abrió el bote y lo sacudió para catapultar al hada a su receptáculo. Mientras la criatura aterrizaba dentro de la jaula, entre espasmos, Emmy cerró la puertecilla y echó el pestillo.
—¡Ah! —gritó, dando un saltito—. ¡Lo hemos conseguido!
Atta se rio y abrazó a sus amigos.
—Os las arreglaréis bien. Solo tenéis que recordar que siempre cabe la posibilidad de que alguna haya entrado en estadio iii cuando lleguéis y que debéis estar preparados para taparos los oídos o cerrar los ojos si fuera necesario.
—Eso está hecho, jefa. —Emmy imitó un saludo militar.
—Madre mía, necesito una copa —dijo Gibbs, agotado.
—Lo mismo digo.
Atta no pudo discutírselo.
A Sonder le tocaba vigilar a Imogen hasta la medianoche, así que Atta fue a ver cómo estaba el muy gruñón antes de unirse a Emmy y a Gibbs en el porche acristalado para disfrutar con ellos de dos botellas de vino.
Se quedaron allí, charlando, riendo y admirando la húmeda arboleda de espinos hasta que le llegó el turno a Gibbs de acompañar a Imogen, y Sonder llevó a Atta escaleras arriba.
—¿Te tumbas conmigo? —le preguntó, adormilada, cuando la metió en la cama.
Él le sonrió; su imagen favorita en todo el universo.
—Por supuesto.
Tras quitarse los pantalones y la camisa, Sonder se echó a su lado.
Atta se acurrucó en el hueco entre su hombro y su pecho, donde su cabeza encajaba a la perfección.
Después de que Sonder pasara un rato acariciándole el pelo en silencio, Atta se incorporó y lo besó.
Su boca le resultaba más embriagadora que el vino, que cualquier otra cosa que hubiera probado.
En realidad, todo en él la volvía loca: su mal humor, la seriedad con la que trataba a todo el mundo salvo a ella, su mente, sus sueños, su capacidad para tomar el control de cualquier situación y esa mentalidad que lo empujaba a verlo todo desde su perspectiva de profesor.
Sonder le colocó las manos en la parte baja de la espalda, y Atta notó cómo el deseo crecía en lo más profundo de su vientre.
También adoraba sus manos. Adoraba sus caricias, esos bocetos que inmortalizaban cualquier idea que se le pasara por la cabeza, los gestos que hacía al hablar y la forma en que pasaba las páginas de los libros.
Atta deslizó los dedos por el valle de su pelvis y Sonder le cogió la muñeca con suavidad, riendo contra sus labios, para volver a apoyársela sobre su pecho.
—Estás demasiado borracha, a stór.
Ella suspiró y dejó caer la cabeza sobre su torso.
—Sabes que yo también estoy enamorada de ti, ¿verdad? —preguntó en voz baja mientras le dibujaba símbolos diminutos en el abdomen. En su embriaguez, se dio cuenta de que eran los mismos que utilizaban para las barreras de contención.
Sonder le besó la coronilla.
—Tenía la esperanza de que así fuera.
Los envolvió un silencio dulce y pesado, de esos que te confirman que, cuando el momento termine, el mundo te engullirá de nuevo.
—No voy a volver al Trinity.
—No, tesoro, me temo que no. —Sonder la cambió de posición para mirarla a los ojos, aunque Atta no alcanzaba a distinguir su expresión en la oscuridad—. Pero estoy seguro de que vas a salvar el mundo.
Atta cerró los ojos y respiró hondo para disfrutar del olor de Sonder, de la belleza de su amor. Si muriera, envidiaría la tierra que abrazara su cuerpo y la vegetación que brotara de sus huesos.
Sonder le acarició con ternura el puente de la nariz hasta que se quedó dormida y soñó con hadas que pronunciaban su nombre.